Moriscos: deber de memoria

José Antonio Pérez Tapias
Profesor de Filosofía de la Universidad de Granada
Diputado del PSOE por Granada

Artículo publicado en el diario Ideal de Granada el 13-12-2009
                                                                                              


La expulsión de los moriscos en el siglo XVII quedó en el reverso de la historia de España. El anverso se fue configurando con el relato en el que la conquista de Granada por los Reyes Católicos ocupa el lugar de los grandes hitos históricos. Anverso y reverso quedan fijados en la memoria colectiva como caras de la misma moneda, acuñadas por el complejo juego de recuerdos y olvidos que se promueve desde las instancias de poder. Así, remover las aguas de la memoria es desatar los anclajes de la desmemoria, provocando turbulencias que hacen aflorar el carácter ético-político de la memoria histórica.


Si remover la memoria colectiva genera tensiones, corresponde al debate democrático abrir paso a la erradicación de los prejuicios en los que se atrinchera el olvido. Eso es lo que hay que hacer a la vista de las reacciones suscitadas al dar expresión política a la conmemoración del IV Centenario de la expulsión de los moriscos, culminando así las actividades culturales que a lo largo de 2009 han rememorado aquella tragedia. Amplios sectores de la ciudadanía han valorado positivamente que el Congreso de los Diputados haya aprobado una proposición del Grupo Socialista instando al Gobierno a reforzar lazos con los descendientes de aquellos moriscos expulsados de España, acompañando esa actuación del reconocimiento institucional de la injusticia que en su día se cometió contra ellos. Otros, en cambio, han descalificado tal iniciativa, yendo desde la consideración de la misma como inoportuna hasta su ridiculización –evidenciando un arraigado “prejuicio contra el moro”, cuando no sutil islamofobia-, por no hablar de falsedades intencionadamente difundidas acerca de supuestas indemnizaciones económicas. Parece que no se quiere recordar siquiera los actos de reconocimiento hacia los judíos sefardíes, incluida la declaración conjunta del Rey Juan Carlos y el Presidente de Israel el 31 de marzo de 1992, conmemorando en ese caso los cinco siglos de la expulsión de sus antecesores.


La iniciativa parlamentaria se ha planteado como deber de recordar, como respuesta a la obligación de reconocimiento de lo que fue una injusticia y como ejercicio de responsabilidad enmarcado en una política de la memoria. Ésta también lleva a potenciar las relaciones con los descendientes de quienes fueron condenados a tan terrible exilio: 300.000 desterrados no pueden ser mera nota a pie de página en las crónicas de nuestra historia. Es un hecho que marca la misma negativamente, con una huella que llega hasta nosotros y que sólo desde una ignorancia culpable puede soslayarse. Como sólo de manera tendenciosa puede decirse que abordar cuestiones importantes para nuestra memoria colectiva es maniobra de distracción de las urgencias del presente.


Conmemorar ahora el IV Centenario de la expulsión de los moriscos de los reinos de España es rememorar el exilio masivo de quienes se vieron desposeídos de todo y arrojados fuera de su tierra. Fue el 9 de abril de 1609 cuando el rey Felipe III firmó el decreto de expulsión, pero el comienzo del fin quedó fechado antes, en 1499 cuando, tras la conquista de Granada, se incumplen las Capitulaciones firmadas por los Reyes Católicos en 1492, al promover Cisneros la conversión forzosa de los moriscos. La reacción contra tales circunstancias tuvo su momento álgido en la rebelión de las Alpujarras de 1568, cuya represión preparó la expulsión definitiva. De todo ello no se puede prescindir en puertas de celebrar el milenario del Reino de Granada.



Historiadores como Domínguez Ortiz o antropólogos como Caro Baroja se han ocupado de la cuestión. La documentación disponible abunda en las causas de la expulsión: intolerancia religiosa, política de asimilación plasmada en el dilema de o conversión o exilio, acusaciones de apoyo a los turcos, codicia y resentimiento de los cristianos viejos y pretensión de construir una monarquía cristiana sin minorías que afectaran a la cohesión de sus dominios. Resultado de todo ello: la “convivencia negada”, según atinada expresión del historiador Manuel Barrios.


Su asentamiento en el Magreb y su presencia hasta en Tombuctú forman parte del devenir de esa población morisca que, sin embargo, mantuvo un patrimonio cultural y un bagaje lingüístico vinculado a su procedencia de España y conservado hasta hoy. El inexcusable ejercicio de memoria histórica ha de conocer qué ocurrió con esa población tan injustamente tratada. De eso se encargan historiadores que aportan ingente caudal de conocimientos. Apoyándonos en esa investigación, pero más allá de ella, recuperar la memoria histórica en relación a los moriscos es ejercicio de recuerdo crítico del pasado que nos ha configurado, así como tarea de concienciación ciudadana respecto a dónde pueden llegar la intolerancia, el fanatismo, el racismo sociocultural o la fuerza de prejuicios enquistados en el imaginario colectivo. Recuperar la memoria de lo olvidado –la ausencia de lo morisco- conlleva también una reflexión política sobre una identidad colectiva construida desgraciadamente sobre exclusiones, como subraya el filósofo Reyes Mate.



En un tiempo en que hay que tejer nuevas relaciones entre pueblos y Estados, para lo cual desde España se ha propuesto el nuevo paradigma de la Alianza de Civilizaciones, y cuando desde la Unión Europea se intenta relanzar con fuerza la Unión del Mediterráneo, es momento propicio para que el deber de memoria en relación a los moriscos expulsados en el siglo XVII tenga continuidad proyectándose al futuro mediante el fortalecimiento de lazos entre la España de hoy y los descendientes de aquellos que nunca debieron verse obligados a abandonar su tierra.





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