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LOS MORISCOS: EXPULSIÓN Y DIÁSPORA

Editores:

Los moriscos
ISBN:9788437099941
Editorial: Universidad de Valencia
Fecha de la edición:
Lugar de la edición: Valencia. España
Colección: Biblioteca de Estudios Moriscos
Encuadernación: Rústica
Medidas: 21 cm
Nº Pág.: 481
Idiomas: Español
25,00 €

Fuente: http://www.marcialpons.es/libros/los-moriscos/9788437099941/

La UGR y la Universidad de Valencia publican “Los moriscos: expulsión y diáspora”


Con el título Los moriscos: expulsión y diáspora, las universidades de Granada y Valencia publican un volumen, con edición a cargo de Mercedes García-Arenal (profesora de Investigación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Departamento de Estudios Árabes, Madrid) y Gerard Wiegers (profesor de Estudios Islámicos en la Universidad de Leiden, Holanda), en el que se explica cómo se llegó a la decisión de expulsar a los moriscos, las causas aludidas en defensa (y en contra) de la medida, así como el contexto histórico-político que contribuye a explicar la medida adoptada en aquella primera década del siglo XVII.
Entre los episodios de limpieza étnica, política y religiosa, la expulsión de los moriscos constituye uno de los más importantes. “Se nutrió de una ideología que defendía esta medida en pro de la unidad religiosa –afirman los responsables de esta edición– porque consideraba fracasados los procesos de completa asimilación cultural y de plena integración religiosa que decía perseguir”.
El libro da cuenta, también, del contexto ideológico, el papel de las diferentes instancias implicadas en la decisión, incluido el Vaticano, la coyuntura internacional en las políticas de la Monarquía Hispánica y de cómo los poderes europeos y eurásicos consideraron la expulsión y actuaron respecto a ella.
El volumen, de 482 páginas, da cuenta, en su segunda parte, a discernir qué pasó durante y después de la expulsión, cuáles fueron los destinos de la diáspora morisca y su fortuna en distintos lugares de paso (como Italia y Francia) y de acogida, los países del Norte de África y el Imperio otomano.
Tanto en la primera como en la segunda parte de este libro se hace hincapié en la consideración de la expulsión de los moriscos como cuestión que estuvo lejos de afectar solamente a la península Ibérica.
Igualmente se presta atención a las propias estrategias de los moriscos y no solo a su papel de víctimas, uno de los aspectos más novedosos de este libro.
Así, esta visión “internacional” se ve refrendada por la diversidad tanto metodológica como disciplinar de los autores que participan en el volumen, permitiendo considerar, de este modo, el problema tratado como un complejo prisma de muy diversas caras, imbricadas y conectadas entre ellas.
En Los moriscos: expulsión y diáspora participan veinte especialistas y profesores de distintas universidades del mundo.

Miguel de Luna y los moriscos de Toledo: “No hay en España mejor moro”


Mercedes García-Arenal
CCHS. CSIC. Madrid

                                                                                         
Miguel de Luna, el morisco granadino conocido sobre todo como autor de la falsa crónica Historia verdadera del Rey Don Rodrigo y como traductor, apologista y posible participante en la fabricación del fraude de los llamados Libros de Plomo del Sacromonte, nos era familiar bajo su faceta, que él defendía, de “cristiano arábigo”. Se presenta aquí nueva documentación que revela su conexión con moriscos criptomusulmanes de Toledo y su participación en redes moriscas. Esta nueva documentación obliga a una nueva lectura del personaje e incluso de los Plomos.

Miguel de Luna, morisco de Granada, es conocido principalmente por dos actividades: por su participación como traductor, y posible factor, junto con Alonso del Castillo, de los Libros Plúmbeos del Sacromonte por un lado, y como autor de una falsa crónica histórica conocida como Historia verdadera del Rey Don Rodrigo (1). El hallazgo de nuevos documentos de archivo nos permitió hace unos años llevar a cabo una revisión ampliada de su persona y de su obra, revisión por la que se confirmaba como una figura extremadamente rica y compleja, que superaba la imagen hasta cierto punto secundaria que hasta ahora se tenía de él cuando era considerado junto a Alonso del Castillo y que mostraba por otro lado que el parentesco que se suponía entre ambos no tenía fundamento. Ese trabajo fue publicado en esta revista en 2006 y luego, notablemente ampliado tras nuevos hallazgos documentales, en una obra colectiva dedicada a los Plomos del Sacromonte (2). Médico y traductor, inventor o falsario, apologista militante de la autenticidad del Pergamino y los Plomos del Sacromonte, la obra y la actividad de Miguel de Luna tienen una notable coherencia: en esos trabajos mostrábamos cómo la estrategia y los objetivos de Luna estuvieron encaminados a defender y preservar señas culturales de la identidad morisca separándolas de la religión islámica que se da por perdida: la lengua árabe en primerísimo lugar, pero también una determinada concepción de la medicina y de la higiene, por ejemplo, que suponen una filosofía. Su obra está encaminada, sobre todo, a reescribir los orígenes de la historia del cristianismo en la Península con el fin de conseguir que su población de origen árabe sea considerada “natural” o “nativa” de la misma (parte consustancial de “los nuestros”) y sus miembros no solo no sean expulsados como invasores ajenos, sino que puedan acceder a honras y privilegios. Es una estrategia que coincide con la del Memorial de Fernando Núñez Muley y con la de otros moriscos de la élite social e intelectual que pretendían tender para sí mismos una suerte de puente con la sociedad cristiana y, así, asimilarse a ella y disfrutar de sus privilegios al tiempo que preservar una serie de señas culturales que se les hacían irrenunciables sin que eso signifique en absoluto que siguieran siendo musulmanes in pectore (3). No hay signos de creencia islámica ni de defensa de la fe ni de polémica anticristiana en los escritos de Luna. Por el contrario, todas sus intervenciones implican siempre la muestra de la existencia de “moros” (de “arábigos”) que son buenos cristianos y en este sentido pretende influir sobre las autoridades y sobre la sociedad en la que vivió. Se definía a sí mismo como “cristiano arábigo”. En otro trabajo posterior a los dos mencionados aportamos nuevos indicios que apoyaban su participación en la invención del Sacromonte y mostramos la conexión, quizá incluso la amistad, entre el jesuita Jerónimo Román de la Higuera y Luna, ambos falsarios convencidos (4). Convencidos de que gracias a sus falsificaciones, sus respectivas ciudades (Toledo y Granada) podían henchirse de orgullo patrio y definir una identidad, antigua y sagrada, para sí mismas (traducible en privilegios), que permitiera al tiempo englobar a aquellos sectores de la población española que quedaban al margen de honra y gloria por virtud de la existencia de los estatutos de limpieza de sangre. Como tantos otros españoles de su tiempo, Luna parecía buscar una vía de integración en una sociedad que, dominada por la concepción genealógica que dictaba dichos estatutos, había cerrado a muchas personas el acceso al honor y a los privilegios. Lo que Luna pretendía, como lo pretendieron otros de sus contemporáneos, era diseñar una historia alternativa de la sociedad en que vivían —una historia necesariamente trazada a partir de sus orígenes sagrados cristianos— que permitiera la inclusión en ella de los grupos destinados a quedar en las márgenes: los cristianos de origen islámico o judío. Miguel de Luna no fue expulsado cuando se puso en vigor el decreto de expulsión de los moriscos de 1610. Murió en Granada, cristianamente, en 1615.

Abordamos, pues, el caso del morisco granadino Miguel de Luna, como ejemplo de los conflictos a los que dio lugar el gran proceso de confesionalización y unificación doctrinal y cultural de la España de los ss. XV y XVI. Luna es un ejemplo excepcional de la complejidad personal y de los dilemas a los que se vieron enfrentados moriscos en un nivel considerable de integración cultural en el medio cristiano y es también un ejemplo interesantísimo de la relación de individuos muy integrados con su propia comunidad de procedencia. Sus manifestaciones externas fueron siempre de persona que se comportaba como cristiano y que en tanto que tal fue aceptado por sus contemporáneos, cosa que no muchos moriscos consiguieron. Y sin embargo, he encontrado recientemente documentos inéditos que indican otra faceta nueva del personaje, que nos abren a su creencia mas intima de musulmán ferviente y militante. Hemos utilizado estos documentos en nuestro libro (escrito en colaboración con Fernando Rodríguez Mediano) Un Oriente español: los moriscos y el Sacromonte en tiempos de Contrarreforma (Madrid, Marcial Pons, 2010) pero vamos a presentar aquí una versión condensada. Lo consideramos una cortesía ineludible para con Chronica Nova, tanto la revista como sus lectores. Las conclusiones que expusimos en el artículo publicado en 2006 no varían en lo esencial, pero sí la consideración del personaje y su relación con la comunidad islámica de la que procedía.

Una visión diferente (a la que tenía, por ejemplo, el arzobispo Pedro de Castro) la presenta muy explícitamente su colega intérprete y traductor Alonso del Castillo que en 1600 escribía a la Inquisición de Granada. Sabemos que desde años anteriores Miguel de Luna, que traducía cartas del Xarife para el duque de Medina Sidonia, estaba intentando emprender una nueva carrera, quizá a imitación del cura morisco Diego Marín, a medias entre intérprete y agente español en Marruecos, para lo cual alega entre otras cosas su experiencia en traducir cartas durante el levantamiento de las Alpujarras, cosa de la que no teníamos la menor noticia. Como se sabe bien, buena parte de los moriscos que participaron en la interpretación de documentos y en las negociaciones para la “reducción” de los rebeldes de las Alpujarras, siguieron luego ejerciendo las habilidades adquiridas en las relaciones con Marruecos. Nótese que esta carta es anterior a la aparición del Pergamino y de los Plomos sacromontanos: pertenece pues a una etapa de la vida de Luna de la que sabemos poco. En particular, aspira a obtener el puesto de Alonso del Castillo, ya muy viejo según él, y falto de fuerzas. En 1584 escribía la siguiente carta al rey (5):
Miguel de Luna, vecino de Granada, besa las reales manos de VM y dice que hasta aquí a servido a VM en las ocasiones que se han ofrecido así en la guerra del dicho Reino de Granada como después con su persona y romancando las cartas y escrituras arábigas de aquel reino de que se siguió mucha utilidad así para rendir de los moros alzados como a personas particulares y de presente sirve a VM en lo que se ofrece como ahora lo ha hecho romancando las cartas del rey de Marruecos enviadas a VM y al embajador Pedro Venegas de Córdoba y porque siempre en el dicho reino ha habido romancadores nombrados por los reyes de gloriosa memoria predecesores de VM para el dicho efecto y haber VM hecho merced al licenciado Castillo de le admitir por criado en su real servicio con asistencia en esta corte que es la persona que hacia este oficio y por quedar baco él de fuerza ha de usarlo en el dicho reino así por no haber quien lo entienda tan bien como por concurrir en el las calidades que se requieren para lo usar y para lo poder ejercer como es obligado tiene necesidad de licencia de VM a quien humilmente suplica le haga merced de nombrar para el dicho efecto que en ello recibirá mucho bien y merced (Al dorso de la carta: Miguel de Luna, vecino de Granada. A 16-4-1584. Al señor Juan Vázquez. “Que se haga”).
Castillo no compartía esa opinión, ni le complacía que se hiciera. Y así escribió advirtiendo lo poco conveniente que sería enviar a Miguel de Luna a Marruecos a tener trato con el Xarife. “A mi noticia ha venido que el Rey nuestro Señor ha determinado a enviar, según me han dicho a hablar y trabar negocios con el rey Xerife de África a Miguel de Luna, vecino desta ciudad de Granada y natural y morisco de los de contrabando, y por ser de la calidad que es suplico a Vuestra Señoría avisar a ello para que se mire mucho y no nazcan algunos inconvenientes de ir semejante persona a tierra de moros” (6). “Semejante persona”, morisco de los de “contrabando”, es decir, ¿del bando contrario? O ¿de los que estaban a dos bandos? Es una muestra más (ya habíamos encontrado otras) de que Alonso del Castillo no tenía buena consideración de Luna, a quien acusó de saber poco árabe, de ser mal traductor y persona de la que no se podía uno fiar. Una mala opinión, incluida la que refleja esta carta, que podía estar motivada por rivalidades profesionales tales como que Luna quisiera ocupar su puesto antes de tiempo. La acusación de no ser un converso sincero o de no ser sincero en la práctica del cristianismo que tiñó toda la consideración de la sociedad cristiana vieja hacia los cristianos nuevos se convierte en un “topos” que utilizan también los propios conversos para dirimir problemas y querellas internas.

Pero, de manera inesperada, Miguel de Luna aparece en el proceso inquisitorial de un morisco tendero y mercader de Toledo llamado Jerónimo de Rojas, nacido en Hornachos, que fue procesado por el tribunal del Santo Oficio de su ciudad entre 1601 y 1603 y condenado a la hoguera (7). El haber dado con este texto es totalmente azaroso y se debe a una búsqueda sistemática que he estado realizando en procesos de Inquisición para recopilar información acerca de conocimiento y práctica de lengua árabe por parte de los moriscos castellanos, así como de la tenencia y circulación de libros árabes entre ellos (8). El de Jerónimo de Rojas es un proceso muy grueso, interesantísimo por excepcional: Jerónimo, convencido de su capacidad de sobornar a los guardias de la cárcel, así como de la de su mujer, que practicaba la magia, para abrir puertas y hendir paredes, fue extraordinariamente locuaz y confiado tanto en sus interrogatorios con los agentes inquisitoriales como, y sobre todo, con su compañero de celda que, claro, se explayó en trasmitir las confidencias de Rojas y la discusiones que mantenía con él. Cuando se vio perdido, lejos de amilanarse o desdecirse, se volvió desafiante. Hablaba de sus creencias mas íntimas, de su “cosmogonía”, escribía cartas a sus parientes y amigos (incluidas en el proceso) que el creía llegaban al exterior por esa confianza que tenía en haberse propiciado a unos guardias, da instrucciones a su mujer y a su hija, cuenta sus conocimientos de árabe, de islam, de cómo y con quién los ha adquirido: discute vehementemente sobre la imposibilidad de que Jesús sea Dios ni exista la Trinidad, se opone a la confesión, no cree en los santos y reniega del culto a las imágenes, “ques maldad y traicion lo que han inbentado de adorar imagines de palo y de piedra”. Mantiene una actitud fuertemente polémica contra el cristianismo, es decir, que sus creencias o al menos aquellas de las que habla, son aquellas que confrontan las propuestas del catolicismo. También afirma que “es moro y vive en la creencia de la secta de Mahoma porque esta es la buena, cierta y verdadera creencia para la salvación de las almas y que la ley de Jesuchristo es falsa y engañosa y lo que la Iglesia determina y tiene, errado y sin fundamento [escrito por] concilios y juntas, que para eso se han inventado el latín para que no se acabe de saber lo cierto que esta en lengua arábiga hablado por boca de Dios y que todos los demás libros que se escribieron auctores son mentira e inbenciones que miren las hojas que se han hallado en Granada en arábigo en los libros que el Arzobispo allí ha descubierto en el Monte Santo donde dice Dios que no tubo hijo porque es engaño y que allí el dicho Arzobispo se va enseñándose el arábigo porque ha entendido esta errado”. Rojas, pues, había oído hablar de los Libros de Plomo de Granada y de cómo estos contenían la verdadera versión del cristianismo, hasta el punto en que el propio arzobispo de Granada, don Pedro de Castro, se había puesto a estudiar el árabe. No tardamos en saber porqué Rojas sabía esto.

Las declaraciones del reo son sumamente interesantes, pero también las de los testigos, en particular las de su compañero de prisión. En las testificaciones diversas que traen a Rojas a la Inquisición incluyen las de otro morisco anónimo, testigo de la acusación, que declara que Rojas quería aprender bien a escribir en arábigo y que había buscado a Francisco Enríquez, morisco de Granada, que lo sabía bien “aunque no era gran letrado en su secta”. Rojas se reunía con los moriscos más cultos de Toledo en casa de otro mercader del Alcaná (el mercado de la seda) de Toledo, también morisco de Granada, que era pariente de Miguel de Luna y del que el proceso no proporciona el nombre. Y ahora parafraseamos casi literalmente el proceso pues pensamos que merece la pena detenerse detalladamente en este documento y en su propia formulación, pues es el único que hemos encontrado hasta ahora que nos presenta una faz diferente de Luna: Rojas había dicho al testigo “que este mercader que tiene tienda en el Alcaná es muy lindo moro y de muy gran confianza y secreto y pariente muy cercano del licenciado Luna interprete que está en Granada y que en dos jornadas que el dicho licenciado Luna ha hecho en esta ciudad dende Navidad y próxima Pascua pasada aca, ha posado en casa del dicho mercader su pariente a donde se han juntado algunos buenos moros a verle y le han regalado mucho. Y el dicho licenciado Luna les declaro como en las hojas de plomo que se han hallado en el Monte Santo de Granada esta escripto de mano de Jesucristo como el mismo dixo que ni era Dios ni hijo de Dios ni Dios tenia hijo, que no se engañasse nadie, y que en el día del juicio los miserables christianos engañados, quando se vean condenar, yran a Jesuchristo a decir ‘¿por qué nos engañaste?’, y este se descartara diciendo en ninguna parte esta escripto que el dixesse que era hijo de Dios sino que ellos con su latín y en sus concilios lo han venido a decir y le dirá al nabi (ques Mahoma) ‘nabi, volved por mí y decidles a estos lo que supiste en el mundo de la gente de la verdad’, y el nabi dira como Jesuchristo nunca dijo que era Dios sino profeta”. Es decir, que este proceso nos proporciona la imagen de un Luna que se reúne a escondidas con los moriscos más fervientes de Toledo que le esperan y le escuchan como a persona de autoridad en “su Ley”, que los alecciona y que esgrime el texto de los Libros de Plomo para probar que Jesucristo no tiene naturaleza divina, y que los cristianos, con sus concilios, han deturpado la revelación; es decir, lo que los musulmanes llaman tahrif. Este argumento de Luna insiste en lo que sabemos acerca de la recepción de los Plomos por parte de los moriscos (9). Se trata, para ellos, de un texto islámico que pone de manifiesto los errores en los que ha caído el cristianismo, que presenta una versión depurada de este, acorde con el Islam y ocultada o manipulada por la Iglesia. Una lectura por cierto, bien diferente de la que estaba defendiendo Luna en sus apologías dedicadas a las autoridades cristianas como hemos visto en trabajos anteriores. En este texto, Luna no parece considerar que los cristianos, esos “miserables cristianos”, sean “los nuestros”, lejos de ello. Una lectura, la de Luna, que enlaza también con las propuestas del Evangelio de Bernabé (10) y sobre todo con las del morisco al-Hayari. Las páginas de su obra Kitab nasir al-din le muestran como un ferviente partidario de la autenticidad del Pergamino y de los Plomos, genuinos documentos “cristianos” que, según él creía, confirmaban una “Cristiandad pura” y acorde con la ortodoxia del Islam. También al-Hayari, como Luna, pensaba que era su deber contribuir al conocimiento y a la difusión del mensaje que los Plomos contenían (y así lo hizo desde Rabat a Túnez) confiriendo a su lectura una importante faceta de polémica anticatólica (11).

Pero sigamos con el proceso. El dicho Rojas le había contado al testigo de la acusación (su compañero de celda) que estando el dicho Luna esta Quaresma próxima pasada en Madrid hablando con el Presidente de Castilla tuvo noticia de un traslado de Ceuta conteniendo los informes sobre un pleito de una fragata de moriscos huidos que se pasaba de Sevilla a Berbería cuando fue apresada, y los mayores de los moriscos habían sido trasladados a la Inquisición de Lisboa donde estaban presos, y los hijos pequeños se repartieron como esclavos entre los escuderos y soldados que habían capturado a la fragata en su fuga. Así vino a tener noticia Luna de una esclavilla de unos catorce años que había sido dada a un soldado. El dicho Luna le dijo al Presidente que hiciese que el dicho soldado le diese la dicha esclavilla por lo que le hubiese costado, porque en la peste de Granada al propio Luna se le había muerto todo el servicio de su casa. El Presidente se lo prometió, pero la esclavilla estaba en Cádiz, de sirvienta en casa de la madre del soldado. Como Luna iba de Madrid a Sanlúcar a tratar con el duque de Medinasidonia sobre correspondencia de Berbería que tenía que traducir (estos son sucesos que avalan lo dicho en la primera carta arriba transcrita, la de Luna al rey, y la consiguiente de Castillo) decidió que desde allí sería fácil ir a buscarla. Para ello, y cuando aún estaba en Toledo, pidió a Rojas y a los otros mercaderes que le dieran dinero para ayudar a rescatar a la esclavilla. Le dieron ochenta escudos en oro para tener todos parte en esta acción tan agradable a los ojos de Dios. “Y despues aca dice el dicho Rojas que an tenido cartas de Granada del licenciado Luna que tiene ya en su casa a la esclabilla”, de lo cual los moriscos toledanos se habían alegrado sobremanera. Luna, pues, participaba en una de las actividades más indicativas de las redes de solidaridad moriscas, el rescate de cautivos y el “repartimiento” de los dineros que había que reunir para ello; recolecciones comunitarias que se usaban para diversos fines: son conocidas las actividades del Chapiz de Granada recaudando “repartimiento” para evitar o retrasar la imposición de la Inquisición en el Reino de Granada (12), y las de otro Chapiz haciendo “repartimiento” antes de el decreto de Expulsión, para ayudar a salir de España a moriscos que no tenían dinero para ello (13). O las actividades de otro morisco también llamado Rojas, pero aparentemente sin relación con Jerónimo, Lope de Rojas, vecino de Bolaños, procesado en Toledo en 1542. Pertenecía a un grupo de moriscos que había querido escribir a Roma pidiendo que la Inquisición no les procesase si no hubiera tres testigos contestes de herejía, ni pudieran confiscar sus bienes, y para ello reunió dineros e hizo “repartimiento” entre los moriscos para la impetración, expedición y despacho del dicho breve (14). Estos repartimientos, como nos sigue explicando el proceso de Jerónimo de Rojas, se utilizaban también en ayuda de moriscos que habían salido del Santo Oficio inhabilitados y con sus bienes confiscados (15). En este caso se trata del licenciado Guevara, médico (“morisco que cura de cirugía”), a quien, cuando salió de la cárcel del Santo Oficio de Toledo inhabilitado y con sambenito, Rojas y los otros moriscos mercaderes del Alcaná le dieron 200 ducados de ayuda por haberse portado muy bien y no haber denunciado a nadie a pesar de los tormentos, sin haber siquiera dado el nombre (como, se nos dice, era lo habitual entre moriscos sometidos a tormento) de moriscos ausentes aunque estuvieran ya en Berbería. “Por eso le hicieron la ayuda, que dicen en la ciudad que se la hacen a todos los que salen de la Inquisición sin haber delatado a nadie ni aunque ya estén a salvo”. “Este Guevara se vio con Luna la última vez que Luna vino a la ciudad y trabó con el grande amistad y trataron juntos muchas cosas muy hondas de la secta porque no hay en España mejor moro que el dicho Luna, y que aunque el dicho Guevara sabe de la secta, no sabe tanto como Luna”. Rojas también le había indicado a otro morisco que quería libros de la religión islámica, pero traducidos al castellano: “que dentro de Toledo hallara este hombres muy sabios que le vendan libros trasladados en castellano de manera que lo entienda muy bien todo, y tratándole de si los habrá de muy buena letra dice que conforme al dinero que oviere para ello, y que hay hombres muy doctos y sabios que los corrigen y questos le dará a este a entender todo lo questa scripto”

Este proceso abre tan solo una rendija que nos permite percibir a Miguel de Luna como muy semejante a otros moriscos cultos coetáneos que hemos tratado detalladamente en nuestro libro Un Oriente español, tales como El Chapiz, López Tamarid, el propio Castillo. Personajes de los que podemos trazar su actuación pública, su ambivalente integración e incluso participación activa en diversas tareas de las autoridades cristianas, su papel de cabezas de su comunidad o al menos su implicación en las redes de solidaridad de esta, sus conocimientos letrados o científicos… Pero raramente nos podemos asomar a calibrar sus creencias sinceras, sus emociones o sus sentimientos profundos —y complejos— de pertenencia. De ahí que no hayamos usado nunca el calificativo “colaboracionista” con que se suele designar a muchos de ellos. En estas testificaciones de Rojas, sobre todo en las declaraciones a su compañero de celda, nos encontramos con algo verdaderamente infrecuente: un testimonio voluntario, no forzado por el interrogatorio de un tribunal, que nos deja ver una sociedad paralela y secreta de criptomusulmanes que se mantienen en contacto a través de su sistema oculto de contactos, de hospitalidad, de movimientos justificados por trabajos temporales. En realidad sorprende constatar la aparente facilidad con la que muchos de estos moriscos, y desde luego Luna entre ellos, iban de una comunidad islámica a otra. La de Luna es una especie de misión paralela o en respuesta a los esfuerzos de conversión y adoctrinamiento de las autoridades eclesiásticas, en la que el texto de los Plomos adquiere la significación de un texto islámico polémico dirigido en contra del cristianismo.

Un aspecto más del proceso que es digno de ser señalado porque es completamente inusual, es más, es contrario a procedimiento: Luna nunca fue llamado a testificar al Santo Oficio ni este parece haber incoado ningún tipo de expediente a su nombre, al menos en lo que consta a través de la documentación conservada. Ni siquiera su nombre se escribe en las márgenes de las hojas del proceso, como se hace con todos los nombres de personas que aparecen mencionadas en las testificaciones. Y eso que sabemos que Luna continuo visitando Toledo: en junio de 1607, la catedral de la ciudad solicitó traducción oficial de un documento árabe (mozárabe) y el alcalde de Casa y Corte Cristóbal de Villarroel proveyó que Miguel de Luna lo tradujera, cosa que hizo según traducción que se conserva fechada en ese mismo verano de 1607 (16). Quizá su cercanía a los miembros del Consejo de Castilla, de los que era traductor oficial, o de los propios miembros del cabildo de la catedral, frenara una actuación inquisitorial. Luna tenía buenos apoyos entre las autoridades eclesiásticas hispanas.

Resulta inevitable cerrar esta nota con una cita de Cervantes que parece reflejar parte de la historia que acabamos de referir en aquí. En la Primera Parte del Ingenioso Hidalgo don Quixote de la Mancha , capitulo IX, Cervantes dice: “estando yo un día en el Alcaná de Toledo llegó un muchacho a vender unos cartapacios y papeles viejos a un sedero y como yo soy aficionado a leer, aunque sean papeles rotos de las calles, llevado desta mi natural inclinación, tomé un cartapacio de los que el muchacho vendía y vile con caracteres que conocí ser arábigos. Y puesto que, aunque los conocía no los sabía leer, anduve mirando si parecía por allí algún morisco aljamiado que los leyesse, y no fue dificultoso hallar intérprete semejante, pues aunque le buscara de otra mejor y más antigua le hallara […]” El resto es conocido: se trata del manuscrito árabe que contiene la historia de Don Quijote, escrito por Cide Hamete Benengeli, historiador arábigo. Es como si Cervantes hubiera conocido a Miguel de Luna o hubiera sabido u oído de sus andanzas, de sus falsos historiadores arábigos, de lenguas más antiguas y mejores, de moriscos aljamiados intérpretes, del Alcaná de Toledo; de una antigua crónica, en fin, escrita por un supuesto historiador árabe de la que el autor es tan solo el traductor. Quizá Miguel de Cervantes hace un guiño acerca de una historia que corriera de voz en voz, o que fuera más conocida de lo que a nosotros ahora nos parece puesto que ha costado tanto reconstruir. Parece como si Miguel de Cervantes hablara de Miguel de Luna.

Esta nueva faceta de la personalidad de Luna nos lleva a hacer una lectura del texto de los Plomos en clave de texto de polémica religiosa. Pero cabe preguntarse, dados los esfuerzos de Luna por defender el derecho a privilegios y honra de algunos linajes moriscos, por argumentar el derecho a la permanencia y a la consideración de “naturales” de la tierra de los que eran buenos vasallos, a intentar influir sobre una perspectiva diferente de la historia de España que hiciera todo esto posible ¿no estaría intentando, además, que se impusiera una versión del cristianismo que fuera aceptable para los seguidores del islam que debían permanecer en la Península? Si eso es así, el programa de Luna se nos aparece como aun más ambicioso y completo. En cualquier caso, no puede caber ya duda de que fue el autor o uno de los autores de los Plomos.

Publicado en Chronica Nova, 36, 2010, pp. 253-262

Notas
(1). Publicada por primera vez en Granada, Rene Rabut, 1592. Edición facsímil con estudio introductorio de Bernabé Pons, Luis, Granada, Archivum, 2001.
(2). GARCIA-ARENAL, Mercedes y RODRIGUEZ MEDIANO, Fernando, “Médico, traductor, inventor: Miguel de Luna, cristiano arábigo de Granada” en Chronica Nova, 32 (2006) pp. 187-231 y “Miguel de Luna, cristiano arábigo de Granada”, en BARRIOS AGUILERA Manuel y GARCIA ARENAL, Mercedes (eds.), ¿La historia inventada? Los libros plúmbeos y el legado sacromontano, Granada, Legado Andalusí, 2008, pp. 83-135.
(3). GARCIA-ARENAL, Mercedes,“El entorno de los Plomos: historiografía y linaje”, en BARRIOS AGUILERA, Manuel y GARCÍA-ARENAL, Mercedes (eds.), Los Plomos del Sacromonte. Invención y tesoro. Granada-Valencia, Universidad, 2006, pp.51-78.
(4). GARCÍA-ARENAL, Mercedes y RODRIGUEZ MEDIANO, Fernando, “Jerónimo Román de la Higuera and the Lead Books of the Sacromonte”, en Ingr am, Kevin (ed.), The Conversos and Moriscos in Late Medieval Spain and Beyond, Leiden, J.E.Brill, 2009, pp.243-268.
(5). A GS. Cámara de Castilla, 573, fol.276 . Agradecemos esta referencia a Santiago Otero.
(6). A HN. Inquisición, Granada, Leg. 2608-1. Agradecemos esta referencia a Enrique Soria Mesa.
(7). A HN. Inquisición. Toledo, Leg. 197-5. Rafael Benítez Sánchez-Blanco y Mercedes Garcia-Arenal preparan un estudio extenso sobre este interesantísimo proceso.
(8). Unos primeros resultados de esa búsqueda se exponen en GARCIA-ARENAL, Mercedes y RODRÍGUEZ MEDIANO, Fernando, “Los libros de los moriscos y los eruditos orientales”, Al-Qantara, XXX I, 2 (2010).
(9). Remitimos a nuestro Un Oriente español, capt. 5.
(10). BERNABÉ PONS, Luis, El Evangelio de San Bernabé. Un evangelio islámico español, Alicante, Universidad, 1995
(11). Al -Hayari, Ahmad b. Qasim, Kitab nasir al-din `ala l-qawm al-kafirin (The supporter of religion against the Infidel), estudio histórico, edición crítica y trad. inglesa de van Koningsveld, Peter S., al Samarrai, Qasim y Wiegers, Gerard A., Madrid, CSIC, 1997, pp. 68 y ss.
(12). Álvarez de Morales, Camilo, “Lorenzo el Chapiz y el ‘negocio general’ de 1559”, Qurtuba, I (1996), pp. 11-38.
(13). Wiegers, Gerard A. y Bouzineb, Hassin, “Tetuán y la expulsin de los moriscos”, en Titwân khilâl al-qarnayn 16 wa 17. Tetouan: Université Abd al-Malik al-Sacdi, 1996, pp. 73-108.
(14). A HN. Inquisición, Leg. 197, exp. 6.
(15). Sobre los repartimientos a favor de los que salían de la Inquisición hay abundantes testimonios entre los procesos del tribunal toledano. Véase por ejemplo, AHN. Leg. 192, exp. 5.
(16). González Palencia, Ángel, Los mozárabes de Toledo en los siglos XII y XIII, Madrid, 1926, vol. I pp. 2-3 para la traducción de Luna del doc. árabe nº 250.

La Inquisición y los libros de los moriscos

Mercedes García-Arenal
Profesora de Investigación. CSIC - Madrid

Las dudas sobre si rezar en árabe o en castellano se les plantean a estos moriscos catellanos que ya no tienen un conocimiento real de la lengua
Desde que las Cortes Valencianas prohibieron el uso de la lengua árabe hablada y escrita en 1564, y Felipe II hizo lo mismo en virtud de un decreto de 1567 para los territorios de la Corona de Castilla, la Inquisición se lanzó a la busca y captura de toda huella de lengua árabe, escrita o hablada, indefectiblemente identificada con la práctica del islam. De hecho, los archivos de la Inquisición contienen información detalladísima acerca de la lengua y del escrito en árabe en los procesos, en las relaciones de causa, en los informes de las visitas y confiscaciones, en la documentación producida por los diversos intérpretes de árabe que tuvo la Inquisición, algunos tan famosos y reputados como Jerónimo Mur de Valencia o Alonso del Castillo de Granada, las dos regiones moriscas donde el uso del árabe se mantuvo generalizado hasta la Expulsión de 1609.
Los libros se encontraban por delaciones contra quienes los poseían, por embargos, por registros domiciliarios hechos precisamente con tal fin o de manera casual en busca de otras cosas prohibidas a los moriscos, como tenencia de armas. La Inquisición discutió dentro de su propia institución qué estatus concederle a los libros árabes que confiscaba continuamente. Por ejemplo, en un informe expedido acerca de «Sobre casos de delitos de nuevos convertidos que tienen libros heréticos», conservado en latín en el Archivo Histórico Nacional, distingue entre escritos no religiosos y aquellos que son coranes, nóminas o libros que tienen que ver con la práctica de la «secta». Se discute en este documento una compleja casuística en la que se afirma que la simple posesión no es herejía sino sospecha de herejía y se discuten las penas que se han de aplicar (abjurar de levi o de vehementi) según se demuestre o no que pertenecen al acusado, o que los tiene en depósito o no sabía que estaban escondidos en la casa en la que vive…(2).
Pero, en la práctica, la posesión de un escrito en alfabeto árabe o el simple uso de la lengua hablada se convirtió en el equivalente de una condena por herejía. La identificación de la lengua con la religión fue inquebrantable y no conoció excepciones (3).
Prueba del ahínco con que la Inquisición buscaba y confiscaba escritos árabes se encuentra en la documentación de todos los tribunales del Santo Oficio que, como se sabe, no se conserva por igual. Por ejemplo, sólo tenemos procesos completos de Zaragoza, Toledo, Cuenca y Valencia (y no todos los que se incoaron), mientras que de Granada o de Llerena tan sólo se conservan «relaciones de causa». Es, por lo tanto, imposible conseguir una visión completa y comprensiva. Del material con el que contamos se deduce un panorama a vista de pájaro que es el siguiente: la posesión de libros escritos en árabe es en Valencia la acusación más frecuente que lleva a los moriscos ante la Inquisición (4). En cuanto a Zaragoza, se conservan unos 900 procesos de Inquisición de moriscos aragoneses, fechados entre 1568 y 1609: de esos, 409 son acusados de poseer libros escritos en árabe (5). La documentación inquisitorial demuestra que en Aragón una verdadera red de venta de libros, sobre todo Coranes, funcionaba durante el último tercio del siglo XVI así como un buen número de escuelas coránicas. Existía, por ejemplo, una en Calanda en 1580 y otra en Almonacid de la Sierra.
Con ocasión de los interrogatorios inquisitoriales, los moriscos mencionan a menudo escuelas donde hasta 50 jóvenes eran reunidos para aprender de un maestro los rudimentos de la lengua y de la ley islámica y existía así mismo una red de contactos entre alfaquíes valencianos y aragoneses que se hacían consultas y transmitían libros (6). La posesión de libros no es sintomática, sin embargo, de conocimiento y uso de la lengua árabe, como veremos más adelante (7). De hecho, no es el caso de Castilla, donde se constata una pérdida mayoritaria del árabe y de su uso tanto hablado como escrito desde el primer cuarto del siglo XVI, con una fuerte dependencia de Granada y de Valencia para conseguir libros sagrados, traducciones, instrucciones acerca de cómo llevar a cabo el ritual. A partir de la llegada de los granadinos deportados en 1570, el panorama varía y vuelve a revivificarse hasta cierto punto tanto el conocimiento de la lengua como la posesión de libros y escritos (la cultura islámica en general) que aparecen con gran frecuencia en los procesos inquisitoriales del tribunal de Toledo, a los que me referiré más adelante. En Extremadura se mantuvieron durante todo el siglo XVI bolsas de población arabófona, como es el caso de Hornachos y otros lugares. En 1540 el alcaide del Santo Oficio de la Inquisición de Llerena pedía más personal para el mantenimiento y vigilancia de las cárceles inquisitoriales, pues «al ser los presos moriscos que saben arábigo y si no ay sobre ellos mucha vigilancia se pueden comunicar» (8).
Sin embargo, y salvo en el caso de Valencia, el material inquisitorial no siempre permite diferenciar entre tenencia de libros o escritos y conocimiento de la lengua ni nos permite establecer porcentajes muy fiables del grado de alfabetización en árabe de las diferentes comunidades. Otra dificultad añadida, para el caso que nos ocupa, es el uso del término «aljamiado»por parte de la Inquisición (y en general por parte de toda la documentación contemporánea), que denota a un morisco que sabe el romance castellano o un escrito morisco que está escrito en castellano y con alfabeto latino.
Por ejemplo, cuando la Inquisición reseña que le confiscó a Lope de Hinestrosa, morisco de Daimiel, en 1542 un «libro de polémica escrito en aljamía» se refiere a un libro escrito, probablemente traducido, en español (9). Y no se ha encontrado ninguna referencia en el material inquisitorial a escritos en lo que hoy entendemos por «aljamía», es decir, en romance con alfabeto árabe. Todo lo que está escrito en alfabeto árabe se da por supuesto que es lengua árabe: téngase en cuenta que buenos conocedores de la lengua que trabajaran para la Inquisición sólo los había en Valencia y Granada (regiones donde no se da la «aljamía») y que los confiscados en Aragón o Castilla no fueron catalogados o estudiados hasta mucho más tarde y generalmente por personas (voy a mencionar a continuación el caso de dos cristianos orientales insignes) que no conocían el medio morisco y que probablemente, si encontraron escritos que no comprendían, se limitaron a ignorarlos, con la excepción, primera que yo sepa, de Casiri, de quien hablaré más adelante. En el siglo XVI los informantes e intérpretes eran a menudo también moriscos que en cualquier caso obedecían al interés primordial de la Inquisición, que era determinar cuáles de aquellos libros confiscados eran libros religiosos: el marchamo más frecuentemente utilizado es «alcoranes y libros de la secta de Mahoma».
No se molestaban en ir más allá ni proporcionar títulos o contenidos, la Inquisición no lo requería. Y, sin embargo, la información que proporciona la documentación inquisitorial es muy esclarecedora de ciertos procesos conectados con la literatura aljamiado-morisca y sus características. Veamos algún ejemplo.
En 1631, es decir, cuando la Expulsión de los moriscos hacía tiempo que se había saldado, comisarios del Tribunal de la Inquisición de Toledo realizaron una visita a los territorios de su jurisdicción. Entre otras localidades, visitaron la villa alcarreña de Pastrana y allí les informaron que «con anterioridad»se habían encontrado ya por dos veces libros arábigos «en mucha cantidad» en casas que dejaron los moriscos expulsos, por lo cual el Santo Oficio pidió oficialmente, desde Toledo, información a la villa de Pastrana (10). El arcediano Alonso de Cifuentes dio fe de que un lote se había encontrado hacía unos dieciséis años (es decir, en torno a 1615) y otro hacía nueve años, en 1622, en casas del barrio de Pastrana llamado Albaicín, poblado principalmente por moriscos de Granada: «libros en lengua arábiga encuadernados y con una funda de faxos de damasco azul y colorado y franjas de oro que no se acuerda cuantos serían, en una casa que dejaron los moriscos pegada al huerto de los frailes de San Francisco». Los libros se encontraron en una bodega, en unos saquillos con espliego (para preservar de la humedad) y había entre ellos también libros en castellano. Efectivamente, se encuentra documento que atestigua que en 1622 el Duque de Pastrana había avisado al inquisidor general del hallazgo de estos libros, y que le había enviado «seis tercios» de ellos.
Por las cuentas del carretero que los transportó, y que cobró al peso, se sabe que estos seis tercios de libros pesaron 28 arrobas, lo cual significa un lote muy considerable de libros. Al señalar este hallazgo de Pastrana, que muestra la existencia de libros en árabe leídos en Castilla hasta los tiempos de la Expulsión, quiero mostrar lo inextricablemente que está tejida la literatura aljamiada de la árabe adquirida, guardada y copiada por los musulmanes arabófonos (tanto mudéjares como moriscos) de la Península e insistir en que la literatura aljamiada es básicamente literatura traducida del árabe. Este hecho, el de la traducción, plantea cuestiones acerca del conocimiento del árabe entre la población morisca castellana y aragonesa, de quiénes eran aquellos que traducían, codificaban, elegían los textos a traducir, cuestiones sobre las que volveré más abajo.
Pastrana era un lugar donde se habían instalado muchos moriscos granadinos. Tenemos testimonios inquisitoriales de que allí se mantuvo la lengua árabe hasta la Expulsión, e incluso después, pues un número indeterminado de moriscos permaneció en la villa para asegurar algunas tareas de la industria de la seda. Por ejemplo, en 1617 se iniciaba proceso contra una familia de tintoreros moriscos, Alonso de Mendoza, su madre, sus hermanas y una sobrina, todos ellos acusados de hablar árabe y de tener libros en árabe: son acusados respectivamente por la mujer de Alonso de Mendoza y por el marido de su sobrina Ana, que eran cristianos viejos (11). Entre otras cosas se les acusa, a los miembros de esta familia de tintoreros, de que sólo andaban con «gente de su nación», lo cual implica que había otros moriscos en el entorno (12). En esa misma visita de la Inquisición de 1631 en que se informó de los libros, se afirma que hay en Pastrana quince casas de moriscos que no fueron expulsados, a los que el visitador afirma que no quiere indagar a menos que le sea mandado (13). El problema morisco había terminado y es eso quizá lo que permitió que parte de este lote de libros se conservara y se estudiara.
Los libros fueron examinados por Marcos Dobelio, un cristiano oriental que había venido a España desde Roma, donde enseñaba árabe en La Sapienza, a ocuparse de las traducciones de los textos apócrifos conocidos como Plomos del Sacromonte producidos por moriscos en Granada a finales del siglo XVI (14). Dobelio afirma que escogió los mejores ejemplares de entre aquellos que catalogó para el Santo Oficio, y que éstos fueron depositados en la Biblioteca Olivariana, pero que él, Dobelio, se fijó sobre todo en los libros que le permitían comprender el contexto y las fuentes moriscas de los Libros de Plomo del Sacromonte en los que estaba trabajando, pero afirma además que había libros de «filosofía, geometría, medicina, gramática y diferentes vocabularios».
Dobelio habla de libros árabes y de libros escritos en castellano, pero no hace ninguna referencia a textos en aljamía. Los que menciona más extensamente, de entre la colección de Pastrana, son libros árabes tales como el Kitāb al-šifā’ del qādī Iyād, elKitāb al-anwār de al-Bakrī (del que nos dice que era un libro muy viejo, ennegrecido y manoseado, de más de 300 años) en base al cual muestra cómo las historias de Jesús que relatan los Plomos no son sino historias del Profeta Muhammad. Los libros de «nigromancia, de encantos y de supersticiones» que tratan de los sigilos, de los planetas «donde pone el sigilo de la Luna en figura exagonal, como hace el autor de las Láminas», le sirven también para identificar la proveniencia formal de los círculos de Plomo, su escritura y sus signos, entre ellos un Kitāb al-asrār o «Libro de los secretos»: «Libro de los secretos de differentes maneras de operaçiones de los Príncipes de los Demonios, donde introduçe un Príncipe dellos llamado Phitecus y diçe hauer sido el primero que dió obediencia al Rey Salomón aconsejándole que llamase a su presençia los 72 Príncipes de las Legiones para interrogar a cada uno de por sí del daño que haze al género humano, y que enseñe el remedio. Todos estos después de hauer entrado a su presençia diçen el mal que hazen, después dan el remedio de cosas naturales acompañadas de Caracteres, Nóminas, Sigilos, y palabras superstiçiosas del Alcorán; donde se descubre hauerlo compuesto algún Mahometano y para acreditar su patraña, lo apoya al Rey Salomón».
A juzgar por esta breve descripción se trataba de un libro árabe exacto al aljamiado que se encontró en Ocaña y fue publicado y estudiado por Joaquina Albarracín Navarro y Juan Martínez Ruiz con el título deMisceláneo de Salomón (15) y no muy diferente del también aljamiado Libro de los dichos maravillosos publicado por Ana Labarta.
Dobelio utiliza, sobre todo, para su estudio de los Libros de Plomo, los Qiṣaṣ al-anbiyā’ o «Historias de los profetas» de al-Ṯaclabī y el de Ibn Waṯīma que aparecen en Pastrana con el que coteja la historia del Sello de Salomón tal y como figura en los Plomos, demostrando que se trata de la legendaria historia islámica de Salomón y de su anillo, aquél que le permitía dominar a los demonios y que le proporcionaba conocimiento esotérico (16). Se encontraba también en el lote una Apología contra la ley de los cristianos y una traducción castellana de la famosa fatwàdel llamado «mufti de Orán» que autorizaba a los moriscos a permanecer en la península sin perder su calidad de musulmanes, además de una serie de tratados jurídicos.
Los libros de Pastrana incluyen, pues, títulos comunes a otros lotes de libros moriscos como, por ejemplo, el fondo de libros árabes y aljamiados que apareció en Almonacid de la Sierra (17), que cuenta también, como el de Pastrana, con obras de magia y adivinación, entre las cuales está el mencionado Libro de dichos maravillosos y, en particular, un ejemplar en árabe del Qiṣaṣ al-anbiyā’ de Ibn Waṯīma, y varios relatos aljamiados más, procedentes también del género de historias de los profetas, género que había sido muy común en al-Andalus. Los libros que maneja Marcos Dobelio, procedentes de este fondo morisco aparecido en Pastrana (fondo hoy día perdido o al menos no localizado como tal fondo, pero del que probablemente proceden algunos de los títulos que hoy se conservan en la Biblioteca Vaticana), son, sin duda, los habituales en otros hallazgos de la misma índole, es decir, de otros lotes de libros escondidos por moriscos, sólo que en el caso de Pastrana parece ser considerablemente más rico y mejor nutrido que los otros.
Es, además, uno de los pocos lotes encontrados en Castilla, junto con el aparecido en Ocaña, donde se encontró el mencionado Misceláneo de Salomón. Eran, probablemente, libros traídos, escritos o, como se decía entonces, «trasladados» y conservados por moriscos granadinos deportados después de la Guerra de las Alpujarras de 1570. Tomemos como ejemplo otros lotes de libros granadinos, como el confiscado a Pedro de Mendoza, capitán de los moriscos de Güéjar, en 1570, tal y como se especifica en el proceso que se llevó a cabo contra los moriscos de Valdeinfierno. Los libros se llevaron al Santo Oficio de Granada, donde se tradujeron. La mayor parte de ellos contenía «la ley y seta de los moros y lo que deben creer y obrar según la seta y ley de los moros y opinión de Mahoma» (18).
Pero también contenían libros de magia que trataban «de los sueños y estornudos y otras cosas supersticiosas». Otro libro más hallado en el hato del capitán morisco contenía «nóminas que los moros hazen para diversos hefectos, en las quales ynuocan y tratan palabras de Mahoma; y que la primera dellas se llama la nómina del mensajero de Dios, con la qual dizen que Mahoma curaua todas las pasyones y enfermedades; las otras, que son para entrar en las guerras y para hablar a los reyes syn temor. En todas las quales nombran a Mahoma y niegan la Santísima Trinidad». O los libros de al-Ǧayyār, un alfaquí de Cútar (Málaga) del que se ha encontrado un pequeño lote de tres manuscritos con contenidos legales, personales, poemas con contenidos proféticos, sermones y hadices y, como no podía ser menos, un manuscrito de magia. (19)
Es también coincidente con un lote de dieciocho libros que aparecieron en Muel (Aragón) y de los que la Inquisición se quiso apoderar. Fueron catalogados por el maronita Miguel Casiri, según documentación conservada en la Biblioteca Nacional de España (20). Casiri, el mismo que se ocuparía en catalogar la Biblioteca de El Escorial, sí que señaló en su informe y catalogación de 1763 que algunos de estos volúmenes de Muel estaban escritos «en lengua castellana alterada y corrompida con caracteres arábigos con tal artifici que uno que no sabe este secreto creerá ser otra lengua desconocida. Es muy difícil leerlos y mucho más entenderlos, por estar ligadas las palabras y escritas con solas letras consonantes. Los Moros, ya vasallos de los cristianos, usaban desta lengua y con ella escribían cartas y libros, a imitación de los judíos que escriben cartas en lengua italiana, castellana, etc., con caracteres rabínicos para que ningún estraño los entienda. Lo mismo practica los cristianos de Syria, los quales por lo regular escriben en árabe con letras siriacas o carciunicas, afin de que los mahometanos no penetren sus secretos». En este lote se encontraba, entre libros de «derecho canónico y civil», un diccionario y una gramática, un tratado de física de Averroes y uno de al-Gazālī, de nuevo, un «Libro de las Luces» o Kitāb al-anwār como el encontrado en Pastrana.
Este libro fue extraordinariamente popular entre los moriscos, como prueban las varias versiones aljamiadas que se conservan hoy día, procedentes de hallazgos en Ricla, Uclés, Urrea de Jalón (21). Hasta fue refundida en una versión versificada por un morisco aragonés, Mohamad Rabadán, y difundida a su vez en esta forma (22). Se trata, este «Libro de las luces», de un pormenorizado estudio de la genealogía del profeta Muhammad, con las gloriosas hazañas del Profeta y de toda su descendencia, relatadas en clave legendaria. Para los moriscos suponía a la vez un engrandecimiento del linaje no sólo de Muhammad sino de todos los musulmanes. Un linaje sagrado que acercaba a los musulmanes a su Creador más que ningún otro pueblo y unas hazañas gloriosas que hablaban de un pasado triunfante. De la difusión que gozó este «Libro de las Luces» dan también fe los procesos inquisitoriales, sobre todo por el éxito que tenían las victorias pasadas de los musulmanes, «nuestras gloriosas gestas pasadas» (23).
¿Qué hacía la Inquisición con todos estos libros requisados? En muchos casos,
quemarlos o almacenarlos en lugares donde se deterioraron o perdieron, alguno de los cuales era precisamente las cárceles del Santo oficio. Ana Labarta recoge la curiosa y significativa anécdota de los presos moriscos Jaime Alturi y Salvador Zuncar, a los que el alcaide de la cárcel les quitó un corán que tenían bajo la almohada. Zuncar se había hecho con ese corán después de preso «de un rincón donde ay muchos libros sueltos» y como estaban «podridos en el aposento pasavan tiempo en leer algunas vezes en el dicho libro» (24). Otras, las menos, fueron conservados o vendidos y pasaron a integrar los fondos de bibliotecas nacionales y extranjeras. Pero el porcentaje «salvado» es muy pequeño si pensamos en la tenencia y circulación de libros que se atestigua en los procesos inquisitoriales.
Hablamos de hallazgos realizados en territorios de la Corona de Castilla y en Aragón. Pero la literatura aljamiada debe ser también comprendida en el marco de lo que sucedía en Valencia, territorio que fue arabófono hasta el momento de la Expulsión y donde nunca se recurrió a la aljamía. Fue, para los territorios circundantes, lugar de aprovisionamiento de libros, de aprendizaje, de búsqueda y formación de personas doctas. En Valencia, como en Granada antes de la Guerra de las Alpujarras, se podía acceder al aprendizaje de la lengua escrita, a las gramáticas, a los talleres de copia de manuscritos con algunos centros especialmente activos, como Paterna y, a diferencia de Aragón, hacerlo además en un medio que era arabófono y que estaba en contacto con el Norte de África. Los procesos inquisitoriales de los tribunales castellanos, en especial de Cuenca y de Toledo, atestiguan los contactos con Valencia para aprender la lengua escrita, para traer libros árabes, para recibir instrucción religiosa y guía en la liturgia.
Un interesantísimo libro reciente (25) que recoge los documentos y los manuscritos que se han conservado de los moriscos de Valencia desde la Edad Media hasta la Expulsión pone de manifiesto una sorprendente comunidad temática entre los difundidos entre los musulmanes arabófonos de Valencia y los conservados en las colecciones de libros aragoneses, tanto árabes como aljamiados. Por lo de pronto, se trata de las fuentes del derecho islámico: los valencianos tenían obras básicas y significativas de fiqh como al-Muwaṭṭa’ de Mālik y los comentarios de Ibn al-Gawzī y de Ibn Muzayn, la Risāla de Ibn Abī Zayd al-Qayrawānī, con sendos comentarios de al-Yilanī y de Ibn al-Fahhār, Muhtaṣar de halīl, Mudawwana de Saḥnūn. Las obras identificadas giran en torno a las fuentes doctrinales del derecho islámico, Sunna y Šarīca, aunque también circulaban obras pertenecientes al derecho aplicado. Esto es importante porque nos hace reevaluar el supuesto «islam deteriorado» de los moriscos.
Extraordinariamente significativa es la proliferación y circulación de coranes por el reino valenciano. Como dice un detenido por la Inquisición en 1584, «a leydo en otro Alcorán de Sangarrén, bezino de Segorbe…y en otro Alcorán de Miguel Marrán –que está preso– a leydo muchas veces, que él y la hija y todos se lo dexaban por el terrado…y también a leydo en otras partes, a donde quiera que yba- en el Alcorán demandándolo a quien lo tenía pues en todos lugares lo ay» y, añade el mismo encausado, «unos saben leer y otros no, pero el buen moro se presçia de tenerlo en casa; y de antes, sólos los alfaquís los tenían juntados y ahora en muchas casas se hallan porque los mercan baratos» (26).
Los contactos con el Norte de África a través de familiares huidos facilitaron a los valencianos la adquisición delibros. En 1608 fue condenado por alfaquí Gaspar Rahech, porque «de ordinario traya consigo el libro del Alcorán para leer la secta de Mahoma; y tenía en su casa mezquita para enseñarla, y allí acudían muchos moriscos y moriscas a aprender; y que habiéndose juntado doce alfaquines acordaron que les faltaba un libro llamado Hizbalbac, que era un libro grande el qual contenía muy por extenso toda la secta de Mahoma y que no le avía en estos reynos sino en Argel, y determinaron que fuesse por él uno de los mayores alfaquines…» (27).
Es muy notable que este libro que los alfaquíes sentían que necesitaban sea el Ḥizb al-baḥir de al-Šāḏilī, es decir, uno de los pensadores místicos más renombrados del islam, que da nombre a una de las cofradías místicas más importantes de todo el occidente islámico. Miguel Asín Palacios insinuó sus posibles conexiones con los «alumbrados» hispánicos.
Otro importante campo de la cultura de la comunidad islámica de Valencia es el científico, y sobre todo, el de la medicina. Las obras de materia médica requisadas por el Santo Oficio valenciano siguen en cantidad a las de tema religioso, así como las actividades de médicos, sanadores, cirujanos. En la práctica médica los médicos musulmanes mezclaban la medicina empírica y la magia, que ejercía una gran fascinación sobre la comunidad cristiana. Los cristianos acudían a los médicos musulmanes para prácticas abortivas y conceptivas, para magia amatoria…
Relacionados con la ciencia y los remedios, se cuenta entre los documentos publicados por Barceló y Labarta un elevado número que hace referencia a toda una serie de actividades conocidas en su tiempo con diversos nombres: hechicería, sortilegios, encantamientos, talismanes y conjuros, búsqueda de tesoros, adivinación… Relacionados con estos escritos se encuentran también profecías, interpretación de sueños, horóscopos. Hoy englobamos todas estas actividades bajo el término de «magia» pero la Inquisición las catalogaba con el nombre de «supersticiones», marchamo que utilizaron igualmente los estudiosos del siglo XIX. Son todos éstos temas privilegiados por la literatura aljamiada, como puede comprobarse si se consulta un libro reciente de la aljamiadista Luce López-Baralt (28). Y colocan al islam morisco en una versión extraordinariamente cercana a la contemporánea del Magreb: un islam en el que el culto a las familias descendientes del Profeta era muy importante: se derivaba y a la vez fomentaba un culto extraordinario a la figura de Muhammad, el ejemplo perfecto e inimitable y en el que las gestas y batallas victoriosas del Profeta y sus seguidores adquirían una especial significación reivindicativa para los moriscos vencidos. En que magia, esoterismo y cofradías místicas solapaban este culto al Profeta Muhammad con el de la figura de Salomón, un héroe versado en poderes mágicos, una figura sobrehumana en su versión popularizada que debía de ser de gran consolación para los moriscos. Una religión talismánica no diferente de la que se produce en otros territorios islámicos contemporáneos en los que la escritura adquiere también un valor profiláctico y preventivo y en el que la Escritura permite ser utilizada lícitamente para adivinación y profecía.
Es decir, que puede afirmarse que la literatura aljamiada es una literatura plenamente islámica que procede mayoritariamente de traducciones del árabe, como afirmó, ya en 1958, L. P. Harvey y han demostrado cumplidamente, en época más reciente, Barceló y Labarta, Wiegers y otros: la unidad temática entre ambas literaturas, la coincidencia sistemática de títulos, no es sino una prueba más.Pero tiene esta literatura un elemento bien diferenciador, que es el uso del romance, un lenguaje común para cristianos y moriscos. Para éstos, los contenidos conceptuales y los valores incluidos en palabras y formulaciones idiomáticas debieron de condicionar la estructura de su pensamiento y producir una, al menos parcial o inconsciente, aceptación de la cultura cristiana e hispana en la que vivían inmersos. El mero uso de la lengua obligaba al que la hablaba o escribía a establecer un diálogo tácito con la cultura que rechazaba o de la que al menos se defendía. López-Baralt mantiene que algunos de los originales árabes que no tenían esta intención cuando en árabe, al ser vertidos al aljamiado se transformaban en textos proselitistas, incluso polémicos precisamente por ese proceso inevitable de diálogo y participación en algo que se rechaza.
Si la mayoría de los textos aljamiados provienen de traducciones del árabe, ¿quién hacía esas traducciones? Sin duda, los alfaquíes. La puesta a punto de una técnica de trasladar el árabe al aljamiado, la existencia de un sistema de transliteración estandarizado y una comunidad de uso de terminología religiosa, implica, por lo pronto, unos contactos y unos acuerdos entre alfaquíes, los «guardianes del islam» (29). Implica también unas decisiones acerca de qué era necesario o aconsejable traducir del árabe (recuérdese a Yça de Gebir y su traducción del Corán al romance). En época morisca estos alfaquíes ya no eran fuqahā’ en el sentido clásico del término, sino gentes instruidas en la lectura y escritura que tenían acceso a obras jurídicas y religiosas y que por lo tanto podían leer el Corán en voz alta ante un auditorio analfabeto. Porque nos encontramos ante poblaciones rurales en su mayoría y, como sus contemporáneos cristianos, analfabetos en porcentaje elevado.
Los testimonios de la Inquisición en sus tribunales castellanos dan abundante fe de este hecho de leer en voz alta textos cuya traducción se propone en el mismo momento de la lectura. Como ejemplo, Juan de Hinestrosa, de Daimiel (30). Se reunía con otros moriscos «en cierto lugar e ayuntamiento donde se leýa un libro moriego scripto en lengua aráviga y contenía oraciones de moros… y la persona que lo leýa declaraba en romance lo que en el dicho libro estava escripto en arávigo». O como dice otro testigo: en su casa se hacía mucha congregación y ayuntamiento de personas de su calidad, «cristianos nuevos de moros y descendientes dellos quel bien conoscia y así juntos el dicho Lope de Hinestrosa y otra persona les leían un libro del alcoran y en otros libros de la seta de Mahoma que estavan escritos en letra moriega lo qual hacían zerradas las puertas de su casa y aun con guarda a la puerta para que no pudiese entrar sino las personas que ellos quisiesen». La persona que lo leía lo trasladaba luego en lengua castellana. O el caso de Brianda Suárez, procesada en Toledo en 1546-47, que participaba de reuniones del mismo tipo que el anterior: «Personas descendientes de generación de moros ayuntadas, adonde se leía un libro o cuaderno escrito en lengua castellana que contenía oraciones y cosas de moros y la dicha Brianda y las otras personas lo oýan con atención y devoción porque eran creyentes en la secta de Mahoma y tenían intención de moros y leía en el dicho libro o cuaderno una como historia de cómo una cavallero de Axen venía preguntando por las cosas de los moros y por los prophetas antiguos dellos y ansí mesmo contenía el dicho libro o cuaderno oraciones de moros escriptas en arábigo y declaradas en lengua castellana, especialmente la oración de alhandu y coluha y que en el dicho ayuntamiento la dicha Brianda y las otras personas moriscas platicaban cómo hera buena la ley de los moros…».
Los alfaquíes eran, pues ,maestros y transmisores de saberes diversos a parientes, amigos, vecinos..., reconocidos por su sabiduría. Llegó a constituirse así a mediados del siglo XVI una verdadera trama, casi clandestina, de transmisión cultural, que puede percibirse en buena parte a través de los procesos de la Inquisición. Como se afirma en el proceso de Salama ibn ‘Ali, alfaquí de Yátova en Valencia, en 1578, deseando que «la secta de Mahoma se extendiesse y acreçentasse, a estudiado y leýdo muchos años en libros arábigos, teniendo dos cuévanos llenos dellos para que como alfaquí pudiesse mostrar y enseñar a los cristianos nuevos» (31). Los contactos con Valencia están muy presentes en los tribunales castellanos: así por ejemplo Álvaro de Córdoba, morisco de Granada que fue procesado en Toledo entre 1589-1592 porque «avía tenido en su poder unos libros de la secta de Mahoma en los quales había nóminas y oraciones del Alcorán y avía leýdo en ellos en presencia de otros de su casta» sabía leer y escribir bien en arábigo. Había traído un libro arábigo desde Valencia para otro morisco de Toledo, a petición de éste32. Y no sólo el árabe escrito: de la propia Valencia llegaban escritos islámicos ya traducidos para los moriscos castellanos.
Cito algunos ejemplos del tribunal de Toledo: en el proceso de Juan de Sosa se incluye una carta que había enviado un morisco de Valencia donde se contaban milagros de Mahoma y explicaba las horas en las que habían de hacerse las cinco oraciones del día. La carta estaba en castellano y con letra castellana y se hicieron muchas copias que corrieron entre los cristianos nuevos de Arévalo (33). O el caso de Antonio Casado, que tenía un libro en que «de un cabo estaba la oración escrita en moriego y en el otro cabo escrita e declarada en romance y que ansí estaban todas las oraciones en el dicho libro».
Las dudas sobre si rezar en árabe o en castellano se les plantean a estos moriscos catellanos que ya no tienen un conocimiento real de la lengua. En el proceso antes citado de Juan de Sosa, éste pregunta si sería mejor que los cristianos nuevos que se reunen con él en Toledo rezasen en arábigo o en castellano, aunque él, al parecer, sabía árabe, y le contestaron: «que no rezasen arábigo sino castellano porque rezando arábigo, como no entendían lo que dezían no podían tener devoción en lo que rezaban y que estarían pensando en otras cosas y que el dicho Juan de Sosa le tornó a preguntar que qué oraciones rezarían, y que le respondió que loasen al señor como mejor supiesen y que el dicho Juan de Sosa con la afición y creencia que ha tenido y tiene de moro, siempre ha rezado y reza en arábigo oraciones de moros».
Esta afirmación se complementa con la de Jerónimo de Rojas, que afirma que a los cristianos les tienen engañados los curas y los concilios con el latín, que no entiende nadie. En cualquier caso, el proceso de traducción, de «traslado», como dicen los documentos, es constante. Así lo certifica el mismo proceso de Jerónimo de Rojas, de Toledo, que le había dicho a otro cristiano nuevo que se mostraba interesado «que dentro de Toledo hallará éste hombres muy sabios que le vendan libros trasladados en castellano de manera que lo entienda muy bien todo, y tratándole de si los habrá de muy buena letra dice que conforme al dinero que oviere para ello, y que hay hombres muy doctos y sabios que los corrigen y questos le dará a éste a entender todo lo questa scripto». E incluso mencionó a un tal Gaspar de Soria «que le había de dar muy buenos libros de su secta traducidos al castellano».
Este mismo proceso de Jerónimo de Rojas da fe del respeto y cuidado con el que se trataban y se buscaban a los alfaquíes y «personas doctas» tanto en Valencia como en Granada. Rojas había encontrado «noticia de un grande alfaquí que hay en Málaga o en un lugarcillo de alrededor que se llama García que sabe mucho de la ley y que tiene grandes libros». Y otro testigo del mismo proceso asegura «que le habían dado a Rojas la noticia de que había un gran alfaquí condenado a galeras y estaba intentando reunir con los mercaderes (moriscos de Toledo) 500 ducados que no lo rescatarían por menos».
La necesidad de traducción es, pues, constante. Pero las referencias que encontramos en los procesos castellanos son en traducción al castellano y en grafía castellana. Quizá los que estuvieran escritos en alfabeto árabe fueran todos considerados por la Inquisición como escritos en lengua árabe, pero son muy pocos, en cualquier caso, los libros aljamiados procedentes de Castilla que se nos han conservado.
Existen también, entre los procesos inquisitoriales, numerosos testimonios de posesión de coranes, siempre muy apreciados por sus dueños para los cuales tienen un valor añadido casi talismánico: los tocan, los besan, los guardan cerca de sí o entre la ropa, muy a menudo en el colchón de la cama y hacen «grandes extremos» cuando se los confiscan. Como es el caso de Francisco de la Guerra, morisco de Osuna, al que habían encontrado en un Corán: él intentó recuperarlo y sobornar ala justicia de la Inquisición para que no diera parte del hallazgo (34). A otro vecino de Osuna, Alonso de Madrid, le quitaron un libro en arábigo que tenía, de lo cual él hizo mucho sentimiento.
Luego los expertos cualificadores decidieron que era el Alcorán de Mahoma (35). Los casos son también frecuentes entre mujeres, la mayoría analfabetas. Es el caso de Catalina Mandarán (36): «Yendo a su casa a hazer una execuxion se salió della levando debaxo del delantal un bulto. Y yendo tras ella alargó la mano para darlo a otra morisca. Y no pudiéndolo, lo escondió debaxo de las faldas. Y sacándoselo con mucha fuerza e resistencia vio que era un libro escrito en arábigo». O de Ángela Magón, vecina de Elda (37) que «tenía metido en la cama, bajo el colchón un libro pequeño como de horas y procuró desconderlo y que no fuese visto, y luego se lo tomaron y vieron que estaba escripto en arábigo…y por lo mucho llantos que hacía se lo tornaron a dar y luego vinieron los curas y se lo tomaron y aviendo averiguado quel dicho libro tenía oraciones sacadas del Alcorán de Mahoma fue presa».
Y es que la lengua y, sobre todo, la escritura, adquiere un poder talismánico y la Palabra es para los moriscos la mayor protección. Son numerosísimos los procesos que hacen referencia a la posesión, por parte de los moriscos, de papeles o pequeños fragmentos escritos en árabe conteniendo «cédulas» o «nóminas» llamados por su nombre árabe hirz ‘herces’ en los procesos inquisitoriales. Se trata de amuletos o talismanes que contenían alguna aleya del Corán junto con cuadrados mágicos, signos o símbolos que tenían diversas propiedades protectoras, preventivas o curativas. Se llevaban generalmente envueltos en un pedacito de tela encerada a modo de escapulario y cerca del cuerpo, debajo del brazo, cosido en el borde de las faldas de las mujeres. Ana Labarta estudió una importante colección de estos herces recogidos en los procesos de los moriscos valencianos, pero abundan en los procesos de todos los tribunales de la Inquisición, no importa la región sobre la que ejerzan (38).
Los moriscos, y, sobre todo las moriscas, ofrecían gran resistencia a que los empleados de la Inquisición les quitaran estos amuletos. Por ejemplo, a Beatriz Zahori le encontraron un escrito en árabe en el corpiño y se defendió mucho para que no se lo quitaran, aunque luego ella alegó «que no defendía el papel sino que se enojó con el hombre porque le ponía las manos en los pechos, porque siendo ella doncella lo tenía por afrenta». Cuando al fin se lo quitaron «hacía muchos extremos y lloros». En casi todos los casos de hallazgo y confiscación de un herce los dueños lloraban, se desmayaban, se defendían y luchaban, daban muestras de enorme dolor y consternación, sobre todo las mujeres.
Se trata, en éstos y en otros muchos casos, de personas analfabetas: por lo tanto,
la función de la palabra escrita no depende de su lectura y comprensión, sino del poder que el creyente le asignaba a esa escritura. Es decir, que la palabra no forma parte, necesariamente, de un acto de comunicación, sino que adquiere una característica mágica, talismánica, y es como tal como es utilizada. Esta función mágica del escrito no estaba en absoluto separada de la de los alfaquíes, sino que eran generalmente éstos los que fabricaban estos talismanes. Así, en Arévalo, Francisco Hernández había entregado a otra morisca, viuda de Juan Palacios, «la vieja de Palacios que era muy buena mora», «era muger sabia e aguda», toda una serie de libros árabes que él tenía para que se los guardase cuando le iba a prender la Inquisición. Francisco Hernández había discutido una vez con otro morisco por cuestiones del ayuno y «decía que tenía él el libro del Alcorán en su casa e que él deprendía para alfaquí en su tierra e que sabía más de aquella ley durmiendo que Agustín velando». No sabemos cuál era su tierra, pero cuando Francisco salió de la cárcel inquisitorial, «había ido a Arévalo a demandar por los convertidos para ayuda para pagar la pena que en este santo oficio le habían echado e que le ayudaron con lo que pudieron y que el dicho Francisco avía dado ciertas cedulas en arábigo a muchos de los convertidos de Arévalo. Las cuales cédulas no se acuerda este declarante cómo se llaman en arábigo… son buenas para calenturas y otros males que tienen las gentes» (39).
La información que proporciona el material inquisitorial, y que no hace nunca referencia a literatura romance escrita en alfabeto árabe, nos ilumina sin embargo de manera muy precisa sobre las necesidades de traducción y quién la llevaba a cabo, y sobre todo, del valor talismánico de la escritura árabe para los musulmanes hispánicos. La información que proporcionan, por otra parte, nos instruye sobre el islam morisco de una manera que no lo hace muy diferente de otros islames «locales» y contemporáneos de otras zonas del Mediterráneo.
Notas
1 Este ensayo ha sido realizado en el marco del proyecto de investigación «Orientalismo e historiografía en la cultura española del Barroco»,HUM2007-60412. 
2 AHN, Inquisición, Libro, 1239, 411-416.58 
3 MERCEDESGARCÍA-ARENAL, «The religious identity of the Arabic language and the affair of the Lead Books of the Sacromonte of Granada», Arabica,LVI, 6 (2009) pp. 495-528. 
4 TULIOHALPERINDONGUI, Un conflicto nacional, moriscos y cristianos viejos en Valencia, Valencia, 1980, p. 
102. También ANALABARTA, «Inventario de los documentos árabes contenidos en procesos inquisitoriales contra 
moriscos valencianos conservados en el Archivo Histórico Nacional de Madrid (legajos 548-556)», Al-Q_n_ara, 1 
(1980), pp. 115-164. 
5 JACQUELINEFOURNEL-GUÉRIN, «Le livre et la civilisation écrite dans la communauté morisque aragonaise (1540-1620)», Mélanges de la Casa de Velázquez, 15 (1979), pp. 243-245. 
6 RAPHÄELCARRASCO, «Le refus d’assimilation des morisques: aspects politiques et culturels d’après les sources inquisitoriales», en Louis Cardaillac (ed.), Les Morisques et leur temps,París, 1993, p. 192. 
7 BERNARDVINCENT, «Reflexión documentada sobre el uso del árabe y de las lenguas románicas en la España 
de los moriscos (siglosXVI-XVII)»,en El río morisco,Valencia, 2006, pp. 105-117. 
8 AHN. Inquisición, Libro 574. fol. 75/96v 
9 AHN, Inquisición, Leg. 3205.2 
10 AHN, Inquisición, Leg. 3105. 1, 23 abril 1631. Hemos estudiado este caso en M. GARCÍA-ARENALy F. RODRÍGUEZMEDIANO, Un Oriente español. Los moriscos y el Sacromonte en tiempos de la Contrarreforma, Madrid, Marcial 
Pons, 2010. 
11 AHN, Inquisición, Leg. 2106 exp. 17, Leg. 195 exp. 25 y 26. 
12 De toda esta saga familiar, las peor paradas fueron Isabel y Ana, madre e hija, ambas reconciliadas, cuyos procesos completos se han conservado. AHN, Inquisición, Leg. 195 expedientes 25 y 26. 
13 AHN, Inquisición, Leg. 3105, 1, abril de 1631. 
14 F. RODRÍGUEZMEDIANOy M. GARCÍA-ARENAL, «De Diego de Urrea a Marcos Dobelio, intérpretes y tra- 
ductores de los Plomos», en M. Barrios y M. García-Arenal (eds.) Los Plomos del Sacromonte. Invención y tesoro, 
Valencia-Granada, 2006, pp. 297-334. 
15 JOAQUINAALBARRACÍNNAVARROy JUANMARTÍNEZRUIZ, Medicina, farmacopea y magia en el ´Misceláneo 
de Salomón´ (Texto árabe, traducción, glosas aljamiadas, estudio y glosario), Granada, 1987. 
16 Philippe Roisse, en su edición y traducción del Libro de Plomo titulado «Historia del sello de Salomón», muestra hasta qué punto este libro sigue la historia legendaria de Salomón recogida por la literatura árabe, en particular la difundida por el género conocido como qi_a_ al-anbiy_’. PHILIPPEROISSE, «La Historia del sello de Salomón. Estudio, edición crítica y traducción comparada»,en M. Barrios y M. García-Arenal (eds.), Los Plomos del Sacromonte, invención y tesoro, Valencia-Granada, 2006.pp. 141-171. 
17 Que se conserva en la Biblioteca del Centro de Humanidades del CSIC en Madrid (colección conocida como 
«Manuscritos de la Junta»por haber pertenecido a la Junta para Ampliación de Estudios antes del CSIC, su heredero 
administrativo), y del que existe catálogo confeccionado por J. Ribera y M. Asín y versión digitalizada de todo el fondo. 
18 M. BARRIOS, La suerte de los vencidos,pp. 144 y sigs. 
19 RONDELABASTIDA, «Manuscritos árabes en la Inquisición granadina (1582)», Al-Andalus,23 (1958), pp. 210-213. 
20 Agradezco a Fernando Rodríguez Mediano, que está trabajando sobre esta documentación de la BNE, que me permitiera consultar sus notas. 
21 M. L. LUGODEACEVEDO(ed.), El Libro de las luces. Leyenda aljamiada sobre la genealogía de Mahoma, Madrid, 2008. 
22 J.A. LASARTE, Poemas de Mohanmad Rabadán. Canto de las lunas. Día del juicio. Discurso de la luz. Los nombres de Dios,Zaragoza, 1991, pp. 73-270. F. CORRIENTE, Relatos píos y profanos del manuscrito aljamiado de Urrea de Jalón, con prólogo de M.ª Jesús Viguera, Zaragoza, 1990. 
23 Como es el caso quizá de Francisco de Espinosa, de El Provencio (Cuenca) que «leía en un libro cosas de Mahoma (…) especialmente cómo había ganado y señoreado muchas tierras»y la concurrencia de moriscos «se holgaba mucho»con ello. M. GARCÍA-ARENAL,Inquisición y moriscos, p. 87. Lo mismo en Aragón, donde varios procesos incoados a moriscos especifican que el acusado leía el «Libro de las luces». J. FOURNEL-GUERIN, «Le livre et la civilisation écrite dans la communauté morisque aragonaise (1540-1620)», Mélanges de la Casa de Velázquez,15 (1979), .251. 
24 A. LABARTA, «Inventario de documentos árabes contenidos en procesos inquisitoriales»,p. 125. 
25 CARMEN BARCELÓ y ANALABARTA, Archivos moriscos. Textos árabes de la minoría islámica valenciana.1401-1608, Valencia, 2009. 
26 Barceló y Labarta, Archivos moriscos, p. 57. 
27 Idem,p. 63. 
28 LUCELÓPEZ-BARALT, La literatura secreta de los últimos musulmanes de España, Madrid, 2009. 
29 KATHRYNMILLER, Guardians of Islam. Religious authority and muslim communities of Late Medieval Spain, Nueva York, 2008. 
30 AHN, Inquisición, Toledo, Leg. 194. 4. 
31 BARCELÓy LABARTA, Op. Cit., documento98. 
32 AHN, Inquisición Toledo, Leg. 192.3. 
33 AHN, Inquisición, Toledo, Leg. 197.6. 
34 AHN. Inquisición. Leg. 2075.14. 
35 AHN. Inquisición. Leg. 2075.15. 
36 AHN. Inquisición, Libro 938, fol.263r.
37 AHN. Inquisición. Leg. 2022.9. 
38 ANALABARTA, «Inventario de los documentos árabes contenidos en procesos inquisitoriales contra moriscos valencianos conservados en el Archivo Histórico Nacional de Madrid (legajos 548-556)», Al-Q_n_ara, 1 (1980) pp. 115-164. 
39 AHN. Inquisición. Toledo. Leg. 192.15.

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