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Antonio de Mendoza y Pacheco el "morisco" de la Alhambra de Granada que llegó a ser el primer Virrey de Nueva España (y II)


Autora: La Escriba

Códice Telleriano-Remensis en el que puede verse sobre el
montículo a Francisco Tenamaztle enfrentándose con el 
Virrey Antonio de Mendoza, que aparece representado por
 un maguey (met) y una tuza, es decir metuza = Mendoza.
Antonio de Mendoza y Pacheco lideró, en 1520, tanto en la batalla de Huéscar–Baza (Andalucía) como en el perdón de Volteruela (actualmente la Puebla de Don Fabrique, Andalucía) y en el bando realista un ejército de 4.000 moriscos, que vestían a su usanza, enfrentándose a cristianos viejos, entre los que se encontraban religiosos, cuyos cabecillas ordenó castigar con dureza.

Esta forma de actuar se repetiría en otro escenario años más tarde, en 1541, en la Guerra del Miztón o Mixtón, en la que varias tribus indígenas chichimecas asentadas en la audiencia de Nueva Galicia, en el poniente de la Nueva España, se sublevaron contra la corona castellana y el Virrey Antonio de Mendoza, debido a la inoperancia de las tropas castellanas, de la inminente extensión de la insurrección hacia Michoacán y la capital de la Nueva España y tras la desesperada petición de ayuda por parte del cabildo de la ciudad de México, se puso personalmente al frente de una expedición compuesta de tropas aliadas de los tlaxcaltecas, huejotzincas, cuauhquechultecas, mexicas, xilotepecas, y acolhuas, a las que unieron, en Michoacán, los purépechas. Para dirigirse, tras recibir noticias del rompimiento del sitio de Guadalajara, al peñón de Coyna, donde las crónicas narran que un total de cincuenta mil hombres al mando de Antonio de Mendoza hicieron frente a los sublevados. Después, habiéndose negado a capitular los alzados de Nochistlán, tlaxcaltecas, huejotzincas, cuauhquechultecas, mexicas, xilotepecas, y aculhuas atacaron por un flanco y por el otro los chalcas junto con los de Michoacán y Mextitlán, hasta rodear y vencer en cuatro días a los nochistecos. El siguiente enfrentamiento se produjo en Xuchipila, donde los chichimecas fueron igualmente vencidos. Finalmente en la batalla de Mixtón, resultaría igualmente vencedor el ejército aliado liderado por Antonio de Mendoza.

Fue en Granada donde Antonio de Mendoza y Pacheco aprendió el oficio de Virrey que desempeñaría en América, cuando sustituye a su padre, ejerce como Regidor del Cabildo granadino y como Tesorero de la Casa de la Moneda. A esto se sumaría, entre otras experiencias, su actuación en misiones diplomáticas en Flandes, Inglaterra, Hungría, Italia y Alemania. En Italia, concretamente en Bolonia, estuvo presente en la Coronación Imperial de Carlos V.

Como primer virrey de Nueva España, gobernó de 1535 hasta 1549, promoviendo la educación, la minería, la agricultura y la ganadería, a él se debe la realización del primer censo, la creación de una administración eficiente con la primera Casa de Moneda, la primera imprenta y la primera fundición. Así como la fundación de la Universidad de México.

Algunas de sus primeras misiones fueron la de asegurar el poder del Rey en el Virreynato, recortando los de Hernán Cortés (con quien tendría algunos conflictos de competencias, especialmente en lo referido al cumplimiento de las llamadas Leyes Nuevas, hasta que este abandonó definitivamente la Nueva España sin haber conseguido desacreditar a Antonio de Mendoza) y Pedro de Alvarado. Así como enmendar los desmanes con los indios del despótico Nuño Beltrán de Guzmán.

Ya en 1536 fundó el Colegio de Tlatelolco, la primera institución de educación superior de América, preparatoria para la universidad, destinada a los indígenas, un establecimiento científico en el cual se cultivó preferentemente la medicina nahoa y, al mismo tiempo, fue la escuela de ciencias políticas en que se preparaba a los hijos de los caciques para el gobierno de los pueblos de indios. En 1546, el colegio de Tlatelolco dejó de estar a cargo de los franciscanos y pasó a mano de los indígenas, siendo los ex-alumnos graduados con excelencia académica los que ocuparon los cargos administrativos. Éstos llegaron a ser celadores, profesores, miembros del Consejo e, inclusive, rectores. El 25 de noviembre de 1550, cuando Antonio de Mendoza abandonó el cargo de Virrey de la Nueva España, para trasladarse a Lima como Virrey de Perú, antes de partir, él y su hijo Francisco le traspasaron al colegio dos ranchos y más de 2.000 ovejas, 1.000 vacas y 100 yeguas. La Real Audiencia autorizó la venta de estos bienes en 1565 para que lo recaudado se diera al colegio en forma de renta anual. Antonio de Mendoza, igualmente escribió a su sucesor como Virrey de Nueva España, Luis de Velasco, un aviso en el que expresó su sentir positivo hacia la educación superior de los indios, pidiéndole que los siga favoreciendo como hasta ese momento él mismo lo había hecho.

Al año siguiente, en 1537, fundó el colegio de San Juan de Letrán.

Lienzo de Tlaxcala (circa 1552), página 58, en la que puede verse al Virrey
Antonio de Mendoza acompañado de aliados tlaxcaltecas enfrentándose a los
caxcanes y zacatecos en Xochipillā. El lugar es representado en la parte
superior derecha con un niño sosteniendo un ramo de flores (xochitl).
 La batalla ocurrió durante la Guerra del Miztón en 1541.
En 1541 fundó Valladolid (hoy Morelia) y La Barca (Jalisco) y ordenó organizar la expedición que descubrió las Islas Filipinas. La expedición, al mando de López de Villalobos, partió del Puerto de Navidad en 1542 a bordo de cuatro carabelas, para tocar la costa sur de la isla Luzón (Filipinas), en 1543, explorando la costa y haciendo contacto con los indígenas del archipiélago. De allí partirían más al oriente hasta alcanzar la isla de Leyte que nombraron islas Filipinas en honor al rey Felipe II. Pero a consecuencia de un accidente de navegación que destruyó una de las carabelas y del hambre que padecieron, la expedición tuvo que buscar refugio en las Molucas, de dominio portugués, donde después de algunas escaramuzas fueron apresados. Villalobos murió preso en 1544 en la isla de Amboina y el resto de la tripulación, tras conseguir escapar, regresó a Nueva España. A partir de entonces se consideró a la Capitanía General de las Filipinas como parte de la Nueva España. Apoyó a Hernán Cortés en los viajes que dieron por resultado el descubrimiento de la península de Baja California. A Fray Marcos de Niza en 1539 en la empresa exploratoria en la búsqueda de las míticas ciudades de Cíbola y Quivira, así como a Francisco Vázquez de Coronado en 1540, en cuya expedición se exploraron los territorios que constituyen actualmente el suroeste de Estados Unidos y noroeste de México. E igualmente el viaje por mar hacia el Pacífico norte del navegante y explorador Juan Rodríguez Cabrillo que en 1542 reconoció lo que sería Baja California Sur, Baja California y California (EE.UU.), quien nombró un cabo en California con el nombre de Cabo Mendocino en honor del Virrey Antonio de Mendoza y Pacheco.

Designado Virrey del Perú en 1551, a petición de Pedro de La Gasca (pacificador de Perú tras las Guerras Civiles), con la misión de organizar el virreinato destruido por las guerras entre los conquistadores, sólo pudo desempeñar el cargo durante diez meses, ya que falleció en Lima en julio de 1552, donde fue enterrado en la Catedral. Su hermano Luis, Presidente del Consejo de Indias, le había escrito que, a pesar de su escasa salud, si "el no pudiese ir, sus huesos fueran" al Perú "por su honor". Para entonces Antonio de Mendoza había sufrido un ataque de hemiplejía en Oaxaca, a pesar de lo cual emprendió viaje hacia Lima para llegar allí en septiembre de 1551.

Los trazados tanto de Ciudad de México, como de Lima responden a que Antonio de Mendoza estudió las doctrinas urbanísticas renacentistas del italiano León Battista Alberti aplicándolas tanto en una ciudad como en otra.

Bartolomé de las Casas, el que ha pasado a la historia como gran defensor de los indios, tuvo en alta estima a Antonio de Mendoza y Pacheco ya que supo suavizar la situación de los indios manteniendo al mismo tiempo la autoridad real. Madariaga dice de él que era "tranquilo, moderado, prudente y astuto" y Bernal Díaz del Castillo que "era buen caballero y digno de loable memoria". Y realmente gozaba prestigio en la Nueva España por su rectitud, ecuanimidad y buen gobierno.

Antonio de Mendoza y Pacheco escribió un memorial con una relación de cuanto había visto viajando por el Perú, en el año 1551, que envió según Rafael Diego Fernándezcon su hijo Francisco de Mendoza para ser entregado al Emperador Carlos V, y que según algunos autores podría ser considerada la primera declaración de independencia de América. En este memorial el Virrey escribe "no oso decirle más porque me va mal de ello", “Mira, mira, Rey español, que no seas cruel a tus vasallos, ni ingrato, pues estando tu padre y tú en los reinos de Castilla, sin ninguna zozobra, te han dado tus vasallos, a costa de su sangre y hacienda, tantos reinos y señoríos como en estas partes tienes. Y mira, Rey y señor, que no puedes llevar con título de Rey justo ningún interés destas partes donde no aventuraste nada, sin que primero los que en ello han trabajado sean gratificados” , “Hablando con el acatamiento que debo, Vuestra Majestad sabe que estos repartimientos el Virrey acostumbra a darlos a personas de menos calidad que la mía y con menos trabajos y servicios que los de mi Padre míos", S.M. aprieta mucho las cosas de esta tierra y muy de golpe, que le suplico mande mirarlo bien, y que esto es lo que siento, y no oso decirle más porque me va mal de ello, más que tengo gran lástima de ver que S.M. y los consejos y los frailes se han juntado a destruir estos pobres indios”, “Provee S.M. a mí y a otros como yo por virreyes y gobernadores, siendo nuevos en los cargos y no teniendo experiencia; envía oidores que allá no se proveerán por alcaldes mayores, y fíales un mundo nuevo sin ninguna orden ni razón ni cosa que parezca a lo de allá; ¿Qué espera S.M. que ha de suceder a dos mil leguas de donde está sino dar con todo en el suelo y que se acabe haciendo experiencias antes de que lo entienda(n)". 

El memorial finaliza con una de las primeras y más bellas declaraciones de amor por América que jamás se hayan escrito.


Fuente: http://lahistoriaquenuncanoscontaron.blogspot.com/2010/11/antonio-de-mendoza-y-pacheco-el-morisco_10.html

Antonio de Mendoza y Pacheco el "morisco" de la Alhambra de Granada que llegó a ser el primer Virrey de Nueva España (I)


Autora: La Escriba

Antonio de Mendoza y Pacheco nació alrededor del año 1492. Tradicionalmente se ha considerado Granada (Andalucía, España) como su lugar de nacimiento, donde su padre, Iñigo López de Mendoza y Quiñones, detentaba el cargo de primer Capitán General con funciones de Virrey, nombrado por los Reyes Católicos, tras el fin del último Reino Nazarí de Granada. No obstante, otra tesis defiende su nacimiento en Mondéjar (Guadalajara, Valladolid, España) y por fin la más verosímil es la defendida por Arthur Scott Aiton que sitúa su nacimiento, a finales de 1491, en Alcalá la Real (Jaén, Andalucía, España), fecha en la que su padre era allí alcaide, para cuya data considera que nació después que su hermano Luis y antes que su hermana María quien ya nació en La Alhambra granadina.

Andando los años Antonio de Mendoza y Pacheco sería el primer hombre en recibir el cargo de Virrey en un territorio americano, obteniendo el nombramiento de Virrey, gobernador, capitán general de la Nueva España y Presidente de la Real Audiencia de México, el 17 de abril de 1535. Además de primer Virrey de la Nueva España, fue el segundo Virrey del Perú, donde fallecería en Lima en el año 1552.

La figura de Antonio de Mendoza y Pacheco resulta sumamente interesante para determinar el paralelismo existente entre aquellos a los que se encargó el mando del Reino de Granada, conquistado por Castilla en 1492, y aquellos a quienes se encomendó el virreinato de Nueva España, tras esa misma conquista castellana al otro lado del Océano. Hasta el punto de que en este caso concreto fueron padre e hijo los primeros gobernantes de uno y otro territorio. Nada extraño por otra parte si tenemos en cuenta que para la Corte castellana del momento, la Capitanía General de Granada con una población recién conquistada, convertida a una nueva religión impuesta por los castellanos, con una cultura y una religión diferente a la castellana, era un teatro de operaciones con muchas similitudes al “Nuevo Mundo”. La experiencia granadina supuso un referente para las actuaciones que se llevarían a cabo en América. Tanto los métodos de evangelización, como de asimilación de las sociedades vencidas utilizados en el último Reino Nazarí de Granada fueron exportados a América. Así los métodos empleados con el morisco serían igualmente empleados con el indio, aunque bien es cierto que los primeros no contaron con la ingente legislación proteccionista con la que sí contaron los indígenas americanos, materializada en las Leyes de Indias.

En la Alhambra nazarí Antonio de Mendoza y Pacheco forjó un carácter tolerante, culto y dialogante, gracias a un entorno en el que convivía con los moriscos granadinos y a ese mismo talante paterno. La familia Mendoza se identificó con el ambiente que les rodeaba, es conocida la anécdota que nos recuerdan Peggy K. Lyss y Emilio Meneses, según la cual en 1509 su padre tuvo que recordarle a Antonio de Mendoza que cuando saliera de viaje vistiera a la castellana, lo que nos indica claramente que lo habitual en él era vestir a la usanza morisca:

“Da Priesa en que se venga luego tu hermano don Antonio, que me escrivió el marqués de Denia que lo enbiase, y di a Lázaro de Peralta lo que le haga de vestir y sea a la castellana, y véngase luego él y los Añascos con él. De paramentos para su cama no curas que acá se avrán”

Estos antecedentes fueron, sin lugar a dudas, un hecho determinante para el nombramiento de Antonio de Mendoza y Pacheco, como primer Virrey de Nueva España, donde aplicó lo aprendido en Granada, siendo su experiencia granadina un ejemplo a la hora de afrontar el gobierno de la Nueva España en cuanto a ordenanzas, urbanismo, política económica, relaciones con pueblos de cultura y religiones diferentes, relaciones con la iglesia, etc.



Indios y Moriscos


Rommel Plasencia Soto
Departamento de Antropología de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos de Lima.
               

Una edición española de “Orientalismo” (1) lleva una presentación de Juan Goytisolo, ese español que escribe y piensa confinado en el otro lado de la orilla cultural, tan cara a Occidente. El texto lleva también un prólogo del propio autor para dicha edición. En ella, Said escribe que su tesis central puede ser replanteada ante el hecho de que España, a diferencia de otras potencias coloniales —como Inglaterra o Francia— tuvo una presencia islámica de 800 años, que alteró profundamente su historia y su savia, haciéndolo por lo tanto, un país diferente en el concierto de occidente.

Además agrega, que en el territorio español, Occidente y el Islam se han correspondido mutuamente, y que este rasgo no puede ser caracterizado “simplemente como una relación imperial”, considerando a esta singular experiencia histórica como una “excepción”.

Excepción que para Said, puede dotar de un nuevo sentido a las relaciones entre occidente y los otros pueblos, muy lejos del horizonte pesimista —y acaso belicista— de el “choque de civilizaciones”.

En el momento que esto escribo, se avista el famoso monasterio de La Rábida. Dicho monumento implicado directamente con la empresa colombina, sintetiza en cierto modo, la complejidad de esa historia. Ubicada en el extremo sur de España y muy cerca de Portugal, sobre sus cimientos se fueron construyendo los distintos estilos de los pueblos que la fueron ocupando.

La Rábida construido en el siglo XV, parece que fue originalmente un templo romano dedicado a Proserpina, después un fortín árabe (de ahí la palabra Ribbat), posible abrigo de los Templarios y luego pequeño monasterio franciscano.              

Su arquitectura abriga estilos y decorados superpuestos, muy común a toda Andalucía y el Algarve portugués: el gótico mudéjar. En las ciudades, los estilos se adentran hacia el románico y el barroco. Esa sensación de síntesis y superposición, engendra la idea de mixtura o hibridaje. Supongo que igual sensación siente uno cuando admira por ejemplo, el templo de Coricancha.

O el de muchos personajes notables de la España medieval, hijos de matrimonios mixtos. Igual que el Inca Garcilazo, ensalzado por la historiografía criolla como la expresión más sublime de la unión entre lo español y lo indígena.

Sin embargo no creo que la historia de España como el de los Andes, sean expresión sólo de la unión y el mutuo entendimiento. Hubo conflicto, desgarro y exclusión (2).

Cuando uno pasea por la Plaza de España en Sevilla, construida para ser sede de la Exposición Universal de 1929, se encuentra con azulejos que tejen la historia de cada una de las provincias de España. Y entre otras cosas, hay algo común en ellas. Hay siempre imágenes que atraviesan todas las representaciones a modo de una alegoría. Ellas representan la rendición del moro representado como negro o moreno ante el caballero blanco y cristiano.

Ese acto fallido, sólo nos muestra el peso que tuvo la presencia islámica, en el imaginario español nacionalista. Pulsión y oculto temor que luego se elevaría al paroxismo.

No olvidemos que España en el primer tercio del siglo XX, arrastraba tras de sí, un conflicto profundo derivado de su situación periférica respecto de Europa (3).

La necesidad de desarrollo y todo lo que ello suponía secularización, reformismo económico, educación y reforma agraria agregada a la crisis generalizada que representó a fines del siglo XIX, la pérdida de Cuba y Filipinas.

De ahí que se haya acuñado el término de “generación del 98” para caracterizar a un grupo de intelectuales que se van a proponer la tarea de pensar “esos problemas”. Surgirá un lúcido núcleo de estudiosos convenidos en rescatar la “España profunda”, restaurarla y blandirla en alto, para conjurar el sentimiento de inferioridad de una colectividad que veía como el resto de Europa silbaba de progreso.

Los medievalistas españoles rastrearán el origen de la sociedad castellana forjadora decían, del carácter español, la heráldica y la nobleza. Los filólogoscomo Menéndez Pidal los manantiales del castellano. Azorín describirá los campos de Castilla, Machado lo hará en su poesía.

En Zuloaga, el paisaje del trigal, los puentes empedrados y las rústicas de tejas rojas, desbordarán sus frescos.

Si bien no fue una escuela (4),  tienen en común el de rescatar la gesta que hizo de España alguna vez, un imperio. El sicologismo los inunda, se aferran a una metafísica del ser español. El fanatismo religioso, el arcaísmo social y la empresa colonial, quisieron verse como la rudeza, la fe en el acto, la valentía y el idealismo de las empresas perdidas. Para así exorcizar el atraso económico y añorar una historia que les servía de insumo.

Por esa razón es que El Quijote fue elevado a la quintaesencia de un pueblo, yquizás exagero se le quitó lo más valioso del inolvidable personaje: su humanismo y su denuncia (5). Ya con el triunfo de Franco (6) esa exigencia de pasado glorioso y autárquico, que blasfemaba de la diferencia y reclamaba unidad, logró entronizarse como doctrina oficial.

Obviamente que existe la, posibilidad de hacer un paralelo con nuestro país. Si en España, el krausismo y los estudios históricos y filológicos (el llamado retrocasticismo), hicieron la tarea que le cupo al romanticismo europeo de mitad del siglo XIX, en el Perú, el indigenismo tuvo ese papel.

Tuvo sus intelectuales, se reinventó al indio, se auspiciaron los estudios arqueológicos, históricos y artísticos para rescatar una herencia que cimentaría una nación de la que carecíamos.

Creo personalmente que Mirko Lauer (7) ha avanzado en esa dirección. Lo más interesante de los estudios culturales en nuestro país, ha hecho aportes valiosos para entender esa formidable labor de construcción textual y simbólica que significó el indigenismo peruano. Obviamente hay deudas y orígenes, creo encontrar en Mariátegui y más recientemente en Macera, ese interés inicial por develar el papel que tiene la cultura, para hacer inteligible nuestra historia y nuestra sociedad.

Este texto desea ilustrar la semejanza entre la situación a la que se vieron expuestos la sociedad morisca y la andina. El poder castellano impuso instituciones y convenciones para la población que iba sometiendo, y que denotan el perfil de toda empresa colonial. La diferencia temporal concluye en que la organización de la sociedad de la baja edad media en la península, sirvió como experiencia decisiva para la construcción del “orbe indiano”.

No es nuevo. Por lo tanto, es interesante el careo histórico de las instituciones novoamericanas con las políticas de los Reyes Católicos sobre la población islámica, después de la toma de Granada en 1492.

Un mundo heterogéneo
La población islámica en la península ibérica fue sumamente heterogénea, tanto en sus significados sociales como en la ocupación del territorio. La población más importante estaba en el Al-Andalus. Las etapas de su historia, resume las etapas del Islam en España: el Násrida, el Taifa y el Almorávide.

En su territorio podían distinguirse los árabes de Banú Hâsim (lo que se consideraban parte del clan familiar del Profeta), los nobles árabes, los Bereberes (barbar), los Muladíes (Mawlás), los Abîd (esclavos) llamados también Sûdàn (negros).        

Grupos que además estaban jerarquizados, por eso su estructura social fue útil para implantar una red de autoridades nativas leales, que aseguraban un control efectivo (Ortiz y Vincent, 2003). Los conquistadores luego la aplicarían en el Cuzco, en donde se aseguraron la lealtad de los orejones, a través de la prebenda, la alianza matrimonial o el compadrazgo.


Luego estaba la población “cruzada”, los cristianos o nasâra arabizados, recibieron el nombre de mustârab (mozárabes) es decir, “los que parecen o pretenden ser árabes” y los helches, aquellos cristianos que se islamizaban y que los castellanos llamaron “renegados”. La mayoría de esa población residió en ciudades como Córdoba, Toledo, Sevilla, Mérida, y los montes de Málaga, hasta el siglo XV. Todos están de acuerdo además que era por entonces un mundo multicultural, en que las principales sociedades la cristiana, la islámica y la judía convivieron pacíficamente, creando una división social del trabajo.

Pero con la conquista de Granada nuestra Cajamarca, la tolerancia inicial fue pronto sustituida por actitudes de hostilidad y segregación. Si nos atenemos a Caro Baroja (1957) hay tres etapas en la lenta pero inexorable ruptura de la pax hispania:
  • a) la conversión de los mudéjares castellanos (1500-1502)                                               
  • b) la sublevación de los moriscos granadinos (1568-1570) y,              
  • c) la expulsión general es decir, el triunfo del catolicismo excluyente en España.
La primera de estas medidas puede considerarse como la ruptura oficial de la convivencia medieval. La última, la expulsión definitiva de 1609-1614, puede considerarse como el momento que convierte a una importante y activa población, en una minoría vejada y oprimida.

Los moriscos es decir, los musulmanes que abrazaban el cristianismo, aunque conservaban en privado sus prácticas religiosas tradicionales, protagonizaron una intensa lucha por su identidad, frente a la asimilación forzosa que se sucedió.

Es por ello el dramatismo de la sublevación de la Alpujarra granadina de finales del siglo XVI. Estos mestizos culturales al igual que los habitantes andinos, enfrentaron los mismos problemas del choque cultural.

Es paradójico además, el hecho que ya fuera anotado por Macera de que un mestizo de Montilla, encabezase a órdenes de su tío Alonso de Vargas, una partida de campesinos mal armados que se integró al ejército del Marqués del Priego, para combatir a otros mestizos.

Al igual que en los Andes o Mesoamérica, la diferencia cultural y en ella fundamentalmente la religiosa, fue un factor clave en la distinción social.

El Islamismo operaba como un fuerte catalizador a la aculturación religiosa, era el centro de la vida. De ahí que su “infidelidad” y su negativa a la integración fuera notoria.

En la segunda mitad del siglo XIV, la política de asimilación había fracasado, y al cabo de un tiempo, el foso que separaba a moriscos y cristianos se había profundizado. Pero la distinción con ese sujeto culturalmente otro, también se nutre del miedo.

Los ataques berberiscos en el Mediterráneo, como las correrías de bandoleros y salteadores (los monfíes) ayudaron a fermentar la levadura de la intolerancia. Recordemos que en plena rebelión tupacamarista, se avistaron piratas en las costas del Virreynato y se hablaba del pacto de los ingleses con el insurrecto de Tinta. ¿Cómo no recordar el “gran pánico” como antesala de la revolución francesa, diestramente descrita por Lefebvre? El miedo y la amenaza como fundamentos del orden social, crean una sociedad crispada y esquizofrénica.


De Huacas y Mezquitas: la evangelización religiosa
En la población morisca podían distinguirse los Mudéjares, procedentes de los países castellanos (Castilla, León y Extremadura), de los Tagarinos (de Tagri, frontera) oriundos del reino de Aragón. Los mudéjares profesaban públicamente el Islam, los moriscos habían abjurado de él, pero practicaban su antigua religión en secreto. Estas prácticas fueron conocidos por Taqyya (el Taqi Onqoy como el Ghost Dance, fueron movimientos extáticos y revivalistas, también clandestinos).

Al igual que las extirpaciones en la sierra limeña, la sociedad dominante empezó a sospechar de ellos y la iglesia católica fue la encargada de arremeter contra la religión clandestina. Todas las técnicas y discusiones para arremeter contra la religión islámica, pueden leerse con asombrosa semejanza en los Concilios Limenses.

La gran cruzada de evangelización de la población morisca fue promovida a partir de 1501 (Vallvé, 1992), y continuada a lo largo del siglo XVI.

Tuvo una etapa científica y otra popular. La primera se refiere a la polémica incesante entre teólogos y musulmanes. El arabismo como el quechuismo fue además, una poderosa herramienta de imposición colonial. Aunque a diferencia de América, en Andalucía se alentó la formación de religiosos con origen islámico.

Por ejemplo, Juan Martín de Figuerola, que publicó un texto anticoránico en 1519 en Valencia, había sido alfaquí, es decir, jefe de una comunidad religiosa musulmana. En 1573, el religioso Torrijos, quien al producirse el levantamiento granadino forjó un plan para hacer desaparecer (una especie de “limpieza étnica”) a los moriscos, era hijo de un cristiano y una morisca y salvó la vida durante la rebelión, protegido por la parentela materna.

Así como los párrocos de indios, los eclesiásticos conocedores del árabe, eran adscritos a pueblos moriscos.

En el siglo XVI hubo en Valencia, tres grandes oleadas misionales. En el caso de Granada se apeló especialmente a los franciscanos y los jesuitas. Estos últimos se dedicaron preferentemente a la formación de los niños moriscos nobles.           

Al igual que en los Andes, los hijos de Loyola convirtieron a los hijos de caciques. El Colegio de San Francisco de Borja en el Cuzco o el del Príncipe de Lima, lo atestiguan. Solo que, mientras en los Andes posiblemente propagaron la semilla de un nacionalismo incaico, en Andalucía fue impensable.

Para terminar con esta sección, nos referiremos brevemente a la Taqiyya (que significa precaución). Este cuidado les permitió practicar secretamente el Islam, mientras aparentaban una integración total en el mundo cristiano. Ante la represión, la práctica de las 5 oraciones diarias ya no era general en la segunda mitad del siglo XVI, a la vez que el calendario religioso musulmán se encogía severamente. Esto demuestra una vez más, que la cultura y en ella el factor más impermeable como es la religión, se adapta y evoluciona de acuerdo a circunstancias históricas y a determinadas constricciones estructurales. Además el elemento más hostil a los moriscos estuvo representado por el bajo clero. Aquí recordamos los dibujos de Guamán Poma o las denuncias del padre Acosta, sobre los abusos de los curas en los pueblos de indios.

La estructura social
Sea la disposición de subconjuntos sociales o de estructuras más o menos permanentes, las sociedad es la relación compleja entre las instituciones encargadas de ordenar los convenios sociales y las circunstancias en la que los individuos poseen cierto escenario para el juego de su autonomía, de acuerdo al tipo de sociedad. La sociedad ibérica era en ese sentido, rígida y estratificada. Aunque la población de origen musulmán había reproducido en el marco del secularismo mudéjar, un saludable tipo de fincas familiares de mediana propiedad, dinamizando toda la zona sur y oriental de la península.

Los estudios de la época aluden a la laboriosidad morisca que se contraponía a la holgazanería de los repoblados cristianos de las Alpujarras.

Muchos desterrados del reino granadino se dedicaron después al comercio y el transporte, pues ya era difícil procurarse de tierras. En los Andes no lo olvidemos, los mestizos eran el grupo social ambiguo y a caballo entre dos mundos, que se apoderaron del arrieraje y el comercio trajinante (8).

¿Qué se entendía bajo la denominación de moriscos, en esos momentos? ¿Se aplicaban criterios étnicos, religiosos o culturales? La misma interrogante en los Andes. Casi todos están de acuerdo en que paulatinamente se fue pasando de los primeros mestizos quinientistas (López Martínez, 1972) de padre español y madre indígena, a su sentido cultural ( Concolocorvo, 1974, XX:111).

Karen Spalding (1972) concluye que el concepto de indio y sus indicadores —y por lo tanto de mestizo— se iba trocando de siglo en siglo. En Mesoamérica y los Andes el signo de mestizo, ya en el siglo XVII, destacaba entonces el repertorio cultural de la sociedad dominante: lengua, vestido, ocupación no agrícola y vagabundaje.

Kubler (1950) había demostrado que la población indígena crecía en el siglo XIX, después de su cenit, justamente por la “ruralización” de la sociedad peruana, que “indianizó” a vastos sectores de la sierra.

Los antropólogos sabemos que una persona puede ser vista como mestiza o india de acuerdo al punto de vista que uno privilegie. Una persona puede ser indígena, pero su hijo ya escolarizado, pude ser censado como mestizo. Es decir, los factores culturales se tornan determinantes. Igual en el caso morisco.

La religión musulmana fue el centro donde gravitó el ordenamiento de su vida social y económica (incluida la culinaria). Lo morisco sólo se transmitía por la ascendencia masculina y la línea del padre. Un cristiano viejo podía ser hijo de una morisca. O que, como en el reino de Granada un descendente de musulmanes era reconocido oficialmente como cristiano, si es que el ascendiente había abrazado el cristianismo antes de la conquista de 1492.

En 1609 fueron expulsados definitivamente de España. Muchos de ellos se quedaron definitivamente sobre todo en Extremadura: Mérida, Plasencia, Trujillo… (Domínguez y Vincent, 2003:248), donde justamente vinieron muchos de los conquistadores.

Si han leído la tradición de Palma sobre el capitán Zapata, es posible que pasaran a nuestro continente en gran número. No olvidemos tampoco la presencia en suelo americano de las “esclavas blancas” o moriscas, y que acompañaron a los primeros conquistadores (Lockhart, 1982: 194, Cáceres Enríquez, 1995) (9).

Ante la imposibilidad de reconocerlos (10) y a su gran capacidad de camuflaje, sólo quedó el camino de la vital separación entre lo público y lo privado.

Entre esas estrategias está documentado el uso de los patronímicos castellanos. Existían muchos nombres para una misma persona. Por ejemplo, los Hadâd que vivían en el valle de Jalón (Valencia), se vieron forzados a cambiarse al cristianismo, aceptando el nombre de Herrero (esa palabra significa los mismo que hadâd), y en el catalán el Herrero se traduce en Ferrer.

Los musulmanes, junto a los católicos y los judíos son culturas natalicias. Poseían una alta demografía, quizás por la precocidad en el matrimonio y el sentido de supervivencia. De ahí la importancia del rito del nacimiento o fadas, es decir, la consagración del recién nacido a Dios.

En un texto de 1532, hay una orden que con más frecuencia se recordaba a los curas en pueblos moriscos: era la concerniente a los ritos de nacimiento. Se les prohibió ejercer el oficio de parteras —para limitar la práctica de la circuncisión—. Tenían que serlo cristianas viejas, estas últimas aprovecharon para hacerse pagar la intervención, lo que obligó a los moriscos a elevar quejas ante el rey.

El famoso formulario de Bocanegra tenía parecida misión, indagaba hasta aspectos tan íntimos como la dieta o la vida sexual indígena, para erradicarlos si estos estaban integrados al complejo religioso prehispánico, o si transgredían la nueva moral. De este modo el cuy o la llama, pasaron a ser prohibidos o demonizados.

En las capitulaciones de 1500 se le reconocieron a los moriscos ciertos rasgos culturales específicos. Pero tan sólo en 1527, ya en un documento del 7 de diciembre se decide la negación de todo particularismo. Se prohíbe el árabe escrito u oral, el uso de la almalafa (túnica que cubría todo el cuerpo), la propiedad de esclavos y armas, la manera ritual de matar los animales de consumo, alhajas y cualquier otro símbolo que perteneciera al Islam.

De este modo, se pasó del hecho religioso al cultural, pues descubrieron su importancia. Se paso del infiel al otro (11).

Sin embargo la defensa del indígena americano pasó por el lado del humanismo cristiano. La estela lascasiana no tiene, creo, parangón. En España más bien —no obstante el esfuerzo de Bleda— fue la nobleza local los que los protegieron. Los señores durante el siglo XVI, denunciaron los abusos cometidos por los inquisidores; los de Aragón se opusieron con éxito al desarme de los moriscos en 1559.

Para finalizar, se ha dicho que la gran extensión que tomó la esclavitud en Andalucía, se debió al número de población morisca que se quedo después de la toma de Granada. Los señores que condujeron la guerra, se apropiaron de las tierras finamente labradas de los moriscos (Andújar y Barrios, 1996).

También se ha documentado un tipo de relación servil que tiene analogías —quizás demasiadas— con la encomienda indiana. Muchos moriscos que se quedaron por ejemplo fueron a trabajar en condiciones terribles a las minas de mercurio de Almadén. Los mitayos de Huancavelica no pudieron ser diferentes. Sin embargo muchos, quizás miles, fueron asimilados como cristianos viejos. Domínguez y Vincent dicen asombrados: “¡Y esto, en la época en que la preocupación por la limpieza de sangre alcanzaba en Castilla el paroxismo!” (p.251). 

Con Felipe II se inicio una era de olvido y atenuamiento, mientras la Inquisición viajaba a América.
                                                                                                             
BIBLIOGRAFÍA
  • ·         Francisco Andujar Castillo y Manuel Barrios Aguilera (1996) “El arte de usurpar: señores, moriscos y cristianos viejos en el Marquesado De los Véles, 1567- 1568”: Sharq Al-Andalus, (13), Alicante.
  • ·         Jaime Cáceres Espinoza, (1995) “La mujer morisca en el Perú del siglo XVI”: Sharq Al-Andalus, (12), Alicante.
  • ·         Julio Caro Baroja (1957) “Los Moriscos del reino de Granada” Madrid, Instituto de Estudios Políticos.
  • ·         Concolocorvo (1974) “El lazarillo de ciegos caminantes” Lima, Peisa, T. 2.
  • ·         Antonio Domínguez Ortiz y Bernard Vincent (2003) “Historia de los Moriscos” Madrid, Alianza Editorial.
  • ·         George Kubler (1950) “The Indian caste of Perú” 1795-1940”, Washington D.C. Smithsonian Institution, Institute of Social Anthropology, 14.
  • ·         James Lockhart (1982) “El mundo hispanoperuano” México, Fondo de Cultura Económica.
  • ·         Héctor López Martínez (1972) “Rebeliones de mestizos y otros temas quinientistas” Lima, P.L. Villanueva.
  • ·         Félix Pareja (1960) “Un relato morisco sobre la vida de Jesús y María” en Estudios Eclesiásticos, Madrid.
  • ·         Karen Spalding (1974) “De Indio a Campesino: cambios en la estructura social del Perú colonial”, Lima, Instituto de Estudios Peruanos.
  • ·         Luis Suárez Fernández y Juan de Mata Carriazo (1998) “La España de los Reyes Católicos”, volumen 1, en HISTORIA DE ESPAÑA, dirigida por José María Jover Zamora, Madrid, Espasa Calpe.
  • ·         Joaquín Vallvé, (1992) “El califato de Córdoba” Madrid, MAPFRE.



NOTAS
  1.  Edward W. Said “Orientalismo” Madrid, Debolsillo, 2003.
  2. La historiografía española más reciente se resiente del término “reconquista.” ¿Después de 800 años, no cabe referirse a ella como una conquista? ¿Además una conquista de quién, si España aún no existía como nación?, la pregunta es válida y fecunda.
  3.  Imann Fox “La invención de España” Madrid, Cátedra, 1997.
  4. Goytisolo les ha negado el sentido de generación en “El 98 que se nos viene encima” El País, junio de 1997.
  5.  A la llamada limpieza de sangre se opusieron en ese entonces Cervantes, fray Luis de León, Santa Teresa y otros escritores.
  6. Es curioso que Franco haya gestado su nacionalismo en África e iniciado la guerra civil con tropas norafricanas. O quizás por ello mismo.
  7. Mirko Lauer “Andes imaginarios: Discursos del indigenismo 2” Lima, Sur, 1997.
  8. Luis Miguel Glave “Trajinantes: caminos indígenas en la sociedad colonial, siglo XVI Y XVII”, Lima Instituto de Apoyo Agrario, 1989.
  9.  En Marrakech se pueden ver en las noches por el paseo de Xemma el Fná, mujeres con el rostro oculto con un velo, no son mujeres “integristas”, sino prostitutas. Igual moda para no ser reconocidas, adoptaron las célebres tapadas limeñas.
  10. Ante la imposibilidad “objetiva” de la diferencia surge el señalamiento grotesco: la vela verde, la estrella acartonada de David en la solapa o la “decencia” tan usada por los huachafos.
  11. Bernard Vincent “Carlos V y la cuestión morisca” en www.cervantesvirtual.com.