La expulsión de los moriscos en la provincia de Alicante [Entregas 19, 20 y 21]


por GERARDO MUÑOZ LORENTE                    
LA EXPULSIÓN DE LOS MORISCOS EN LA PROVINCIA DE ALICANTE


19. Combate desigual en Coll de Rates

Una numerosa caravana de refugiados moriscos fue asaltada en el puerto de la sierra de Carrascal de Parcent por las tropas del mariscal de campo Sancho de Luna.

Al Valle de Laguar (donde vivían, según varios historiadores, unos 900 moriscos, casi tantos como habitantes hay ahora) llegaron a finales de octubre de 1609 varios miles más (alrededor de 20.000), creándose forzosamente problemas de alojamiento y alimentación. Para resolver el primero, nos cuenta Escolano que la «habitación la hazian en los lugares del valle de Alahuar, y en choças enrramadas de pinos, carrascos, algarrovos, cerezos, y olivos, haviendolos talado todos, sin dexar uno solo en pie»; y ocuparon muchas de las cuevas que había en las montañas.

El segundo problema fue más difícil de resolver, sobre todo cuando acabaron con las provisiones y el ganado que habían llevado consigo. Agua no les faltó hasta los últimos días gracias a las muchas fuentes que había en el valle, pero la comida fue otra cosa. Fonseca describe los robos que en los pueblos vecinos hacían de ganado: «bueyes, carneros, cabras y ovejas, porque bajaban de noche a tropas de los montes donde habitavan (…) entrávanse en los corrales donde estaban los ganados, matavan los pastores y se alçavan con las reses; y noche avía que hurtaban 500 y aun 1.000 cabeças». Pero cuando las tropas mandadas por Agustín Mejía irrumpieron en el valle y los moriscos se vieron obligados a esconderse en las cumbres montañosas, los robos se acabaron y el hambre empezó a azotar a los rebeldes.

EN EL COLL DE RATES

«A 4 de noviembre partió el Maesse de Campo Don Sancho de Luna a meter en Murla el socorro de sus quatro compañias, según la orden que le dio el Maesse de Campo general, que con las que ya estavan hazian suma de seyscientos soldados», escribe Escolano. Después de pedir bastimentos para la tropa reunida en Murla a las autoridades de Benissa, Jávea y Teulada, y a través del duque de Gandía también a las de Oliva, Pego y Gandía, Sancho de Luna fue a reconocer los alrededores de Murla con varios oficiales «y aviendose apeado por la aspereza de la montaña (…) vio baxar por la montaña del carrascal de Parcente (…) grandes tropas de Moriscos de Guadaleste, Xalon, y Tarbena y otros que se havian juntado con ellos, con muchas cargas de ropa, bastimentos y ganados, y estavan Moros en ella, por un camino nuevo que habían hecho para comunicarse con los de Alahuar».

Volvieron De Luna y sus acompañantes a Murla para reunir a doce arcabuceros y partir rápidamente con la idea de vigilar a aquellos moriscos. El paso obligado desde Tárbena hacia Murla y Benichembla por el Carrascal de Parcent es el Coll de Rates (llamado así no por los roedores, sino por una corrupción de raptes –raptos–), y hacia allí fue Sancho de Luna con su poco numerosa tropa. No obstante, De Luna no se encontró frente a un aguerrido ejército, sino ante una caravana de refugiados: «Conocio claro que los Moros q. baxavan no eran todos de guerra, sino mugeres y niños, y bagajes, que en numero de quinientas cavalgaduras havian ydo de Alahuar dos noches antes para traerlos al valle». En esto aparecieron desde Benichembla unos trescientos moriscos que venían a recibir a los refugiados «con dos vanderetes: y aviendo descubierto al Maesse de Campo, le tiraron algunos arcabuzazos». De Luna decidió responder al ataque, recibiendo muy pronto refuerzos desde Murla: «La compañia de arcabuzeros del capitan Garcia del Oyo, que yva de vanguardia (…) tras el el Capitan Diego de Mesa con la mosqueteria, y los capitanes Don Diego Vidal de Blanes, y Don Sebastian de Neyra fuessen con las picas».

Del Corral dice que «el combate fue confuso, sin orden», resultando que los moriscos «se metieron en huyda desbaratadamente por no tener las armas de fuego q. los Christianos», refugiándose en Benichembla. Por ser ya tarde, De Luna no ordenó a sus hombres desalojarlos de allí, conformándose con el botín que suponía la caravana de refugiados, los cuales habían huido abandonando las mulas cargadas con sus posesiones: «Aquí mandô el Maesse de Campo tocar a recoger, y que retirassen todo el bagaje y ropa, que los Moros havian desamparado», dice Escolano, que añade: «Todo el bagaje, que passava de trescientas cavalgaduras cargadas»; mientras que Del Corral denuncia la rapiña a la que se entregaron algunos lugareños: «La gente de Murla y demás del Pais sin atender a lo importante de proseguir la victoria, se ocupo en el robo y desvalixo, causa para los soldados de hazer lo proprio, viendo les usurpaban el premio devido a su trabajo, sin aprovechar reprehensiones, amenaças y castigos de su Maesse de Campo y Capitanes». Este despojo fue visto por los moriscos desde la sierra, quienes indignados y con pretensión de aprovechar el desorden, bajaron «a tomar a la retirada de los nuestros el passo que va de Benichembla a Murla», cuenta Del Corral, pero «como no tenian arcabuzes (…) nos davan crueles cargas de piedras (…) y aun llegavan a pelear con alfanjes y chuzos», puntualiza Escolano. Pero salieron de Murla cien arcabuceros a las órdenes del sargento mayor Giner, obligando a los moriscos a retirarse nuevamente.

En aquel desigual combate de «los Moriscos murieron cosa de treynta entre hombres y mugeres», mientras que «fueron heridos veynte soldados de las piedras».

PLAN FRUSTRADO Y PRIMERA NEGOCIACIÓN

Apenas se retiraron los moriscos a lo alto de la sierra del Caballo Verde, Sancho de Luna proyectó conquistar dicha sierra, para lo cual pidió municiones a Valencia y a Dénia. El objetivo principal era el castillo de Pop, situado en la cima del tercer peñón, el más alto.

Pero he aquí que, temiendo quizás este ataque, los moriscos mandaron una embajada de cinco hombres para negociar una rendición: «propusieron que ellos se havian metido en el valle de Alahuar por malos tratamientos de los Christianos viejos del Reyno: y que estavan puestos para embarcarse como su Majestad lo mandava, con condicion que se les concediesse estarse quedos en el valle, con comunicacion libre para vender sus haziendas, todo el tiempo q. tardassen en yr y venir seys Moros que embiavan a Argel». Sancho de Luna consultó a Agustín Mejía, quien le contestó ordenándole «que no concediesse a los moriscos mas de ocho dias para vender sus haziendas y avisaba que el partía con la gente del Tercio de Sicilia y la de la armada y sería en Murla el 10 de noviembre y en el interin no se intentase nada».

Los moriscos no aceptaron la propuesta que les daba un plazo de ocho días para vender sus bienes y dirigirse a los puertos de embarque. Y Sancho de Luna debió olvidarse del plan que tenía pensado para conquistar el Caballo Verde.

Aquella renuncia al ataque, impuesta por Mejía, fue muy mal recibida por los milicianos que se hallaban en Murla y alrededores, así como por los habitantes de esta villa: «Los Christianos viejos de aquellas comarcas estavan freneticos del espacio con que se procedía con los Moriscos, y con libertad popular dezian a bozes, que Don Agustin Mexia no queria romper la guerra con ellos, por la poca gente que tenia en los Tercios: y que porque fuesse la gloria dellos, y no acoger a la parte della a los Tercios de la milicia efectiva del proprio Reyno, no se apañava a llamarlos, queriendo que solo el tiempo efectuasse lo que no podian los soldados estrangeros: y encaxada esta errónea opinión, pedian que les diesen a ellos el acontecimiento de la montaña, que se ofrecían a concluyrlo con honrra en breves horas».

Pero la prudencia de Agustín Mejía se debía tanto a su deseo de evitar en lo posible una masacre poco gloriosa, no sólo de moriscos, sino también de las milicias efectivas (mucho menos profesionales que los soldados extranjeros de los Tercios), como a satisfacer la sugerencia que había recibido de Felipe III en el mismo sentido: evitar el derramamiento de sangre.



20. Milicias alicantinas

Las milicias efectivas acudieron impacientes al Valle de Laguar, soñando con grandes gestas y al olor del botín y durante diez días se sucedieron las escaramuzas en la zona.

El 7 de noviembre de 1609 Agustín Mejía abandonó Callosa al frente de las cuatro compañías del Tercio de Sicilia y la de arcabuceros de Sancho de Luna y fue a Tárbena. Al día siguiente partió hacia Murla, dejando acuartelada en Tárbena a la infantería que mandaba Manuel Carrillo.

Una de las primeras decisiones que adoptó Mejía una vez llegó a Murla fue la de publicar un bando por el que ordenaba que, en el plazo de dos horas y bajo pena de muerte, se fueran de Murla y permanecieran a una legua de distancia «todos los aventureros que no eran soldados de las compañías del Tercio, por cuanto se comían los bastimentos y como gente no disciplinada podían causar algun desorden». Esta gente «perdida» que no había acudido «a otro fin que de robar, inquietar y gastar provisiones» salió pues de Murla y sus alrededores.

OCUPACIÓN DE BENICHEMBLA

Al día siguiente de su llegada a Murla, Agustín Mejía ordenó a Sancho de Luna que, con 400 soldados, se apoderase de Benichembla. Así se hizo, sin apenas enfrentamientos con los moriscos. Éstos habían huido a la sierra y se limitaron a apedrear desde lo alto a los soldados. De Luna dejó a 200 hombres en Benichembla y se volvió a Murla.

Ese mismo día 9 de noviembre una delegación morisca pidió entrevistarse con Mejía, a quien le pidieron tres meses de plazo para vender sus bienes, antes de embarcar. El general les ofreció el perdón general, seguridad para sus vidas y haciendas, y permiso para vender al pie de la sierra el ganado, pero en un plazo de diez días. El 13 escribió a la Corte molesto por lo que interpretaba como una maniobra de dilación de los moriscos: «andan a tantas largas y piden tantas impertinencias que oi me e resuelto con ellos a no hablarles mas si no fuese poniendoles las manos». Entre estas impertinencias estaba la exigencia de que las tropas se alejasen de Murla y otros lugares próximos, para que fueran ocupadas por los moriscos.

MEJÍA LLAMA A LAS MILICIAS

A pesar de que su intención seguía siendo la de satisfacer los deseos del rey: acabar con aquella rebelión sin derramamiento de sangre, la paciencia de Agustín Mejía empezó a agotarse. Por eso decidió pasar a la siguiente fase del plan que había trazado con el virrey, antes de su salida de Valencia: pidió a éste que le enviase más municiones y dinero, ordenó a las villas de alrededor que donasen provisiones para los soldados, que fueran llamadas las milicias efectivas del sur del reino y que se aproximaran las compañías del ejército regular.

Las cuatro compañías del Tercio de Sicilia que habían quedado en Tárbena, llegaron el 12 de noviembre al mando de Manuel Carrillo, siendo acuarteladas en Parcent; y la compañía del Mar Océano junto con otra de Portugal, mandadas por el sargento mayor Bartojo, se alojaron en Benichembla, donde ya estaban los 200 soldados del Tercio de Nápoles, los cuales marcharon, con el capitán Diego de Mesa al frente, hasta Orba. Por último, dos compañías de caballería y arcabuceros que mandaba Gaspar de Guevara fueron a instalarse en Alcalalí.

Pocos días tardaron en llegar a Murla y alrededores las impacientes milicias efectivas. La primera fue la de Biar, encabezada por el capitán Jaime Almunia. Y en días sucesivos llegaron las demás, procedentes de Elche, Alicante, Alcoy, Pego, Denia, Teulada, Calpe, Tibi, Ibi, Jijona, Cocentaina, Onil, Castalla, Villajoyosa, Jávea, que acudieron soñando con realizar grandes gestas y al olor del botín. Hombres cuyo entusiasmo les llevó a acometer algunas acciones imprudentes y comprometedoras para el buen fin de la operación. Halperin dice que eran unos 2.300 hombres, Escolano eleva la cifra a 3.200, y Del Corral, que era el oficial encargado de hacer las cuentas, concreta exactamente 2.401 en 19 banderas (sobre un total de 4.144, puesto que las 16 compañías de los tres tercios viejos sumaban 1.743 soldados).

Viravens escribe que el Consejo de Alicante «organizó cuatro compañías de gente aguerrida; dos de vecinos de la Ciudad mandadas por Antonio Mingot, Bernardo Mingot y Juan Bautista Canicia de Franqui; otra formada de gente de San Juan, capitaneada por Esteban Briones, y la cuarta, compuesta de moradores de Muchamiel, fue acaudillada por Baltasar Berenguer, a quien siguieron 35 de sus parientes en este alarde de valor. Las expresadas fuerzas marcharon el 17 de Noviembre de 1609».

El capitán Del Corral relata la distribución que Mejía ordenó de estas compañías de milicias: «(…) se aquartelaron en puestos mas apropriados y cercanos: tres de Alcoy [capitanes Gaspar Sternes, Andrés Gisbert y Francisco Descals], una del Conde de Cocentaina y otra de Ibi en Castell de Castells; tres de Xixona, Bucairen [Bocairente] y Villajoyosa en Ayalte; quatro de Alicante en Tárbena; dos de Beniza y Tablada [Teulada] a cargo de su governador que traxo a su costa don Juan de Cárdenas, hermano del Duque de Maqueda, con los de Biar en Berniza [Vernissa]».

ESCARAMUZAS

Fueron frecuentes las escaramuzas que se sucedieron durante aquellos días. El 10 de noviembre, por ejemplo, cuenta Escolano cómo algunos de los civiles expulsados por Mejía de Murla y sus alrededores, intentaron hostigar por su cuenta a los moriscos «y sabiendo que en el carrascal de Parcente tenian mas de doscientas cargas de trigo con escolta de infinitos Moriscos, salian a ellos de quando en quando cosa de cinquenta arcabuzeros, y escaramuzando, les quitavan todas las vezes todo el trigo que se podian llevar. Ansi mesmo otros cinquenta Christianos de las villas de Vnil [Onil] y Peñaguila a diez de Noviembre entraron por el barranco de Bellafi, (que otros llaman de Malafi) [el nombre correcto es efectivamente Malafi] a hazer alguna fuerte en los Moriscos: y llevando por cabo a Juan Fenollar cavallero de Peñaguila, hizieron una buena presa de ganado menudo»; pero, en vez de regresar con su botín, estos hombres decidieron profundizar en su razia, encontrándose muy pronto «rodeados de millares de Moros, que baxaron a ellos con una bandera: y travandose la escaramuza, Juan Fenollar mato al Moro de la vandera, y continuandolo sus compañeros en los otros, fue tan rezia la carga que los Moriscos les dieron, que huvieron de retirarse con muerte de Fenollar, y de otros tres, y perdida de la presa».
                    
También las milicias de Biar originaron una escaramuza, casi suicida, nada más llegar al teatro de operaciones. Escolano cuenta cómo «algunos dellos moços de buenas piernas y coraçon, empeçaron a travar escaramuça con los Moriscos que estavan de guardia en el castillo de Pop: que les arroxavan galgas y canteras, y tiraban algunos arcabuzazos». Dejándose llevar por un impulso imprudente y sin arredrarse ante las pedradas y disparos, treparon estos jóvenes biarenses por la sierra «como si fueran venados», obligando a los soldados del Tercio de Nápoles a seguirles para evitar que cayeran en una emboscada. «Mataron este dia tres Moriscos a mosquetazos: y si bien duraron las escaramuzas hasta quinze de Noviembre, como siempre llevavan lo peor los Moriscos, tuvieron por bien de retirarse, y no baxaron mas por aquella parte».

Precisamente fueron dos soldados del Tercio de Nápoles los que protagonizaron otra escaramuza con final dramático. Uno era extranjero y el otro natural del Grao de Valencia: Miguel Llauger. Al encontrarse frente a un grupo de 18 moriscos, el extranjero retrocedió inmediatamente, pero Llauger quiso dispararles con su arcabuz antes de seguir a su compañero «y haviendose apuntado a uno, que venia de los primeros, quiso su desgracia que no salio. Cevó de presto el fogon, y tirò, y como era grande su turbacion, errole: y cerrando con el todos, no se tuvo por Moro el que no le dio lançada, hiriendole de cabeça a pies con chuzos, espadas, puñales, agujas de esparteños y cantos: y dexandole con mil heridas mortales por muerto, fue cosa de admiracion, que haviendole retirado otros Christianos que llegaron, escapò con vida de todas»




21. Caída del castillo de Azabares   

Las ruinas de esta fortaleza, de importancia estratégica por hallarse en la entrada del valle, fueron conquistadas por el ejército en la madrugada del 16 de noviembre de 1609.

Aunque en ruinas, el castillo de Azabares se hallaba en un lugar estratégico, a la entrada del Valle de Laguar, y desde él «libremente salían los moros al llano del marquesado de Denia y encomienda de Zagra y Cenet [Sagra y Sanet]», hostigando a los convoyes de abastecimiento del ejército, según relata Del Corral.

Mejía tenía como cierto que, para conquistar el Valle de Laguar, paso previo imprescindible era echar de aquellas ruinas a los moriscos. De ahí que el domingo 15 de noviembre ordenara a Sancho de Luna que, con 300 soldados del Tercio de Nápoles, fuera a Orba, recogiese a la tropa que, al mando del capitán Diego de Mesa, había allí de guarnición, y se aprestara a tomar lo que quedaba del castillo de Azabares.

Sancho de Luna ordenó a Diego de Mesa que inspeccionase el castillo, y éste encomendó tal labor a los soldados Antonio de Molina y Alonso del Castillo, quienes se acercaron hasta aquel lugar de noche, informando a su vuelta de la situación del mismo y del sitio más propicio por donde se podía entrar.

Ya de madrugada, siguiendo las instrucciones de De Luna, el capitán Luis de Leyva fue con su compañía de 200 hombres a Orba, adonde llegó poco después el propio De Luna con el resto de las tropas movilizadas para este fin.

Todavía no había aparecido el sol aquel lunes 16 de noviembre de 1609, cuando salieron de Orba en dirección al castillo de Azabares los soldados. En vanguardia iba Sancho de Luna con Manuel Pimentel, el capitán Sebastián Culebro, el sargento Francisco Gallardo y Alonso del Castillo (uno de los soldados que había inspeccionado el objetivo). Detrás iba Melchor de Orantes con quince picas y quince arcabuceros; tras él marchaba Pedro Giner con treinta picas y treinta arcabuceros; luego Luis de Leyva con su compañía; y más atrás Diego de Mesa con la mosquetería y el resto de la tropa.

Aunque la entrada a la ruinosa fortaleza «era bien dificultosa y áspera», los moriscos no pudieron resistir el asalto del ejército durante mucho tiempo. Cuenta Escolano cómo los «rebeldes se fueron retirando a la mayor eminencia, y nuestra gente subiendo peleando con ellos, les ganaron el puesto de todo punto: que visto por ellos, quedando algunos muertos, se retiraron por una asperissima baxada, q. tenia la peña a la parte de Poniente, a vista del primer lugar de Alahuar [Campell], y con la priessa que baxaron se despeñaron algunos: y valioles, para no perderse muchos mas, el ser de noche, y no haver reconocido los nuestros el puesto de la salida». Todavía hoy en día se aprecian en esa parte de la colina los parapetos que debieron servir de contención de tierra para la explanada del castillo.

«A esta hora començava a reyr el alba», cuenta Escolano, cuando los moriscos, temiendo que los soldados no se conformaran sólo con tomar el ruinoso castillo, sino que también pretendieran ocupar Campell, bajaron de los otros dos pueblos y de las montañas para reunirse en gran número entre ambos lugares, dispuestos a hacerles frente. Este refuerzo morisco hizo que Sancho de Luna pensara en hacer lo mismo, mandando aviso a Murla para que Mejía le enviara ayuda. Éste respondió yendo en persona, al mando de la infantería, y por el camino más corto, según relata su acompañante Del Corral: «(…) y hizo alto en el Tozalet de Cotes (puesto ante la sierra y el castillo) de donde se via [veía] la escaramuza y se descubrían muy cerca como ocho mil moros (…) por espaldas tenían su valle, al lado derecho la sierra, al izquierdo el barranco del infierno y por frente una grande descendida y quiebra que los dividia del puesto que con su gente ocupaba D. Agustin Messia», siendo ese espacio intermedio donde ahora está el sanatorio de Fontilles.

Pero Mejía y sus infantes no participaron en aquella operación, que según Escolano duró dos horas, y cuyo resultado fue la conquista por parte de los soldados del estratégico puesto de Azabares. De Luna lo mandó atrincherar, «dexando alli a Pedro Giner Sargento Mayor [herido en una pierna] y a los dos capitanes con 300 soldados», si bien estos soldados fueron sustituidos muy pronto por las cuatro compañías de milicias que había mandado el duque de Gandía, señor de aquellos lugares.

Precisamente a este duque envió Sancho de Luna una carta el 18 de noviembre desde Murla, informándole de la toma del castillo de Azabares, «un puesto de los mas fuertes que [he visto en] mi bida y que no me costó poco trabajo y cuidado ganarle y les di el asalto por asperisima parte murieron cosa de cinquenta moros y me yrieron cinco de los mios a mí me toco un rasguño en una ceja que no es nada y un arcabuzazo en una manga de la crofulla [sic] que es menos».

Entre los moriscos que fueron apresados en aquella operación estaba «el que les hazia la polvora, que lo sintieron mucho», informa Escolano.

CONTINÚA LA OFENSIVA

El siguiente lugar que Mejía planeó ocupar fue la cima del primer peñón (donde ahora se levanta la Creueta), tal como cuenta el capitán Del Corral: «juzgando ocasion a propósito [por la retirada y la confusión de los moriscos] y que no era bien perderla, ordeno a la compañía de Biar acometiese el primer peñon de la sierra de Pop, encima de la hermita de San Sebastián, execucion que pusieron valerosamente por obra ganando el Peñon». Según Escolano esta operación se llevó a cabo en la noche del 16 de noviembre «y como los moros se retirasen, quedo entonces Murla fuera de la sujecion en la que la tenian desde aquel peñon».

Esta vez la compañía de milicias efectivas de Biar fue muy elogiada por la forma tan aguerrida y habilidosa como se comportó aquella noche. «El estilo con que subieron los de Biar fue muy loado: porque traçaron que unos pocos diesen vista a los rebeldes por la parte de Benisa [este-sudeste], y el mayor golpe por la sombria azia Alahuar [oeste-noroeste]: y como los Moros que estavan en lo alto de la sierra solo atendían a los que subian por la parte de Benisa, los otros tuvieron lugar de llegar a lo alto, y dieron del primer lance un arcabuzazo al que tenia una bandera en la mano arbolada sobre una peña, y dava bozes a los Moros que estuviessen firmes guardando aquel puesto». Pero este abanderado fue abatido por un certero tiro del onilense Cristóbal Alonso (que iba en la compañía de Biar) y los moriscos se retiraron del primer peñón.


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