La expulsión de los moriscos en la provincia de Alicante [Entregas 1, 2 y 3]


por GERARDO MUÑOZ LORENTE                    
LA EXPULSIÓN DE LOS MORISCOS EN LA PROVINCIA DE ALICANTE



1. Cristianos por obligación


Hace ahora justamente cuatrocientos años que comenzó la expulsión masiva de los moriscos del territorio español. Cuando concluyó este proceso de destierro forzoso no quedó en nuestro país ninguna persona que no profesara otra fe que la católica.

Fueron los moriscos del antiguo reino de Valencia los primeros en ser expulsados. Y aunque entonces aún no existía la provincia de Alicante (cuyo actual territorio formaba parte políticamente, casi en su totalidad, del virreinato valenciano) recordaremos lo ocurrido entonces en los municipios alicantinos, así como lo sucedido con aquellas gentes que durante generaciones poblaron nuestras tierras, hasta que se vieron obligadas a abandonarla.


Pero, para mejor comprender las razones que motivaron aquel destierro, los trágicos hechos que entonces acaecieron y sus consecuencias, es conveniente primero recordar quiénes eran y cómo vivían los moriscos.

MUDÉJARES
Durante la Reconquista (finalizada en enero de 1492 con la toma de Granada por el ejército de los Reyes Católicos), a los musulmanes que siguieron viviendo en sus tierras, pero bajo dominio cristiano, se les llamó mudéjares. Durante cierto tiempo fueron respetadas sus costumbres y creencias religiosas, hasta que, entre 1520 y 1525, se les obligó a convertirse en cristianos. A partir de entonces se les llamó moriscos. Así pues, los moriscos eran cristianos por obligación, pero, en su inmensa mayoría, continuaban siendo musulmanes de corazón.

ASENTAMIENTOS MORISCOS
En la segunda mitad del siglo XVI y al comienzo del XVII se calcula que vivían en España alrededor de 320.000 moriscos, también conocidos como cristianos nuevos. En 1568, casi la mitad de ellos (150.000) moraban en Granada, y unos 85.000 en el antiguo reino de Valencia, en 1572. Pero, tras la rebelión de los moriscos alpujarreños (1568-1570), muchos de éstos se diseminaron por otros lu gares de España, siendo a partir de entonces el territorio valenciano donde más residían: unos 135.000 en 1609.

Durante la reconquista del reino de Valencia, el rey otorgaba a los señores que lo acompañaban tierras ya pobladas, capaces de dar rentas inmediatamente. Como consecuencia, los mudéjares (y luego sus descendientes, los moriscos o cristianos nuevos) poblaban sobre todo estas tierras señoriales, siendo en comparación muy pocos los que vivían en tierras reales o de realengo. Además, a excepción de la actual provincia de Castellón, los moriscos valencianos predominaban en las tierras de secano. Al sur del río Mijares, casi todas las montañas y colinas estaban pobladas por cristianos nuevos. Por el contrario, los cristianos viejos ocupaban muy mayoritariamente las ciudades, donde también residían moriscos, pero poco numerosos y recluidos en sus barrios o aljamas. En Orihuela y Catral, por ejemplo, lugares pertenecientes al rey y con unas 2.500 casas, había tan sólo dos docenas de moriscos.

Al sur del río Júcar la delimitación entre montaña morisca y ciudad cristiana se hacía todavía más patente. Muy pocos eran los pueblos donde se mezclaban los cristianos viejos y nuevos. Había vastas zonas montañosas donde los moriscos vivían prácticamente solos; y otras donde los cristianos viejos eran minoritarios, como Relleu, lugar del conde de Anna, donde había 170 casas moriscas y un castillo ocupado por quince familias de cristianos viejos.
Según el historiador Tulio Halperin Donghi, en 1609 había en el reino de Valencia un total de 84.504 casas, de las cuales 52.689 estaban ocupadas por cristianos viejos y 31.815 (37’4%) por cristianos nuevos. En la actual provincia alicantina, los moriscos habitaban sobre todo en las sierras de La Marina, las tierras interiores del Valle Medio y Bajo del Vinalopó, y en algunos señoríos de la Vega Baja.

Lugares de cristianos viejos y nuevos en la actual provincia de Alicante

Además de los ya mencionados Orihuela y Catral (realengo con 2.500 casas), eran lugares donde predominaban los cristianos viejos Alcoy (1.150 casas; realengo), Alicante (1.120 casas; realengo), Elche (950 casas; del marqués de Elche), Bocairente, Bañeres y Alfafara (680 casas; realengo), Jijona y Torremanzanas (650 casas; realengo), Callosa de Oriola (530 casas; realengo), Cocentaina (500 casas; del conde de Cocentaina), Biar (500 casas; realengo), Denia (480 casas; del marqués de Denia), Jávea (450 casas; del marqués de Denia), Castalla (400 casas; del marqués de Terranova), Muchamiel (400 casas; realengo), Villajoyosa (350 casas; realengo), Ibi (310 casas; realengo), Pego (300 casas; del duque de Gandia), Onil (250 casas; del marqués de Terranova), Almoradí (250 casas; realengo), Monforte (230 casas; realengo), San Juan y Benimagrell (230 casas; realengo), Benissa (210 casas; de don Francisco Palafox), Penáguila (200 casas; realengo), Guardamar y Rojales (200 casas; realengo), Agres (170 casas; de don Jaime Calatayud), Teulada (160 casas; de don Francisco Palafox), Planes (120 casas; del marqués de Elche), Tibi (110 casas; del marqués de Terranova), Busot (86 casas; de don Cristóbal Martínez de Vira), Callosa de Moncada (80 casas; del marqués de Aytona), Murla (75 casas; del duque de Gandía), Agost (70 casas, de N. Vallebrera), Salinas de Elda (60 casas; del conde de Elda), Daya (60 casas; de N. Boyl), Gorga (45 casas; del marqués de Guadalest), Polop (44 casas; de don Alonso Fajardo).

Los lugares donde predominaban los moriscos eran:
Elda y Petrel (700 casas; del conde del Real), Aspe (570 casas; del marqués de Elche), Novelda (560 casas; de don Francisco Maça Rocamora), Monóvar (450 casas; de don Francisco Maça Rocamora), Crevillent (400 casas; del marqués de Elche), aljama de Elche (400 casas; del marqués de Elche), Tárbena (400 casas; del abad de Valldigna), Valle de Guadalest (400 casas; del marqués de Guadalest), Valle de Gallinera (400 casas; del duque de Gandia), Benilloba (330 casas; del conde de Aranda), Muro (330 casas; del conde de Cocentaina), Albatera (320 casas; de don Ramón de Rocaful), aljama de Cocentaina (210 casas; del conde de Cocentaina), Valle de Jalón (190 casas; de don Pedro de Yjar), Pedreguer (190 casas; del conde de Anna), Valle de Laguar (180 casas; del duque de Gandia), Relleu (170 casas; de la condesa de Anna), Castell de Castells (170 casas; de la encomienda de Calatrava), Finestrat (160 casas; del conde de Anna), Ondara (160 casas; del marqués de Guadalest), Gata (150 casas; de don Pedro de Yjar), Orcheta (150 casas; de la encomienda de Santiago y don Hieronimo Ferrer), Cox (125 casas), Sella (115 casas; de don Jaime Calatayud), Alcalalí y Mosquera (100 casas), Granja de Rocamora (95 casas; de don Francisco Rocamora), Redován (90 casas; del duque de Maqueda), Vergel (80 casas; del marqués de Denia), Senija (75 casas; de don Egelarimundo Mercader), Valle de Orba (70 casas), aljama de Murla (66 casas; del duque de Gandia), Gayanes (62 casas), Beniarbeig (50 casas; del conde de Simancas), Sagra (50 casas; de la encomienda de Santiago), Benidoleig (50 casas; del almirante de Aragón), Beniarrés (50 casas; del conde de Cocentaina), Parcent (40 casas; de don Serafín Catalán), Benichembla (40 casas), Benimeli (40 casas; de la encomienda de Santiago), Valle de Alcalá (35 casas; del conde del Real y doña Francisca Catalá), Tormos (34 casas), Rafol (32 casas, de don Baltasar Çapena), aljama de Benissa (30 casas; de don Francisco Palafox), Llosa de Camacho (24 casas), Mirarrosa (23 casas; de don A. Duarte), Miraflor (23 casas; de N. Perpiñán), Setla (22 casas), Sanet (17 casas; de la encomienda de Santiago), Valle de Ebo (12 casas; del conde del Real), Negrals (12 casas; de la encomienda de Santiago).
(Fuente principal: Joan Reglà, Estudios sobre los moriscos, Valencia, 1974)

Se puede comprobar que era en el sur donde estaban los núcleos de población en los que había mayor concentración de moriscos: Elda y Petrel, Novelda, Monóvar, Crevillente, aljama de Elche…

Precisamente en el archivo municipal ilicitano se conserva un documento (protocolo nº 227), fechado en 1606, en el que aparece una relación de los «Nombres de moriscos de Crevillente.



2. Tolerancia interesada

Los señores permitían una cierta libertad religiosa a los moriscos para preservar la calma en sus territorios, pero también por motivos económicos: eran mano de obra.

Los moriscos estaban sometidos de por vida a los señores de los lugares donde habitaban, puesto que tenían prohibido, bajo pena de muerte y confiscación, cambiar de domicilio ni de señor. Esta prohibición fue ratificada en 1541, 1559 y 1586, como consecuencia de las frecuentes huidas de moriscos al norte de África.

En general, los señores trataban a los moriscos de manera paternalista, protegiéndoles ante las insistentes presiones que sufrieron por parte de la Corona y de la Iglesia para que se convirtieran al cristianismo. Frente a estos intentos de asimilación religiosa, los señores respetaban las creencias y costumbres islámicas de sus vasallos moriscos (oficialmente cristianos nuevos pero musulmanes en la práctica diaria) permitiendo que, a semejanza de sus antepasados mudéjares, se gobernasen autónomamente a través de sus representantes, elegidos por los propios señores de entre las familias moriscas más destacadas.

Durante el conflicto de las Germanías (1519-1521), los moriscos apoyaron a sus señores contra los rebeldes, sobre todo porque éstos les obligaban a bautizarse.

TRIBUTAR COMO MOROS
Los señores actuaban con esta permisividad religiosa para preservar la tranquilidad de sus territorios, pero también por razones meramente económicas: estos vasallos, cristianos nuevos, eran mano de obra barata y además pagaban más impuestos que los cristianos viejos.

Al igual que los mudéjares, los cristianos nuevos o moriscos tributaban a sus señores más que los cristianos viejos. En 1526, las aljamas pidieron a Carlos I que subsanase este agravio comparativo, a lo cual accedió éste, acordando que se equipararan los tributos entre moriscos y cristianos viejos. La publicación de este acuerdo real se retrasó dos años debido a las presiones de los señores; y, aun después de publicado, la promesa imperial quedó en la práctica anulada, al seguir manteniendo los señores los gravámenes que pesaban sobre sus vasallos moriscos, superiores a los de los cristiano viejos.

En 1531, un breve del Papa requirió al Inquisidor General que mandase a los señores valencianos «que no cobrasen ni llevasen más derechos a los dichos convertidos de lo que se acostumbrava llevar a los Christianos viejos», pero tampoco este breve pontificio consiguió cambiar la decisión de la nobleza valenciana. Como tampoco lo lograron la Junta de Valladolid ni las Cortes Valencianas ni la Junta de Prelados en años sucesivos, que insistieron en la urgente necesidad de homologar los tributos entre cristianos viejos y nuevos. Los señores nunca cedieron, manteniendo así un agravio contra los moriscos que obstaculizaba la conversión real de los mismos a la fe cristiana, tal como reconoció el propio inquisidor Gregorio de Miranda en 1564: «se les haze vivir como christianos y pagar como moros».

De modo que la actitud de los señores al entorpecer la asimilación religiosa de los moriscos, permitiendo sus rituales coránicos, se debía más a su propio interés que al deseo de protegerles benévolamente. Un interés económico, por supuesto. Mientras durase el conflicto entre la Iglesia y los moriscos, éstos precisarían de la protección señorial y seguirían pagando más impuestos. Además, a cambio de preservar su fe islámica, pagaban puntualmente la protección de sus señores. Así lo hicieron, por ejemplo, los vasallos moriscos del señor de Guadalest, quien les exigió, tras una infructuosa campaña de evangelización, el pago de 1.800 ducados.

EN CONTRA DE LA EXPULSIÓN
No es de extrañar, pues, que los dueños de los señoríos valencianos se opusieran firmemente a la expulsión de sus vasallos moriscos. Pero, una vez convertida la amenaza de expulsión en un hecho real e inevitable, los señores procuraron sacar el mayor provecho posible.

A pesar de ello, no todos los señores actuaron de igual manera, contrastándose entonces el calado moral y humano de cada uno de ellos. Pues, como veremos más adelante con más detalle, hubo quienes acompañaron a los expulsos hasta los puertos de embarque, para evitar que fueran asaltados y robados por el camino; y hubo quienes retuvieron a los moriscos por la fuerza, robándoles cuanto tenían de valor u obligándolos a regresar pese a estar ya embarcados. Hasta hubo un señor (marqués de Elche) que, a pesar de retener forzosamente a varios moriscos en Aspe, pasó a los anales como ejemplo de buen señor por guiar a sus vasallos expulsos al lugar de embarque, hasta que recientemente se ha sabido que los expolió durante el camino.

EL ALMIRANTE DE ARAGÓN
Algunos de los señores que poseían tierras en el antiguo reino de Valencia ponían más orgullo que cálculo en su actitud protectora hacia sus vasallos moriscos. El ejemplo más notable es el del almirante de Aragón, Sancho de Cardona, quien fue juzgado por la Inquisición en 1570 ante su manifiesta actividad a favor de los moriscos.

En la extensa acta inquisitorial se leen las acusaciones que se hicieron contra Sancho de Cardona, todas ellas corroboradas por varios testigos: en Bechí (lugar castellonense de su propiedad) violó los preceptos cristianos durante la cuaresma, acompañado de sus vasallos moriscos, a los que autorizó además a hacer el ritual de la zalá; y en Adzaneta (en el Valle de Guadalest), lugar del que era señor, permitió la reconstrucción de una mezquita en ruinas, donde los moriscos se reunían para orar antes y que luego se convirtió en sitio de peregrinación, según el acta: «Ytem que hecho el dicho edificio de mezquita en ciertos tiempos del año muy publica y scandalosamente y como si fuera en Fez acudian alli muchos moriscos de dicho lugar y de la Vall de Guadalest, Granada, aragon, y cataluña y de otras partes a este reyno hombres y mugeres a hacer sus ceremonias de moros y muchas vezes se juntaban a ello mas de seiscientas personas muchas de las cuales iban alli descalzas como si fuesen en romeria»; proporcionó salvoconductos a los moriscos que deseaban emigrar al norte de África, para que pudieran cruzar sus tierras libremente; y en 1542 se opuso a la asistencia obligada a misa y el bautizo forzoso de los moriscos de dos de sus alquerías en el Valle de Alcalá, enfrentándose a Miguel Zaragoza, párroco de dicho lugar, aconsejando además a sus vasallos «que en lo exterior fingiesen cristiandad, y en lo interior fuesen moros».



3. Españoles, bilingües y musulmanes

Incluso cuando fueron expulsados de sus tierras y obligados a trasladarse a otros países, los moriscos se sentían nacionales, aunque ellos se decían andalusíes.

Entre los cristianos viejos existía la creencia generalizada de que los moriscos eran ricos aunque austeros, ahorradores, acaso avaros, en algunos casos poseedores de riquezas escondidas. Riquezas que amasaban gracias a su forma de vivir, sobria y modesta, a los préstamos y arriendos de los que se beneficiaban y, sobre todo, a la abundancia de mano de obra barata de que disfrutaban merced a los muchos descendientes que tenían.

Este supuesto aumento incontrolado de moriscos era visto con recelo por muchos cristianos viejos, en una época en la que, por el contrario, la población en general de España descendía a causa de las guerras y las epidemias. La miseria crecía alarmantemente, excepto entre los moriscos, pese a que éstos procuraban ocultar sus riquezas, según se pensaba. Y esto les hacía aparecer como seres odiosos ante la mirada de los cristianos viejos más recelosos.

Pero, aunque realmente los moriscos tenían la costumbre de casarse jóvenes y de tener una familia numerosa, lo cierto es que nunca se produjo aquel espectacular aumento de población morisca en el siglo XVI, tal como aseguraban y temían los cristianos viejos. Muy al contrario, el número de cristianos nuevos permaneció estancado durante la segunda mitad de aquel siglo. Sí que hubo una distribución de los mismos en el territorio español, tras la llamada Guerra de las Alpujarras, pero no un incremento. La explicación está en las sucesivas oleadas de moriscos que emigraron al norte de África en aquella época, y de las que hablaremos más adelante.

En cuanto a la supuesta riqueza que poseían en general los moriscos, la realidad era bien distinta. A pesar de que había cristianos nuevos que se dedicaban al comercio y a la artesanía, la inmensa mayoría eran sencillos campesinos, agricultores y ganaderos de escasas tierras y pequeños rebaños, que vivían humildemente, haciendo frente a los impuestos señoriales y soportando la presión del Estado y de la Iglesia para que renunciaran de sus creencias y costumbres ancestrales.

Desde luego había moriscos ricos. Un ejemplo, con nombres y apellidos, lo encontramos en el archivo municipal de Elche, donde se conserva un «Inventario de los bienes de Bernardino Satdini y de Angela Bensuar», fechado el 7 de julio de 1606, y en el que aparecen relacionados todos los bienes de este adinerado matrimonio morisco.
Algunos de estos moriscos eran lo suficientemente pudientes como para prestar dinero a sus vecinos. Según datos oficiales, al producirse la expulsión en 1609 el total de los créditos proporcionados por los moriscos ascendía a 197.679 libras, una cantidad realmente importante para la época, considerando que una libra valenciana tenía entonces el valor adquisitivo de setenta euros actuales, lo que equivaldría a un total de 13.837.530 euros.

Fueron estos moriscos ricos los mismos que pagaron sus propios pasajes y los de sus familiares durante la expulsión, y también de muchos otros menesterosos, de forma voluntaria o coaccionados por las autoridades. No pocos de ellos fueron los mismos que sufrieron el expolio durante su viaje de destierro, tanto en mar como en tierra, tanto en España como en África. Fueron muchos de ellos los mismos que se asentaron en Marruecos, Argelia y Túnez, levantando barrios y ciudades, constituyéndose en elites sociales. Pero junto a esta minoría marcharon moriscos cargados de miseria porque lo único que poseían debieron abandonarlo en sus casas y pueblos. Y éstos últimos eran muchísimos más.

COSTUMBRES
Los moriscos continuaban practicando en la intimidad de sus hogares muchos de los rituales coránicos respecto a la alimentación, ayunos, rezos y abluciones. Ciertamente acostumbraban a casarse muy jóvenes, tal como ha quedado dicho; y si la economía del varón se lo permitía, se esposaba hasta con cuatro mujeres. Así lo denunciaba la Inquisición ante Felipe II en un memorial fechado en 1560: «algunos moriscos se an casado quatro vezes y tienen los maridos vivas las mujeres y ellas tienen aun vivos los maridos».

Si los párrocos insistían mucho, consentían casarse en las iglesias, pero antes realizaban una ceremonia íntima, vinculada con la tradición musulmana y rodeada de un ambiente de fiesta, con guitarras y cantos. En ocasiones, el señor participaba en dichos festejos, pero en general los cristianos viejos rehuían estas fiestas, oficialmente prohibidas. En 1563, Cristóbal Ballester, cristiano viejo de Ondara, fue acusado por el inquisidor ordinario de «cantar canciones moriscas de mahoma» y tocar la guitarra en bodas moriscas, a cambio naturalmente de dinero.

También tenían prohibido los moriscos circuncidar a sus hijos, aunque por supuesto lo hacían en secreto. Hacia 1580, según cuenta el cronista Jaime Bleda, temiendo los moriscos que los cristianos viesen que sus niños estaban circuncisos, retrasaban su circuncisión hasta los siete años, pues hasta esa edad iban sin bragas. Quienes realizaban este servicio eran perseguidos y duramente castigados por el Santo Oficio. En el proceso contra Martín Baroni que instruyó la Inquisición en 1567, puede leerse la confesión de Pedro Taraniz, que cuenta cómo un vecino de Aspe, nacido en la ciudad africana de Tlemecén y con ligeros conocimientos de medicina, se encontró un día con un barbero natural de Elda y vecino de Cocentaina, «y el dicho barbero le dixo a este que se fuesen los dos a curar por esos lugares y asy fueron los dos a tierras de Albayda», donde circuncidaron a niños de dos o tres meses a cambio de un real por servicio. En el proceso también se descubre que el hermano del barbero eldense se dedica al mismo oficio en su ciudad natal (pues pertenecían a una dinastía de barberos-retajadores) y que circuncidaba niños moriscos en Elda, Aspe, Novelda y Crevillent.

Muy arraigada era la costumbre entre los moriscos de amortajar a sus difuntos envolviéndolos en un sudario antes de enterrarlos. Cuando había peligro de delación, ocultaban el sudario bajo la ropa del finado. Les daban sepultura en tierra virgen, por lo que en 1528 solicitaron, a través de sus representantes, que allí donde convivían con cristianos viejos, se les permitiera disponer de sus propios cementerios. Quedaron parcialmente satisfechos cuando se les respondió que tales cementerios podían situarse en los aledaños de las antiguas mezquitas, convertidas en iglesias, sin que pudiera impedirse a los cristianos viejos recibir allí sepultura, si así lo deseaban. Pero en 1591 cambió radicalmente la situación al ordenarse que los moriscos fuesen enterrados, como los cristianos viejos, en el interior de las iglesias. Aterrados, los síndicos de las aljamas llegaron a ofrecer más de treinta mil ducados para que el rey o el Papa les autorizaran a enterrar a sus muertos en cualquier otro lugar, aunque fuese en los muladares, pero su propuesta no fue aceptada. Naturalmente, allá donde podían, siguieron sepultando a sus difuntos en tierra virgen, alejados de los templos cristianos.

BILINGÜES
Además de una doble personalidad religiosa, los moriscos tenían una doble personalidad civil: aunque bautizados con nombres cristianos, conservaban y usaban entre ellos sus nombres arábigos.

Del mismo modo, los moriscos empleaban la algarabía o árabe hispanizado para hablar entre ellos, reservando el valenciano para comunicarse con los cristianos viejos. Tras la Reconquista, los mudéjares aprendieron la lengua romance poco a poco. El proceso de aprendizaje fue más lento en las montañas que en la costa, en el campo que en la ciudad, entre las mujeres que entre los hombres, pero a finales del siglo XVI prácticamente la totalidad de los moriscos eran bilingües, si bien su lengua propia, la que usaban espontáneamente, era el árabe. Así ocurría incluso entre los tagarinos («fronterizos» en árabe), que era como llamaban a los moriscos que se criaban entre los cristianos viejos, por lo bien que hablaban ambas lenguas.

En 1609, una tercera parte de los valencianos eran moriscos. Desde hacía casi un siglo eran cristianos de nombre, pero musulmanes de corazón. Tenían ciertas costumbres distintas de los cristianos viejos, pero deseaban ser respetados y convivir pacíficamente con ellos. Hablaban árabe, pero también valenciano. Y eran, y se sentían, españoles. Incluso cuando fueron expulsados de sus tierras y se vieron obligados a trasladarse a otros países, a otro continente, siguieron sintiéndose españoles, aunque ellos se decían andalusíes.


3 comentarios:

  1. Buenas, en primer lugar agradecerte lo que aquí se cuenta y que es un suma y sigue sobre otra época de nuestra historia no contada, me pregunto si alguie sabe donde se encuentran los cuadros que hay sobre la expulsión de los puertos del entonces Reino de Valencia. Por cierto hay una obra de Joaquín Serna Hernández, de ALbatera donde ciuenta el devenir de los moriscos de Albatera donde había 300 casas de moriscos y donde quedaron menos de 30 después de Octubre de 1.609-

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  2. Es muy cómodo leer estas historias y quedarse expectante, sin pronunciarte en ningún caso, y si tienes un atisbo de triste nostalgia, se te diluye, al pensar que algo parecido les pasó a los Europeos, cuando los Marroquies y Argelinos, propiciaron un caso parecido a lo acontecidos en España, además de que cabe pensar, que no entraron en España con el consentimiento del pueblo, si no que fue motivo de Conquista y despues Re-conquista.
    Sería interesante un artículo centro en este tema.

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