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LOS MORISCOS Y EL SIGLO DE ORO

Luce López-Baralt/Universidad de Puerto Rico

Escribiendo desde las ínsulas extrañas: Reflexiones de una hispano-arabista puertorriqueña.


Luce López-Baralt
El célebre Orientalismo de Edward Said deja como herencia una ardua tarea a los orientalistas de lengua española: repensar nuestra condición de estudiosos frente al corpus de trabajo que hemos elegido. Y lo digo porque Said deja fuera de su estudio justamente el orientalismo más conflictivo y más problemático de Europa: el orientalismo español.

Me confesó personalmente, con un candor que le agradecí mucho, que no abordó los estudios orientalistas en España por el abismal desconocimiento que tenía del tema, que prefirió, por prurito intelectual, dejar intocado. Alguna explicación tiene la dramática laguna del maestro, que tanto he echado en falta en su libro; y es fundamentalmente una disciplina tardía en el contexto del orientalismo europeo, que dio figuras de nota ya desde el siglo XVIII (Recordemos que Napoleón se sirvió de orientalistas franceses en su proceso de colonización de Egipto).
                         
Ha sido en épocas relativamente recientes —a partir del siglo XIX— que España ha producido estudiosos como Eduardo Saavedra y Julián Rivera. Y, sobre todo, figuras de la talla internacional de un Miguel Asín Palacios. No nos debe asombrar demasiado este florecimiento tardío del arabismo español: es entendible que resulte extraño, acaso incómodo e incluso conflictivo, estudiar como una cultura extranjera, una cultura que se encuentra injertada en la propia historia nacional.

Aunque no es este el lugar de entrar en la célebre polémica Américo Castro-Sánchez Albornoz, es fuerza admitir que un español no puede abrir las páginas de una historia de su país sin encontrarse de frente, para bien o para mal, con la presencia árabe. Presencia abrumadora por cierto, incluso, para algunos, ominosa.
                                                       
La más rápida revisión de la obra de Asín Palacios pone en seguida de relieve la incomodidad que debió sentir el insigne maestro en carne viva cuando se decide a abordar el estudio de la espiritualidad de los musulmanes; sus inmemoriales enemigos de la fe. Para colmo, se estaba topando el estudioso con una espiritualidad inesperadamente compleja y exquisita, que venía a contradecir la visión caricaturesca del musulmán salvaje y a medio civilizar que no pudo haber legado nada de valor a sus antiguos compatriotas peninsulares.

Sacerdote católico, parecería que Asín se sintió precisado a “prestigiar” de alguna manera su espinoso campo de estudio, proponiéndole un origen y unas influencias cristianas que lo capacitaran mejor como campo digno de reflexión erudita. Todo ello, a despecho de que los textos estudiados por Asín daban prueba flagrante de que la literatura extática sufí no sólo era de una sofisticación verdaderamente asombrosa, sino que precedía por muchos siglos a la gran literatura mística del Siglo de Oro, con la que parecía guardar relaciones estrechas. (Sospechosamente estrechas).

De ahí el título y el enfoque que Asín decide dar a algunos de sus libros: El Islam cristianizado, Algazel y su sentido cristiano (enfatizamos cristianizado y cristiano). Es tan tarde como en sus Sâdilîes y alumbrados; póstumo, que el maestro se anima a privilegiar el caso inverso, que hoy parece obvio a cualquier estudioso de la materia: la influencia islámica sobre algunos de los místicos españoles más preclaros. Nada menos que San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús, junto a los heterodoxos alumbrados, exhiben una perturbadora cercanía a la espiritualidad de “tariqas” sufíes como la de los sâdilîes hispano-africanos. Era el estudio más valiente del maestro, pero tardó varias décadas en editarse en forma de libro. Y la edición hubo de hacerse desde este lado del Atlántico desde el que redacto estas páginas.

El diálogo que ha sostenido la literatura española con su contrapartida árabe todavía se encuentra en proceso de estudio. Dada la importancia de las huellas del Islam —la frase es de Asín y hoy la he hecho mía— en la literatura peninsular, es asombroso que aún no las hayamos reconocido del todo.

Estamos en el proceso de en tender, y —lo que es aún más sorprendente— de descubrir este antiguo legado cultural, que se encuentra vigente hoy en más de un sentido. España fue el único país europeo que fue simultáneamente occidental y oriental en los primeros siglos de su formación como pueblo; y es imposible imaginar que esta peculiar situación histórica no tuviera consecuencias importantes.

Echemos un vistazo rápido a la honda imbricación entre estas dos culturas tal como se evidencian en algunos de los textos literarios más importantes de la Península. Salta a la vista, en primer lugar, la suprema ironía del hecho de que la primitiva lírica española aparece como cota de extensos poemas cultos en árabe y en hebreo. Estas jarchas mozárabes de los siglos X y XI, que sirven de apéndice poético a las moaxajas, exigen un lector bilingüe —mejor, trilingüe y aún así, su dificultad es considerable, ya que el mozárabe se encuentra en caracteres árabes o hebreos sin vocalizar. Incluso hay estudiosos como Richard Hitchcock que sospechan que la lengua de estas jarchas podría ser árabe vulgar en vez de mozárabe, y, aunque el tema es motivo de una polémica encendidísima en estos mismos momentos, cabe concluir lo increíble: Aún no estamos totalmente seguros del idioma en que se cantó la primera poesía española. Aún más: admito que nunca me he repuesto de la sorpresa de que, para ser un hispanista experto en el campo del medioevo español, habría que ser además, un buen orientalista. Ni más ni menos: de lo contrario, no podríamos si quiera comenzar a leer los textos que serian motivo de nuestro estudio como medievalistas.

Escuchemos lo que canta una de esas muchachas de hacia el siglo X, como las describía, emocionado ante el descubrimiento de las jarchas  que aún era reciente, el maestro Dámaso Alonso:

Pero, ¿qué canta nuestra doncella?
Non t’amarey allâ kon ash sharti
an taÿma jal jâlî ma’a qurti

Es decir:

“No te amaré sino con la condición
de que juntes mi ajorca [del tobillo] con mis pendientes”.

La desenvuelta joven situándose en las mismas antípodas de la castísima Jimena del Cantar de Mío Cid, pide lo impensable: que su rendido galán le haga el amor. Y pasa a describir con un desenfado gozoso, y sirviéndose de una ingeniosa imaginería a base de joyas, el esfuerzo físico que formará en el momento de la cópula sexual, en que quedarán unidos sus pendientes con la ajorca de su tobillo.

Si estos versos constituyen uno de los primeros ejemplos de la lírica hispánica, estamos verdaderamente ante una poesía europea bastante extraña, y muchos menos “casta” de lo que quiso Ramón Menéndez Pidal. Urge revisar el “wishful thinking” del admirado maestro; ya que queda desmentido una y otra vez, a la luz de la documentación que vamos descubriendo de estos antiguos poemas. Y no debe extrañar al lector que los orígenes árabes de esta jarcha tan soleadamente sensual sean palmarios: he podido documentar los mismos versos en los tratados eróticos de ‘Alí al-Bagdadî y Nefzâwî.

Resulta una vez más irónico el hecho de que el poema épico español por excelencia, el Poema de Mío Cid, llame al héroe con un nombre árabe – Mio Cid –, es decir, “mi señor”. Sí leemos con cuidado las primeras páginas del venerable poema, advertimos que nuestro guerrero cristiano paradigmático va a batalla con un ejército mixto de cristianos y de moros. Insólito pero cierto; y además, históricamente viable. El dato, inesperado cuando lo leemos desde nuestras coordenadas históricas modernas, lo suele pasar por alto el lector de hoy, pero es de veras elocuente. El Cid llega a más: incluso combate contra cristianos en defensa de sus aliados musulmanes como Almutamid de Sevilla, el rey taifa que fue también un extraordinario poeta. Salta a la vista que la línea divisoria entre las lealtades políticas y religiosas se muestra borrosa en la epopeya castellana.

Pocos críticos niegan hoy los elementos arabizantes del Libro de buen amor, un texto desconcertante en el que el autor tiene a bien celebrar simultáneamente el “loco amor” y el “buen amor”, en una asombrosa unión de erotismo y espiritualidad que parece más afín a expertos árabes en la materia como lbn Hazm de Córdoba, que a autores europeos como aquellos —Ovidio Nasón y Pamphilo— que reclama el travieso Arcipreste de Hita como paradigmas literarios. Pero ello no nos debe extrañar demasiado. Juan Ruiz rima en un árabe dialectal impecable: concibe el ideal estético femenino en términos de una típica fémina árabe.

Cómo señaló Dámaso Alonso, “esta bella es anchieta de caderas, tiene los dientes apartadiellos; las encías bermejas y los labios delgados”. El revés exacto pues de la europeizante Melibea, con sus cabellos dorados, sus labios “grosezuelos” y sus ojos verdes. La crítica ha pasado por alto cómo eran los grandes ojos orientales de la bella de Juan Ruiz: el poeta nos los describe como “reluzientes”. Estetas árabes como Nefzâwî también exigían estos mismos ojos “reluzientes”, es decir, muy negros, de manera que contrastaran con el blanco del ojo. Este contraste luminoso es precisamente lo que traduce el término árabe “hur”, de donde viene la españolización de hurí. Conmueve pensar que el ideal estético del Arcipreste se acercaba nada menos que al de una hurí del Paraíso coránico. No se mostraba muy europeo el bueno de Juan Ruiz en sus preferencias estéticas…

Estamos recién comenzando a calibrar la profunda huella que el misticismo español tiene contraído con el musulmán. San Juan de la Cruz ha aterrado a los estudiosos occidentales, así lo admiten, literalmente, Marcelino Menéndez Pelayo y Dámaso Alonso, entre tantísimos otros que han temido acercarse a una poesía que les sonaba excesivamente “extranjerizante”. Pero San Juan la defiende con una apasiona da lucidez: la experiencia mística trasciende totalmente el lenguaje y queda mejor expresada en aquellos versos visionarios que el poeta observó parecían “dislates”. El santo se encuentra curiosamente cerca del concepto sufí de los Xatt, que traduce exactamente de la misma manera. El Reformador parecería estar familiarizado con la imagen asociada a la palabra árabe xatt que  significa “costa, ribera, playa”, y que hace alusión a todo lo que rebosa su cauce normal. Al hacer la desasosegante defensa de su estética del delirio en el prólogo al Cántico, San Juan maneja sus “dislates” de la misma manera: los extáticos quedan, literalmente, afásicos y con “figuras, comparaciones y semejanzas antes rebosan algo de lo que sienten y de la abundancia del espíritu vienen secretos y misterios [que] parecen dislates…”. El término, y sobre todo la poesía delirante que defiende son totalmente desconocidos en el misticismo europeo.

Y, sin embargo, resulta la regla en la escuela poética mística de los contemplativos del Islam como lbn-al-’Arabî e Ibn al-Fárid. Al igual que ellos, San Juan se ve precisado a comentar sus poemas alucinados en una prosa que resulta tan enigmática, como la poesía que pretende dilucidar.

Asín Palacios trazó, como se sabe, el célebre símbolo de la noche oscura del alma a lbn ‘Abbâd de Ronda. He tenido la fortuna de documentar en la literatura mística islámica numerosos símbolos adicionales: el vino de la embriaguez mística, la fuente interior que refleja los ojos del Amado en el éxtasis transformante (en árabe ‘ayn significa simultáneamente “ojo”, ”fuente”, e “identidad” y San Juan, de alguna manera. parecería participar del secreto semántico al fraguar el símil de la cristalina fuente del Cántico); del gusano de seda del alma en vuelo, el pájaro solitario que tiene todos los colores y a la vez no tiene determinado color, porque está desasistido de lo criado, las azucenas del dejamiento, entre muchos otros casos… Asín documentó el símil de los siete castillos concéntricos del alma de Santa Teresa de Jesús en los anónimos Nawâdar; pero el texto pertenecía al siglo XVI, y podía ser contemporáneo o posterior a la santa.

Una vez más, tuvimos la fortuna de encontrar evidencia documental al efecto, los “Maqamât al-qûlûb” o Moradas de los corazones de Abú-l-Hasan al-Nûri que es un tratado místico que retrotrae el símbolo de los castillos al siglo IX. Debemos estar pues ante la presencia de una imagen recurrente en el misticismo musulmán; de seguro, buena parte de la extrema “originalidad” de los místicos españoles se debe a la influencia del sufismo; y al desconocer estas coordenadas literarias islámicas, nos parece entonces absolutamente novedosa su aparición subrepticia en las letras españolas. Algún día estaremos más inclinados a pensar que se trata más que de una invención “ex nibilo” por parte de los espirituales del Siglo de Oro, que una adaptación genial (acaso, o consciente) de antiguos modelos orientales.

Los paralelos son tantos y tan minuciosos que de verdad desafían la tentación de explicarlos a base de una simple coincidencia. Resulta irónico, una vez más, el que Cervantes adjudicara la escritura de su Quijote a Cide Hamete Bengelí un autor árabe. Cervantes parecería estar implicando que los mejores impulsos creativos de su alma son, de alguna manera oculta, árabes. Mucho que temió, por cierto, Don Quijote aquella imaginación excesiva, y aún aquella peligrosa sensualidad de este supuesto autor que había imaginado su historia. Le resultaba terriblemente preocupante eso de deberle la propia existencia nada menos que a un musulmán. Cervantes, sin embargo, parecería reír por lo bajo y afirmar con ironía solapada; Cíde Hamete, “c’est moi”.

La broma es espléndida, porque también tiene claros sobretonos políticos; poseer —y aún más escribir o traducir— un texto árabe era un crimen político en la España del siglo XVII. Cervantes nos está diciendo de manera ubicua, que el Quijote era no sólo un libro oriental sino un libro prohibido, que podría dar pie a un proceso inquisitorial. Todavía no hemos pensado en sus propios términos las implicaciones profundas e inquietantes del hecho de que Cervantes usara una máscara literaria árabe.

Es necesario ser un experto en el alifato árabe para poder descifrar la literatura aljamiado-morisca, escrita en castellano, pero transliterada en caracteres árabes. Esta literatura del Siglo de Oro, rigurosamente clandestina e inédita en su mayor parte, nos permite el privilegio de asistir de cerca al proceso de extinción de los últimos musulmanes de España, tal como ellos mismos lo vivieron y lo interpretaron. Al fin el pueblo en litigio tiene la palabra.

El morisco Yûse Banegas llora con el Mancebo de Arévalo la caída de Granada, y nos estremece pensar que es la primera vez que escuchamos un llanto auténtico por la caída del último bastión del Islam. Aquí no hablan ni los archivos inquisitoriales ni los escritores maurófilos oficiales, sino los mismísimos moriscos vencidos:

Hiÿo , yo no lloro lo paxado, puwes a ello no ay rretornada pero lloro lo ke tu berás si ax bida, i atiyendes en esta tyerra, y en esta isla de Eshpaña [...] max aún xerá nuweshtoro addîn [religión] tan menoxkabado ke dirán las ÿentesh ¿a dónde se fuwé nuwextroro peregonar? ¿ke Se hizo el addîn [religión] de nuwestroros pasâdos?. I todo Será kurudeza i amargura para kiyen abrá xentido. Bien te parezerá ke lo digo komo apasiyonado, pleg(we) a xu bonddd [de Dios] ke Sea tan aluwente mi dicho komo lo ex mi deseo, ke yo no kerriya alcanzar tales llorox. [...] Si los padresh aminguan el addîn [religión] ¿kó mo lo enxalsarán los choznosh?. Shi el rrey de la kronkishta [Fernando el Católico] no guwarda fidelidad ¿ké aguwardamosh de Sus Sucesores?

Uno de los textos más importantes de todo el corpus morisco es el tratado erótico que he llamado el Kâma Sûtra español por falta de otro mejor título. Este desconcertante manual de amores de principios del siglo XVII, escrito por un morisco anónimo expulsado a Túnez en aquel año dramático de 1609, es un verdadero acontecimiento en la historia de la literatura española. El autor describe el coito en todos sus pormenores: el juego previo a la cohabitación, las posiciones sexuales, y el orgasmo simultáneo. Celebra el placer sexual como anticipo de la contemplación misma de Dios. Sus instrucciones eróticas, ajenas a todo sentido de culpabilidad, se encuentran entreveradas de oraciones y de azoras coránicas. El antiguo maestro nos ofrece la lección más insólita de las letras hispánicas: nos enseña a hacer el amor rezando. Nunca lo habíamos oído en lengua española: el sexo nos lleva a Dios. El morisco, cita generosamente numerosas autoridades islámicas que avalan sus novedosas enseñanzas, desde Algazel hasta Ahmad Zarrûq, pero, para nuestra sorpresa, hace desfilar a sus maestros orientales junto a una “autoridad” española absolutamente inesperada: nada menos que Lope de Vega, cuyos sonetos entreveran y aun sirven de broche de oro al Kâma Sûtra español.

Sencillamente, no sabíamos que la literatura del Siglo de Oro fuera capaz de hablar en estos registros. Nos obliga a la humildad pensar que todavía la estamos descubriendo y que aún no hemos terminado de editada.

Los últimos moriscos de España cesaron de ser una realidad histórica vigente hacia el siglo XVIII. Pero hasta nuestros días, la cultura española continúa dialogando con un complejo pasado cultural que debe mucho, como hemos podido comprobar, al Islam.

Hay una pasión muy intima en Manuel Machado (que ya es un poeta del siglo XX) cuando canta:

“yo soy como los hombres que a mi tierra vinieron, soy de la raza mora, vieja amiga del sol, que todo lo ganaron, y todo lo perdieron.
Tengo el alma de nardo del árabe español…”.

Su evolutiva autoafirmación de que posee una larvada identidad morisca —como aquella que nos confesaba Cervantes entre bromas— lo separa indefectiblemente de las “belles lettres” maurófilas europeas y aún norteamericanas, como las de un Washington Irving. Estos autores extranjeros podían manejar el campo de la maurofilia literaria como algo auténticamente exótico. El exotismo de este campo, sin embargo, hace crisis en España: los escritores peninsulares tienen la inquietante impresión de que se están sirviendo de un material literario que no es completamente ajeno a su identidad nacional.

Esta apasionada admisión de poseer una identidad morisca oculta e inconfesada la habrá de repetir Federico García Lorca, quien posaba para la posteridad vestido con atuendo moro. Federico advertía que “… los sepulcros de los Reyes Católicos no han evitado que la media luna salga en los pechos de los más finos hijos de Granada. La lucha sigue viva [...] en la colina roja de la ciudad hay dos palacios, muertos los dos: la Alhambra y el Palacio de Carlos V, que sostienen un duelo a muerte que late en la conciencia del granadino actual”.

Lorca se jactaba, de otra parte, de poseer “duende” (ÿinn en árabe): el concepto enigmático de este nimbo sagrado y mágico que aureolaba no sólo sus versos sino su persona es difícil de traducir a lenguas europeas, pero coincide perfectamente con el término árabe de baraka. No en balde Federico, entusiasmado ante la deslumbrante poesía hispanoárabe que acababa de conocer gracias a las traducciones de Emilio García Gómez, tituló su último libro de poemas Diván del Tamarit. Su moderno “Diwân” venía así a homenajear y a formar escuela —toutes proportienes gardées — con los antiguos poetas de Al-Ándalus, su moderna Andalucía.

Las peculiaridades y aún las dificultades de ejercer este orientalismo como disciplina ajena ha hecho crisis más de una vez entre los arabistas españoles modernos. Me conmovió profundamente la perplejidad de María Ángeles Durán cuando abre el primer ensayo de la colección La mujer en Al-Andalus con una pregunta sobrecogedora y sincerísima: ¿estamos hablando aquí de un “ellas” o de un “nosotras”?.

Esta intuición subliminal de que en el fondo del alma española subyace de alguna manera una identidad morisca la volverá a repetir Juan Goytisolo; que ha dedicado la mayor parte de sus novelas y aún de sus ensayos a explorar la relación de España con su pasado oriental.

Señas de identidad nos presentaba ya de manera palmaria el conflicto de identidad del autor, y este conflicto estalla en la Reivindicación del Conde Don Julián. Aquí Goytisolo recupera la figura del “traidor” Don Julián, quien, según la leyenda, jugó un papel importante en la invasión de la Península por los árabes en 711. Don Julián/Goytisolo llega al extremo de invitar a los árabes a que lleven a cabo una segunda invasión metafórica de su patria: lo que está pidiendo de veras el escritor es que España asuma finalmente su pasado, parcialmente semítico, y enterrado, por ella misma, en lo más hondo del subconsciente nacional. Todas las otras novelas de Goytisolo giran, de una manera o de otra, alrededor de este conflicto de identidad.

Makbara, que significa “cementerio” en árabe, se inspira en la experiencia literaria oral del mercado o halka de Marraquech; mientras que las Virtudes del pájaro solitario, celebra como figura tutelar a un San Juan de la Cruz perfectamente arabizado. Acaso el momento más extremo de la narrativa goytisoliana se da en Juan sin tierra, cuando el autor termina la novela, sin más, en lengua árabe. (El autor, dicho sea de pasada, habla un árabe dialectal  —el hassanía— fluido y vive la mitad del año en Marruecos). En su más reciente Cuarentena, que escribe esta vez bajo la égida del Sheyj al- akbar o mayor de los maestros espirituales; Ibn al-’Arabî, el protagonista ficcionalizado, sobrevuela makbaras musulmanes en el interregno de los primeros cuarenta días de la muerte: todavía en el más allá, parecería decimos Goytisolo, ha decidido mantener su personalidad “morisca”. Vemos pues que lo oriental se desliza subrepticiamente —cuando no con violencia— en numerosos textos que conforman la literatura española desde la Edad Medía hasta nuestros días. Una y otra vez, las “belles lettres” peninsulares insisten ominosamente en esa perturbadora cercanía a contextos literarios y humanos árabes: desde la primera lírica española, de un mestizaje cultural flagrante, pasando por las incursiones en terreno islámico del simpatiquísimo Juan Ruiz, que debió chapurrear el árabe dialectal acaso tan bien como el que le escuché una tarde en la plaza de Xemaa’ al-Fná a su tocayo Juan Goytisolo; por la máscara literaria sobrecogedora de Cervantes, que termina por celebrar literariamente aquellos mismos musulmanes que lo mantuvieron preso en Argel por cinco años; por aquellos símbolos místicos de la noche oscura y de los siete castillos concéntricos del alma, que hoy sabemos los estrenaron los sufíes siglos antes de que nuestros santos del Carmelo los hicieran famosos en Occidente; por el atuendo musulmán con el quiso pasar a la historia el poeta español más famoso del siglo XX, García Lorca; hasta el inquietante sobrevuelo de tumbas marroquíes de Juan Goytisolo, que se declara morisco hasta la muerte.

Nada de lo dicho —y nos hemos limitado a espigar unos pocos casos representativos—es casual. No estamos ante la excentricidad de unos españoles sin “ganas” como diría Luis Cernuda, sino ante la punta del témpano de una antigua angustia, de una oculta agonía: la de no poder saber más allá de toda duda cuáles son las coordenadas que conforman “la identidad nacional”.



Cervantes, el Quijote: frontera de identidad

Abd al-Rahman Medina Molera
Pensador y escritor

En el capítulo IX del Quijote, escribe Cervantes: “Estando yo un día en el Alcázar de Toledo llegó un muchacho a vender unos cartapacios y papeles viejos a un tendero....”, contando cómo en ellos estaba escrita en árabe la historia del ingenioso hidalgo Don Alonso Quijano, por el sabio musulmán Sidi Hamete Benegeli y que después contrató a un morisco para que tradujese esta historia al castellano: “le traje a mi casa donde en poco más de un mes la tradujo toda”. Esta atribución de la obra del Quijote a un supuesto autor musulmán, pone de manifiesto cómo Cervantes que era hijo de conversos cordobeses, cristiano nuevo, que vivió en el último siglo de la mixtura cultural morisca, es extraordinariamente sensible a todo ello y mira con simpatía el Islam, como demuestran los términos donde el Quijote se refiere expresamente a los moriscos, a más de toda su obra en general Cervantes es un personaje de “taquiya” y el Quijote, el mayor logro de la humanidad y la trascendencia en este género.

La prosa del Quijote comienza deslizándose por una elegante espiral, arrastrando a Cervantes hacia regiones que no había vislumbrado ni geográfica ni humanamente al trazar la frase “En un lugar de la Mancha... [1] ”: Parajes de nadie, eterna frontera, Marca histórica con y sin marca, meseta casi desértica y propicia a cualquier revelación extraña, tierra para un aristócrata sin tierra, memoria para un beduino, tierra de conversos, de “manchados”, sucios de sangre; Mancha, por frontera de identidad. Se dice ahí que Cervantes no quiere mencionar algo que existe: ese algo unitario que caracteriza e identifica es la vez aludido y eludido. El autor tiene graves motivos para eludir ese nombre y para suscitar la reacción curiosa e interrogativa del lector; así, pues, el hecho complica al no querer mencionarse. Cervantes manifiesta su resistencia a nombrar lo que se ama y no se posee, lo que se añora. Todo el esquema formal queda desbordado por el secreto primero y último que le trasciende. Al igual que los moriscos de Granada hicieron con los documentos plúmbeos del Sacromonte, Cervantes intentó audazmente hallar una salida y una expresión literaria y trascendente a su angustiada vida tras el reinado de Felipe II y los comienzos del reinado de Felipe III (1598).

El carácter iniciático y de taquiya del Quijote fue advertido por Lope de Vega, máximo representante literario del humanismo español. La taquiya se convirtió en la práctica aristocrática y unitaria del secreto. En “Amar sin saber a quién” (representada hacia 1620), Lope de Vega precisa y desvela sin piedad a su implacable adversario Cervantes y al hidalgo “Quijote”. Dialogan Leonarda y su criada Inés:
—Leonarda: Después que das en leer Inés, en el Romancero lo que aquel pobre escudero “Don Quijote” te podría suceder “perder el juicio”.
—Inés: Don Quijote de la Mancha perdone Dios a Cervantes por haberlo escrito, fue de los extravagantes que la crónica ensancha.

Se dice “extravagante” a quien sale fuera de las normas que los mecanismos imponen para ser dominantes; Cervantes no y sí tomó en serio el “Romancero”, género de poesía que el Estado Español considera más tradicionalmente propio y en el que fundamenta su nacionalismo más popular. El cordobés Cervantes hace de su lectura un medio para trastornar la mente del “Quijote”, dando ocasión a muchas ironías. Lope de Vega cuando refiere “la crónica ensancha”, quiere decir que se le da al Quijote una celebridad inmerecida. Ser célebre, “ensanchando” por la opinión pública, es exactamente lo que Cervantes pretendió lograr para su obra en una sociedad regida por el criterio racista de la “limpieza de sangre”, que a él, en particular, lo había relegado a un nivel bajo y periférico por ser hijo de conversos andalusíes.

El “Quijote” va a dar rango de universalidad al nuevo estilo unitario en lengua romance; es voz y genialidad literaria de los sin voz, expresando una forma sutil y extraordinaria de vivir el ideal en el secreto. Los andalusíes (cristianos nuevos) reconstruyen su vida bregando contra un sistema racista, áspero e inhumano;  “la caridad —dice el “Lazarillo”— huyó de este mundo”. La situación del Guzmán sevillano es aún peor y desesperada, porque según él, el mal universal y oprimente proviene de un fallo inicial de la creación divina [2]. El Estado Español acontece bajo la preexistente e inconmovible bóveda de un sistema social racista, autoritario, donde el rey, los eclesiásticos y cristianos viejos aparecen en círculos jerárquicos sucesivos e inapelables. Si la figura trágica de un cristiano nuevo choca contra uno de ellos, se apela a los principios unánimemente aceptados y la suerte está echada. Conflicto entre trascendencia interior y la admitida, practicada obligatoriamente por todos, constante del “Quijote”. Sólo cristianos nuevos imbuidos de una tradición islámica podía llamar al Rey, como nombra Cervantes y el también cordobés Góngora a Felipe II “el mayor rey de los fieles” (emir al-mu’minin), aunque Quevedo y otros en mordaces versos les achacaran una fe judaizante.

Dejas pasar sin décima
al otro Don Francisco [3]
que allá en Caramanchel tuvo su
aprisco
que de ti coche hizo sinagoga
y de entre tu manteo y tu sotana
la Sancta [4] le agarró cierta mañana
¿y al don Francisco sin Moisén
copleas?
La vieja ley, carroño, linsojeas.
¡Oh junta, culta sí, más
deshonesta, a los rayos de Júpiter
expuesta!
Dejad estas contiendas,
porque ya de vosotros anda
entre el judiazo y entre el juego
humo anhelado el que no suda
fuego.

La mayor deshonra estribaba en haber tenido algún ascendiente quemado por la inquisición; por ello el cordobés Góngora llamado también el Ave Fénix es según Quevedo:
Hija de fértil ceniza
descendiente de quemados
nobleza que arroja chispas

Tras el Quijote se percibe un clima social de cautelas, recelo y desconfianzas; de “andar con la barba sobre el hombro”, que diría Quevedo, mirando a diestra y siniestra. Aquella situación de los esforzados andalusíes se expresó de mil maneras, y una de ellas fue la quijotesca, para bien de la humanidad. El mismo Cervantes escribió otras obras que por recelo no publicaría.

Durante el reinado de Felipe II, el autor del Quijote fue completamente marginado a pesar de su comportamiento heroico en Lepanto y Argel. Cuando solicita alguno de los oficios de Indias en los años 1582 y 1590, le son denegados por ser hijo de conversos y no tener limpieza de sangre. Al igual que el sevillano Fray Bartolomé de las Casas manifiesta: “Soy cristiano, y con esto religioso, y viejo de algunos más que de sesenta años”; insistiendo machaconamente en ser reconocido como español, por miedo a las terribles consecuencias de ser excluido de este ámbito, Cervantes, Francisco Rojas, fray Luis de León, Mateo Alemán, Juan de la Encina, Elio Antonio de Nebrija, Diego Sánchez de Badajoz, Juan de la Cruz, Teresa de Jesús, y tantos otros conversos, hijos de conversos de origen andalusí, clamaron en los siglos XVI y XVII, por una igualdad y dignidad humana fundadas en la “Constitución evangélica”, de ahí que muchos conversos y el mismo Cervantes, se agruparan defensivamente en el erasmismo que postulaba la doctrina del “cuerpo místico” de Cristo. Fray Bartolomé de las Casas llega a niveles de desesperanza, aventurándose por senderos del ilusionismo mesiánico, no muy seguro en cuanto a la Inquisición, ya que su mismo apellido, unas veces Casas y otras Casaus, le ponía en tela de juicio. Cuando en estos siglos las genealogías no están claras y los apellidos se embrollan, era un claro indicio de encontrarse ante un converso o hijo de conversos. El común de la población de las Andalucías son conversos o hijos de conversos, incluso la mayor parte de los prohombres que destacan en estos siglos son andalusíes.

Cervantes compone poesías mordaces contra Felipe II en su túmulo o en el otro mundo, escritos que por terror no publicarían. El también converso, de casta andalusí, Fray Luis de León, dispuso palabras acusatorias contra Felipe II que están impresas en su obra Los Nombres de Cristo: “Pero si hay algunos príncipes... que les parece que son señores cuando hallan mejor orden, no sólo para afrentar a los suyos, sino también para que vaya cundiendo por muchas generaciones su afrenta y que nunca se acabe, de estos, Julián ¿qué me diréis?”. La reacción directa e indirecta de Cervantes y otros conversos frente a Felipe II, queda de manifiesto en las muchas y encendidas palabras de fray Luis de León contra los estatutos de limpieza de sangre, la posterior prohibición de que fueran conversos andalusíes a las Indias con cargos administrativos, etc.

Conocida la situación interior del Estado Español en estos tres siglos inmediatos al final de la conquista de Al-Andalus, es fácil desvelar la presencia autobiográfica del autor del Quijote en sus obras: En el Coloquio de los perros, escrita entre los años 1606 y 1609 es obsesiva su preocupación por cuestiones de linaje: Muy diferentes son los señores de la tierra del Señor del cielo. Aquellos para recibir un criado, primero le expulgan el linaje o examinan la habilidad... Pero para entrar a servir a Dios, el más pobre es más rico, el más humilde de mejor linaje, y con sólo se disponga con limpieza de corazón —¡no de sangre!— a servirle, luego le manda poner en el libro de sus gajes. Es indudable que el perro Cipión se está refiriendo a la arbitraria e inhumana doctrina de la limpieza de sangre. Pero es conveniente preguntarse ¿por qué Cervantes pone en Coloquio de los perros ésta y otras reflexiones? Sólo un autor inmerso en la civilización islámica pondría estas cuestiones en boca de perros. Como es sabido, el Islam acepta el trato con estos animalitos como socios de campo, pero nunca en relaciones domésticas, en las que por ejemplo, los gatos, por su instinto rebelde, particular e inalienable, son los únicos animales aceptados.

Un poco después vuelve Cervantes a hablar de los linajes y prepara su discurso de tal modo, que el tema encuadre la mención de la compañía de Jesús en su apasionado elogio de sus virtudes cristianas y pedagógicas.

Miguel de Cervantes representa la figura de uno de tantos conversos ricos que pretende remediar para sus hijos, a base de dinero, la falla de su condición de andalusí converso, de hijos de conquista: Los tratan y autorizan como si fueran hijos de algún príncipe; y algunos hay que les procuran títulos, y ponerles en el pecho la marca —se refiere a la cruz— que tanto distingue la gente principal de la plebeya. A fuerza de dinero, el converso acaudalado lograba a veces títulos de nobleza o un hábito de caballero de alguna Orden con cruz en el pecho. Cervantes, una vez más, combina en sus obras la ironía y el doble sentido.

En vista del testimonio citado, el autor del “Quijote” resuelve toda suerte de elogios a la Compañía de Jesús, única orden religiosa que se escapa a sus punzantes ironías contra clérigos, órdenes y monasterios. El hecho de que los tres primeros generales y el mismo Ignacio de Loyola, se opusieran a aceptar el estatuto de la limpieza de sangre, fue algo sobresaliente y de gran importancia para muchos andalusíes. Albert Sicroff, presenta un magnífico texto sobre esta cuestión: Les controverses des statuts de pureté de sang, París 1960, páginas 270 y sigs. También conviene tener en cuenta el artículo del P. Eusebio Rey, publicado en 1956 Razón y fe. Hay una carta del P. Borja (1572) que recoge Albert Sicroff, y que da testimonio claro de lo expuesto por Cervantes en el Coloquio de los perros; “Nuestro colegio —se refiere al que tenía la Compañía de Jesús en Córdoba— está muy infame entre los caballeros, de que no entran en él sino conversos [5]. Y dicen que el colegio de San Pablo de los dominos es el monasterio de caballeros (cristianos viejos). Y está esto tan de cal y canto, que si por desdicha entra alguno acá, hay tan gran sentimiento como si a su linaje echases algún sambenito. Y sepa Vuestra Paternidad que para Córdoba es terrible esta fama” (pág. 279).

Cervantes se sitúa enfrentado a la distinción entre cristianos viejos y nuevos, discriminación que sufría en sus propias carnes, ensalzando el cristianismo más permisivo de los jesuitas en este tema. Américo Castro presenta esta situación en su trabajo Cervantes y los casticismos; Miguel de Cervantes juntó los corazones de Don Quijote y su escudero, no obstante estar limpio el linaje de Sancho y maculado el de su amo. Dice Sancho: ¿Qué tiene que ver los Panzas con los Quijotes? (II,6).

En otro orden de cosas es cierto que Cervantes entra en relación con las creencias vigentes en su tiempo sobre la Reforma cristiana, iniciada primero por el Humanismo de Erasmo de Rotterdam, seguida después por el luteranismo y otros reformadores como Calvino y Zuinglio, siendo compartida por él al igual que por muchos otros conversos, en la medida que directa y personalmente les afectaba. Eran fundamentalmente dos los puntos de partida especialmente compartidos: Primero, la Unidad y Unicidad de la trascendencia; segundo, conciencia de la Comunidad de creyentes como única y para todos, universal, abierta y por lo mismo, en absoluto racial ni discriminatoria con cualquier pueblo, persona o creencia.

Para situar esta polémica en su justo marco, es necesario tener muy presente los distintos y desesperados intentos de acercamiento iniciado por los andalusíes conversos, desde las más diferentes posiciones. Eran ensayos que partían de una conciencia colectiva sobre Unidad y Unicidad del Único y el sentido universal profético de la Comunidad, rechazando cualquier planteamiento racial de pueblo o comunidad. Era una conciencia colectiva heredada de la cultura islámica, conciencia que rechaza, con el profetismo, desde la misma naturaleza de las cosas, cualquier forma de racismo o conciencia humana selectiva. Ignoramos si los moriscos Alonso del Castillo y Miguel de Luna tuvieron referencias de los postulados antitrinitarios de Miguel Servet o de su obra De Trinitatis erroribus libri septem publicada en Hagenan en 1531; en cualquier caso no es importante, dado que la conciencia colectiva de todo un pueblo, el andalusí, era viva expresión de ello. Miguel Servet cita Al-Coran para confirmar su conciencia personal de Unidad y Unicidad como hanif: porque más confianza merece la verdad confesada por un enemigo, que cien mentiras dichas por nosotros.

Los moriscos granadinos responsables de los conocidos como Plomos del Sacromonte, organizan, a modo de sondeo, la aparición entre las ruinas de la llamada Torre Vieja —destrucción del alminar de la mezquita aljama de Granada— una caja de plomo sellada, en cuyo interior además de supuestas reliquias de obispos mártires, se encontraban junto a la tapa tres documentos escritos en árabe, latín y romance aljamiado, en los que se pretendía una aproximación al trinitarismo. El rechazo que tuvieron estos documentos entre los forzados conversos mudéjares y moriscos fue total, debido a los supuestos postulados trinitarios vertidos en ellos; obligados sus autores a rectificar posiciones, forzaron estos moriscos la aparición de unos pseudo evangelios escritos en plomo, enterrados en una colina que por esta razón fue llamada Sacro Monte, que posteriormente fueron desenterrados como aparición milagrosa entre los años 1595 y 1597, según escribe José Godoy Alcántara en su obra Historia crítica de los falsos cronicones (Granada 1868). En ellos era considerado el dogma de la Trinidad como esencial obstáculo entre cristianos, el Islam y el judaísmo; la conciencia de la Comunidad de creyentes, como nación universal, abierta, permisiva con todo y con todos y no racial, era también tenido en cuenta como obstáculo entre musulmanes, cristiano y judíos.

Es suficiente señalar que los moriscos proponían en los documentos plúmbeos del Sacro Monte una conciencia antitrinitaria: “No hay otro Dios sino Dios, y Jesús es Espíritu de Dios”. Está clara la pretensión de posibilitar en esta fórmula unitaria, el encuentro de cristianos, musulmanes y posiblemente judíos; no por ello dejaba de ser temeraria e incluso descabellada la idea, y así lo refiere Cervantes al final de la primera parte del Quijote. Pero, realmente, lo prodigioso de todo ello es que el arzobispo de Granada, Pedro Castro y Quiñónez, creyó en la autenticidad de tan desesperado montaje, por ese motivo, aquella quimera de los moriscos granadinos adquirió importancia histórica. Da fe el canónigo del Sacro Monte de Granada, doctor Barahona Miranda, en documento hallado por don Francisco Rodríguez Marín y publicada en Madrid por Pedro Espinosa en el año 1907, que en el año 1603 llevaron al Sacro Monte a una endemoniada, “y estavan los demonios rebeldes y no salían, aunque le avían dicho mil Evangelios; y que el Arzobispo fue allá, y con el “libro de la Nómina de Santiago”, uno de los textos unitarios elaborados por los moriscos granadinos, le hizo la seña de la cruz desde la frente hasta el pecho, diciendo en lengua árabe “Non est Deus, nisi Deus Jesus, Spiritus Dei”, y desampararon los enemigos —se refiere a los demonios— dando terribles aullidos, aquel cuerpo”. El proyecto de los moriscos conseguía de esta forma el total apoyo del arzobispo de Granada, lo que daría lugar a una gran controversia histórica en la Iglesia Católica.

Cervantes, hombre de secreto y converso acostumbrado a la práctica de la lúcida y prudente taquiya, arremete contra aquellos despropósitos sacramontinos al final del capítulo 52 de la primera parte del “Quijote”, no por los intentos de aproximación y permisividad, sino por lo burdo y desprestigio del proyecto, a pesar que había convencido al visionario del arzobispo de Granada. Escribe así: “si la suerte no le deparara un antiguo médico (se refiere al médico morisco Alonso del Castillo) que tenía en su poder una caja de plomo, que según se dijo, se había hallado en los cimientos derribados de una antigua ermita (el alminar de la mezquita aljama de Granada); en la cual caja se habían hallado unos pergaminos escritos con letras góticas, pero en versos romances, que contenían muchas de sus hazañas y daban noticia de la hermosura de Dulcinea del Toboso, de la figura de Rocinante, etc. En los pergaminos se encontraron datos acerca de la sepultura de Don Quijote, con diferentes epitafios y elogios de su vida y costumbres, Y los que se pudieron leer y sacar en limpio fueron los que aquí pone el fidedigno autor desta nueva y jamás vista historia. El cual autor no pide a los que la leyeren... sino que le den el mesmo crédito que suelen dar los discretos a los libros de caballerías”.

A Cervantes le pareció todo aquello poco serio. Nuestro autor del Quijote tenía presente, no sólo el famoso y para él risible pergamino con aproximaciones trinitarias de la llamada Torre Vieja o falsamente Turpiana, sino también los otros montajes de los documentos plúmbeos con aproximaciones al unitarismo, que aparecerían más tarde en el Sacro Monte. El detallado conocimiento de todo este asunto por Cervantes, se confirma con los documentos conservados en el Sacro Monte, a los que alude en el libro publicado en aquella abadía y que posteriormente recoge, traduce y publica Miguel Haguerti con el título de Documentos plúmbeos del Sacro Monte, en la Editoria Nacional. Se dice: La parte superior de la torre se demolió fácilmente. En cambio, la otra parte, la inferior... cayó al suelo, después de grandes esfuerzos. A la parte inferior del alminar es a lo que Cervantes llama “cimientos derribados de una antigua ermita”. Cervantes refiere en el Quijote cómo Sancho ve la tierra desde Clavileño como “un grano de mostaza”, por haber oído que según uno de los documentos plúmbeos “el ángel Gabriel, por mandato de Dios, arrebata a María en una yegua; desde el primer cielo mira la tierra, y la ve tamaña como un grano de mostaza sobre la mano derecha de un ángel” (Godoy Alcántara, ob. cit. pág. 68). Este autor se refería al caballo Al-Buráq con el que fue arrebatado el profeta Muhammad (s.a.s) en su viaje trascendente a la Máxima Presencia.

El libro de La escala de Muhammad fue una importante referencia para los moriscos Alonso del Castillo y Miguel de Luna en el momento de elaborar los documentos plúmbeos; referencia que también utilizaría Miguel de Cervantes cuando imagina el prodigioso vuelo de Clavileño, vertido a las necesidades de la novela por el personaje de Sancho, el cual considera que media legua del cielo tenía mucho más valor que la mejor ínsula del mundo (II,42), de un mundo en el que reina la agresión, el racismo, el expansionismo y toda suerte de injusticias y violaciones a los derechos de “lesa humanidad”. Dice el “Quijote” (II,40), que Cide Hamete, el imaginario autor musulmán con el que Cervantes inició su obra “... pinta los pensamientos, descubre las imaginaciones, responde a las tácitas...”. Efectivamente, y tan tácitos quedan expresados los deseos que trascienden a nuestro autor al finalizar esta primera parte. Cierto, que los más espléndido en estos versos finales es su irrealismo —concluye Américo Castro en su escrito El Quijote, taller de existencialidad—; pero al mismo tiempo Cervantes puso ahí referencias y transparentes sarcasmos que para ciertos lectores de 1605 serían clarísimos.

El Quijote es una obra literalmente distinta a cualquier forma de novelar, no por prurito de originalidad, sino por ser necesario para el autor hacer sentir su posición adversa a la sociedad en que existía, incluso a la literatura vigente. El haberlo hecho con tan vigilante cautela —taquiya— revela hasta qué punto interesa a Cervantes que su obra circulara sin tropiezos innecesarios;  no imitó la naturaleza ni tampoco el arte; manejó la literatura previa a él, e hizo lo mismo con lo existente en la realidad de su entorno. Cervantes usó de forma tan excelsa la taquiya, que supera, en este arte obligado, a los más grandes maestros del siglo. En romance, no ha habido nunca nada parecido al estilo del Quijote. Cervantes, sin traicionar su conciencia, logró que su arte no se dejara arrastrar por las trágicas circunstancias que los andalusíes atravesaban, ni por sus más que justificadas antipatías personales, al amortiguar y buscar en la taquilla la expresión de sus intenciones, hace resaltar, por encima de todo, su hondo calado trascendente y artístico; estos versos dedicados por el Tiquitoc a Dulcinea son un ejemplo:

Aunque de carne rolliza,
la volvió en polvo y ceniza
la muerte espantable y fea.
Fue de castiza ralea
y tuvo asomo de dama....

Nuestro caballero converso debía “estar más obligado a su alma que a los respetos humanos” (I,28).

El arte y trascendencia del Quijote, hace indispensable tener presente la circunstancia personal y social de Cervantes como hijo de conversos. Cervantes arremete con la lanza del Quijote contra los nocivos fantasmas de cualquier siglo, salvando entre trascendencia y sonrisas, el desesperado gemir de los acabados, derrotistas, pesimistas, posibilistas y pícaros.


Genealogía de Cervantes

Don Miguel de Cervantes Saavedra fue de origen y abolengo cordobés, andalusí, cristiano nuevo y musulmán viejo: natural de la ciudad de Córdova, como el mismo Cervantes declaró de sí, con motivo de un juicio sobre pureza de sangre de un amigo personal, celebrado en Sevilla el 4 y 10 de junio de 1573. Esta declaración solemne no contradice el conocido nacimiento de Cervantes en Alcalá de Henares, puesto que por entonces se distingue todavía, debido a la influencia cultural musulmana, el sitio donde se nacía y el lugar de naturaleza o genealogía. Resulta que respecto a Cervantes toda su familia y progenie eran cordobeses y granadinos, y él mismo pasó en Córdoba casi toda su infancia, repartiendo más tarde entre diferentes lugares de las Andalucías, la mayor parte de su existencia, lugares donde vive y se inspira para la realización de tan singular y extraordinaria obra.

Durante los siglos XVI y XVII, Córdoba abundaba en apellidos como Cervantes y Saavedra. Francisco Rodríguez Marín tuvo sospecha de que el converso Cervantes, el autor del Quijote, tuviera su origen, su genealogía, su alcurnia en esta capital del Islam. Un casual hallazgo en el Archivo Universitario de Osuna confirma con numerosos documentos esta sospecha: Aparece el licenciado Juan de Cervantes, que resulta ser el abuelo de nuestro autor, y un primo hermano del poeta, Gonzalo de Cervantes Saavedra. Posteriores investigaciones del archivero José de la Torre y del Cerro —también de apellidos más que sospechosos— completan entre los años 1911 y 1923 el cuadro de los antepasados cervantinos con abuelos, bisabuelos, etc., todos cordobeses como ya veremos, y unos orígenes granadinos de rama muy señalada, que expresan, sin lugar a dudas converso habemus, y que por el entronque cultural y humano, por la herencia de valores éticos, junto a sus criterios de conocimientos, Miguel de Cervantes Saavedra es andalusí de origen musulmán en su mayor peso, aunque tenga mixturas lógicas y sea un autor fronterizo como obligado converso. Por estas fechas se precisa también la personalidad e historia de su padre, el bachiller Rodrigo de Cervantes, junto a otros seis hermanos y hermanas que fueron naciendo en diferentes sitios, al azar de las sucesivas residencias familiares.

Cervantes vive de niño desde 1553 a 1563 en el barrio de la plaza del Potro de Córdoba. Este lugar era por entonces el centro comercial más activo de la ciudad, lugar también de encuentro para jinetes y caballistas. En su entorno estaban de los mejores talleres y almacenes de los llamados silleros y de la jineta, que trabajaban vistosas y elegantes monturas en cuero, arte e industria en cordobanes de la fábrica de artesanía andalusí. También había por allí numerosas tiendas de pañeros o vendedores de telas, todos ellos mudéjares conversos (andalusíes de origen musulmán), que junto con los arrieros, tratantes, artesanos, los mesones y fondas de la calle Real, carniceros, además de los célebres “agujeros del Potro” o pícaros locales, nos sitúan justamente en la Medina o Cashba de una ciudad musulmana. Todas las profesiones y oficios eran la inmensa mayoría andalusíes o judaizantes como minoría más tolerada. Era evidente que la hidalga incultura y la inapetencia para el trabajo, como algo propio de los limpios de sangre, de los cristianos viejos, alejaba de aquellos umbrales a las pocas familias de conquistadores castellanos, cosa que no ocurría con el autor del Quijote. Para un hidalgo, para un limpio de sangre, el trabajo o cualquier esfuerzo, preocupación profesional o de tipo cultural, científico, económico o social fueron consideradas en mala estima. El cristiano viejo ha despreciado siempre al estudioso, al científico, al comerciante, al artesano, al “indiano”; toda actividad creativa propia de moros o musulmanes y no de los que pertenecían a la casta limpia como dimensión vivencial del “honor”.

Hagamos ver, en cuanto a genealogía, hasta qué abismo de monstruosidad pudo llevar la intolerancia y el racismo lerdo, tozudo, en la ideología sionista de cristiandad: Por el año 1474 vivía en Córdoba un tal Rui Ferrández de Cervantes, al que el apellido Ferrández le bailaba por Fernández, síntoma inequívoco de converso, quien estuvo casado con Catalina Martínez y eran vecinos de San Nicolás de la Villa (Documento cervantino nº 8), padre de Rodrigo Cervantes, quien fue bisabuelo del Cervantes autor del Quijote. El bachiller Rodrigo de Cervantes estuvo casado con doña Catalina de Cabrera, cuya genealogía se ignora y tampoco se encuentra línea de sucesión, lo que pone nuevamente de manifiesto que también por familia materna era de origen musulmán o mudéjar, dado el rigor y la claridad que se exigía para los linajes de los cristianos viejos. El bachiller Rodrigo de Cervantes era además trapero, es decir, comerciante de paños, profesión mudéjar y nunca propia de “limpios de sangre”. También el bisabuelo de Cervantes defiende y pierde el juicio en unos autos contra Catalina de Palma, la cual había sido arrestada por sospechosa de hereje unitaria, según consta en el documento cervantino con el número 8. Juan de Cervantes, hijo de Rodrigo y abuelo de Miguel de Cervantes Saavedra, contrae matrimonio con Leonor Torreblanca. Numerosas son las familias de apellidos Torreblanca que moraron en Córdoba durante los siglos XV, XVI y XVII, pero de linaje y solar conocido, sólo había una: la que tuvo por tronco a Fernando o Andrés de Torreblanca, el único navarro, que parece ser sirvió a los reyes Juan II y Enrique IV y fue alcaide de Cabra, el resto fuero conversos musulmanes apadrinados todos por esta familia. El hecho de que Andrés Morales Padilla no mencione en su Historia de Córdoba a Leonor de Torreblanca, mujer del abuelo de Cervantes, como hija de Andrés de Torreblanca, el único con solar y linaje, dada la enorme importancia que en la época tenían los abolengos, es sin lugar a dudas una prueba más de otra rama andalusí de conversos. Rodrigo de Cervantes, padre de nuestro autor, cambia numerosas veces de domicilio, desempeña oficios con el tribunal de la Inquisición al igual que su padre y antepasados, el mismo Miguel de Cervantes Saavedra lo confirma con la declaración que hace en Sevilla el 10 junio de 1593, en el conocido pleito que sostuvo el mesonero cordobés Tomás Gutiérrez con la Hermandad del Santísimo Sacramento del Sagrario, cuando dice “ser hijo e nieto de personas que han sido familiares del Santo Oficio de Córdoba” (Cervantes y la ciudad de Córdoba, pp. 40 y 41). Ya lo da a entender Cervantes en su intervención como testigo en el juicio de pureza de sangre del bachiller Juan de Cárdenas, amigo e hijo de conversos, de la familia de Felipe de Esbarroya, médico de la Inquisición de Córdoba y letrado.

Todos los oficios inquisitoriales era muy normal que fueran ocupados por conversos, pues tenían más conocimiento de causa y era una forma de probar la autenticidad de su conversión. De un pleito que tuvo el padre de Miguel de Cervantes Saavedra en Valladolid, que le costó la cárcel y por el que se vio obligado a trasladar su residencia a esta ciudad, para seguir de cerca el proceso judicial en sus trámites y apelaciones, sacamos también en consecuencia, que la familia Cervantes no tenía ganada ejecutoria de hidalguía, porque de tenerla, a Rodrigo le hubiera bastado exhibirla o citarla, probando ser descendiente directo de quien la obtuvo, para salir al punto de la prisión sin consecuencias. Otro dato más a sumar a esta probadísima familia de mudéjares conversos, es el escaso uso que hizo su hermana Magdalena del apellido Cervantes, que solía cambiarlo por el de Pimentel y Sotomayor; solamente en una ocasión y por comercio de paños de tafetán consta que hiciera uso del apellido Cervantes.


Notas
1.       Américo Castro ¿Cervantes inconsciente?. Revista Occidente.
2.       Américo Castro Cervantes y los casticismos españoles.
3.       Se refiere a un amigo de Góngora, Morovelli de la Puebla, a quien Quevedo dedica unas sangrientas estrofas, que dan la medida de vejación que alcanzan los conversos, sobre todo, si éstos sobresalen por su talento.
4.       Se refiere a la Inquisición.
5.       Se refiere a judíos, pero cabe destacar que en estas fechas se suponía por decreto el fin de la cultura e identidad musulmana, por el tiempo transcurrido desde la conquista de la ciudad por el sionismo cristiano, siendo más permisivos para los andalusíes judaizantes por su colaboración en la conquista. Por aquellos años la ofensiva comenzaba ya contra los que judaizaban, presentando a tales como a conversos.
                                     



El morisco Cide Hamete Bejarano, ¿autor del Quijote?



Dr Ismail El-Outmani
Université Mohamed V, Rabat, Maroc

« J’aime mieux… un grand nom qui paraît qu’un vieux nom qui s’éteint » (poeta anónimo)


Tratar de identificar a Cide Hamete Benengeli ha ocupado a más de un cervantista, pero la verdad es que hasta la fecha no se ha logrado una identificación definitiva del supuesto autor árabe del manuscrito (en árabe) de Don Quijote de La Mancha. Por consiguiente, no se ha explicado de manera convincente la opción de Cervantes por el elemento árabe para su novela y su autoría, sin olvidar los numerosos episodios "árabes" en el Quijote. Se han barajado varias hipótesis de trabajo examinando posibles fuentes del nombre del supuesto autor. Para algunos, Benengeli es "Benelayli", o "hijo del ciervo", contenido en el nombre "Cervantes". Para otros, significa "Aberenjenado", que procede de una deformación de "Berenjena", apodo corriente (?!) de los toledanos, según Sancho Panza ("he oído decir que los moros son amigos de berenjenas" P. II, Cap. 2). Otras lecturas han sugerido que significa o "hijo de la Biblia"), "hijo del ángel" o "hijo del valioso". Sin embargo, no cabe duda de que la duda permanece, a pesar del tiempo transcurrido y de los esfuerzos dedicados al tema.

Nuestra intención aquí es participar en esa labor de identificación de Benengeli, tomando en consideración no sólo el nombre en sí, sino el contexto histórico que vio aparecer el Quijote. Empezaremos nuestra andanza con un nombre: Ahmad ben Qásim Al-Hayari al-Andalusi, más conocido entre los estudiosos del tema morisco como Afuqqay al-Hayari. Nacido en tierras de Granada, huyó de España a Marruecos (o Berbería) buscando libertad, poniéndose al servicio del Sultán, que le nombró traductor oficial, y luego embajador ambulante. Fue asimismo protector de numerosos andalusíes huidos al Norte de África y defensor de otros huidos a Turquía. Mantuvo vivas polémicas teológicas con exponentes de la cristiandad y el judaísmo, y, además de redactar sus propias memorias, llego a escribir/ traducir alguna(s) obra(s) de ingeniería militar.

 Al parecer, Afuqqay Al-Hayari era conocido en su época granadina con el apodo cristiano de Bejarano. Retengamos el apodo Bejarano, teniendo presente, uno, que desconocemos el porqué le fue puesto, y, dos, que la Primera parte del Quijote fue dedicada al Duque de Béjar, a pesar de ser éste hombre poco letrado y nada interesado en Cervantes y lo suyo. ¿No era tal vez para evocar a Bejarano? De todos modos, para tener a nuestro personaje lo más cerca posible, tanto de nosotros como de su ambiente granadino, vamos a llamarle por su nombre de pila, Hamete, anteponiéndole, eso sí, el apelativo Cide, que indica cortesía, o formalidad. Cide Hamete Bejarano es pues su nombre completo. Cide Hamete tenía una instrucción en el Islam que le permitía recitar el Corán y manejar libros en árabe. Naturalmente, tenía que hacerlo en secreto, aplicando, como muchos otros moriscos, la licencia islámica de Taqiyya, para no tener problemas con la Inquisición. No obstante, Cide Hamete seria llamado a participar en la traducción de los enigmáticos Libros Plúmbeos, porque aparentemente tenía, además de una educación, una conducta cristiana suficiente como para ganarse la confianza del arzobispo de Granada Pedro de Vaca Castro.

Los datos más antiguos disponibles sobre nuestro personaje datan de 1590, año en que le encontramos en Granada. En este episodio biográfico, Cide Hamete Bejarano es llamado por el arzobispo de Granada para hacer la versión árabe de un pergamino descubierto en la Torre Turpiana en 1588. Los datos esenciales a retener: nuestro Ahmad, Hamete para los hispanohablantes, era morisco, granadino y traductor; mientras que el pergamino era un documento apócrifo que precedería una serie de documentos conocida con el nombre de Libros Plúmbeos.

Sumariamente, diremos que en 1588, "aparecieron" entre los escombros del antiguo minarete de la mezquita mayor nazarí, conocido también como Torre Vieja o Turpiana y ubicado a poca distancia de las tumbas de los Reyes Católicos, que unos obreros moriscos estaban derrumbando, una caja de plomo con varios objetos y un pergamino escrito en árabe, castellano y latín que daba las primeras noticias concretas acerca de San Cecilio, patrono de la ciudad. El evento causa verdadera conmoción religiosa en Granada, y su repercusión se extendió a toda España, y el Rey lo recibe como mensaje divino. Tras este ensayo general, y el éxito obtenido, « aparecieron » entre 1595 y 1598 veintidós libros plúmbeos.

Tras los "hallazgos", había que traducir al castellano los textos en árabe, y comprobar su originalidad para certificar la veracidad de su historia, o su falsedad. Los traductores de los Libros Plúmbeos que se citan normalmente son Alonso del Castillo (médico morisco e intérprete de Felipe II), Miguel de Luna (médico morisco y traductor de árabe para Felipe II, y autor de La verdadera historia del rey Rodrigo…), el licenciado Luis Fajardo (catedrático de árabe en la Universidad de Salamanca), y Francisco López Tamarid (racionero mayor de la Catedral). Pero hay un quinto traductor que no mencionan las fuentes españolas; personaje curiosísimo que guarda, a nuestro modo de ver, muchos secretos sobre la concepción del Quijote. Se trata nada más y nada menos que de Cide Hamete Bejarano, el cual afirma en sus Memorias (Nássir al-Din…) que adquirió un cierto renombre entre los granadinos, porque había sabido interpretar los pergaminos mejor que los demás traductores.

Leyendo el contexto histórico de los Libros Plúmbeos, descodificando los elementos relativos a su "aparición" y "apariencia", podemos concluir que se trataba esencialmente de una obra, pseudo-anónima, escrita principalmente en lengua árabe que pretende narrar una historia verdadera. Hoy sabemos, como señala M. García-Arenal, que los Libros Plúmbeos "presentan una clara intención de apoderarse de la historia para influenciar la opinión pública española en general y la monarquía en particular, en favor de la comunidad morisca dotándola de un origen antiguo, cristiano, sagrado y al tiempo defendiendo su principal seña de identidad, la lengua ]árabe, lengua del Corán" (AL-QANTARA, p. 323). En otras palabras, hasta en el caso de deber extirpar el Islam, el árabe debía ser considerado una lengua que podía convivir armoniosamente con la fe cristiana (Van Koningsveld & Wiegers, AL-QANTARA, p. 350).

Los autores de los Libros Plúmbeos pretendían pues contar una historia verdadera en lengua árabe. El Quijote a su vez es presentado como una obra escrita originalmente en lengua árabe por un autor árabe llamado Cide Hamete Benengeli para narrar la verdadera historia de un caballero andante llamado Don Quijote de La Mancha. Lo que hace Cervantes, obsesionado por su preocupación con el linaje, es denunciar, parodiar y subvertir (en el sentido bajtiniano), empezando por la forma del discurso, la estrategia morisca, burlándose de sus mentirosos autores (moriscos), de la falsedad (en vez de veracidad) de su historia. Entendemos que ésta debió ser percibida por los responsables religiosos y los intelectuales de la época como una "historia" peligrosa, porque de ser verdadera echaba por tierra tantas doctrinas de conquistas cristianas y expulsiones de "moros" / moriscos, al considerar la lengua árabe y sus hablantes, los moriscos o "cristianos nuevos", tan "viejos" como los "cristianos viejos".

No pretendemos ser los primeros en señalar la conexión parodística entre el Quijote y (el caso de) los Libros Plúmbeos (Lathrop, Case, etc), pero sí examinar elementos nuevos que sugieren o confirman la hipótesis de una reacción antimorisca por parte de Cervantes, además de identificar a Cide Hamete Benengeli. La idea capital es que Cervantes, que seguía de cerca el asunto de los Libros Plúmbeos y sus repercusiones, tal vez se haya dejado "inspirar" por Cide Hamete Bejarano, personaje morisco, traductor, involucrado directamente en la "historia" de los Libros Plúmbeos y su traducción, además de ser concernido (en cuanto morisco) por su contenido. Estos indicios contextuales son reforzados por la semejanza fonética entre Cide Hamete Berenjena y Cide Hamete Bejarano. Al decir Berenjena por Benengeli, lo que hace Sancho es reproducir el sonido. Recordemos a este punto la regla fonética de la que se sirve Cervantes en la invención de nombres. De hecho, Bejarano no dista nada de Berenjena. Sin embargo, ello no resuelve por completo el enigma de “Benengeli”.

En realidad, una vez establecida la mencionada conexión (bejarana ?!) entre Don Quijote y la cuestión morisca a través de los Libros Plúmbeos y el quinto traductor, no ha sido muy difícil dar con el significado de "Benengeli". “Benengeli”, o “Ben-enegeli” quiere decir en árabe “hijo de bastardo”, o “hijo de sangre no limpia”. Cide Hamete Bejarano era morisco, por lo tanto “hijo de bastardo” ; lo que equivale a decir, desde la óptica de Cervantes y de su época, un “cristiano nuevo”. Hay que señalar en este contexto que dentro del antagonismo entre cristianos viejos y cristianos nuevos existía la creencia de aquellos que estos pertenecían a una "raza bastarda" que descendía de Ismael, mientras los cristianos descienden directamente de Isaac.

Esto es un avance de un trabajo mayor, en preparación, donde materias aquí apenas insinuadas tendrán un desarrollo más extenso. Se trata sintéticamente de proponer una lectura del contexto, o de la "fantasía morisca" que caracteriza la concepción del Quijote y la incertidumbre autoral del mismo. Sin embargo, ya se puede percibir, a la luz de lo expuesto más arriba, que la lectura que proponemos del nombre Cide Hamete Benengeli y de lo morisco en el Quijote puede ser más plausible, o, al menos, menos implausible que las entretenidas hasta la fecha.

Referencias Bibliográficas:
-          Al-Hayari, Ahmad Benqasem, Nássir al-din alá al-qawm al-káfirin (texto bilingüe, árabe-inglés), traducción & edición crítica de P.S. Van Koningsveld, Q. Al-Samarrai y G. Wiegers, Madrid: CSIC y AECI, 1997.
-          Case, Thomas E., “Cide Hamete Benengeli y los Libros plúmbeos del Sacromonte”, artículo proveniente de http://www.alyamiyah.com/cema
-          Castro, A., Hacia Cervantes, Madrid: Taurus, 1957.
-          Cervantes, Miguel de, Don Quijote de La Mancha (2 tomos), ed., introd. y notas de M. De Riquer, Barcelona : RBA, 1994
-          Fuentes Fernández, Francisco Javier, "Interpretación de algunos pasajes del Quijote", artículo proveniente de http://www.alyamiyah.com/
-          Lathrop, Thomas, A., “Cide Hamete Benengeli y su manuscrito”, en Cervantes: su obra y su mundo (Actas I Congreso sobre Cervantes), Dir. M.C. de Val, Madrid: EDI-6, 1981, pp. 693-7.
-          Oliver Asin, J., Conferencias y apuntes inéditos, ed. D. Oliver, Madrid: AECI, 1996.
-          VV.AA.: AL-QANTARA, (con sección monográfica II en torno a los Plomos del Sacromonte), Madrid : CSIC, Vol. XXIV, Fasc.2, 2003.
-          VV.AA., Insula, 538 (número monográfico extraordinario sobre el Quijote), Octubre 1991.

© Ismail El-Outmani 2005

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid